Keith Moon, entre el talento y la locura

Publicado el 22 de septiembre de 2026

Keith Moon, batería de The Who

🥁 Keith Moon, batería de The Who

El genio, el bufón y la tragedia

Mientras preparaban los Juegos Olímpicos que se iban a celebrar en Londres en 2012, los organizadores del magno acontecimiento anduvieron indagando acerca de quiénes eran, según las encuestas, los mejores músicos ingleses, para solicitarles una actuación conjunta de cara a la ceremonia de clausura, a la que denominaron Symphony Of Rock. En cuanto a cantantes, teclistas o guitarristas, hubo disparidad de opiniones, pero sólo un nombre surgió a la hora de sentarse ante la batería: Keith Moon, el legendario miembro de The Who. Moon era y es para casi todo el mundo (yo incluído) el mejor batería de todos los tiempos, de modo que, ni cortos ni perezosos, los promotores de los JJOO se dirigieron al manager de los Who, Bill Curbishley, pidiéndole una entrevista con su representado. Curbishley, haciendo gala de un humor (negro) muy british, les contestó que Moon residía desde los 32 años en Golders Green (el crematorio del barrio del noroeste de Londres), pero que, si disponían de una mesa redonda, unas velas, unos vasos y, por supuesto, una ouija, tal vez podrían ponerse en contacto con él…

Cada vez que escucho los discos de The Who, con especial atención a su ópera rock Quadrophenia, mis oídos no pueden evitar fijarse especialmente en la percusión, a cuyos mandos estaba el inconmensurable Keith Moon. Musicalmente hablando, Moon no era ni mucho menos el típico instrumentista que se limitaba a tocar la batería: parecía estar librando una batalla personal contra ella. Sus brazos volaban, las baquetas giraban en el aire, los tambores retumbaban como una tormenta (y lo digo especialmente por el tema instrumental Sparks, de Tommy) y su cuerpo entero participaba en una interpretación que tenía tanto de ejecución musical como de espectáculo circense. Detrás de aquel rostro de niño travieso, aquellos ojos desorbitados, aquella nariz enorme y aquella sonrisa permanentemente dispuesta a anunciar una nueva barbaridad, se escondía un hombre de enorme talento, pero, sobre todo, un ser profundamente atormentado. Su corta vida fue una sucesión de conciertos memorables, bromas salvajes, hoteles destrozados, automóviles arruinados, borracheras monumentales y relaciones personales devastadas. Y, sin embargo, reducir a Keith Moon a la caricatura del rockero que bebía demasiado y rompía todo lo que encontraba a su paso sería una forma de no entenderlo en absoluto.

Keith John Moon nació el 23 de agosto de 1946 en el barrio londinense de Wembley, en el seno de una familia trabajadora. Nada en sus primeros años parecía anunciar que aquel muchacho inquieto, poco amigo de los estudios y con una extraordinaria facilidad para meterse en problemas acabaría convirtiéndose en una de las grandes leyendas del rock británico. Desde pequeño fue hiperactivo, impulsivo y aficionado a llamar la atención. La escuela no parecía hecha para él. Le costaba concentrarse, se aburría con facilidad y prefería cualquier actividad que le permitiera hacer ruido, moverse o convertirse en el centro de todas las miradas. Su primer contacto con la música llegó a través de instrumentos como la corneta y la trompeta, pero pronto descubrió que su verdadera vocación estaba en la percusión. De adolescente comenzó a tocar la batería y se interesó especialmente por el surf rock estadounidense, una música de ritmos vertiginosos y percusiones contundentes que ejercería una influencia decisiva en su estilo. Entre sus primeras referencias figuraban baterías como Gene Krupa y músicos de la escena surf, aunque Moon no tardaría en desarrollar una manera de tocar absolutamente personal: en lugar de limitarse a marcar el ritmo y acompañar a los demás instrumentos, quería que la batería participase en la melodía, rivalizase con las guitarras y se convirtiera en una fuerza musical independiente.

En la primavera de 1964, Keith Moon acudió a una actuación de The Detours, la banda compuesta entonces por Pete Townshend como líder y guitarrista, John Entwistle a cargo del bajo, Doug Sandom en la percusión y Roger Daltrey como vocalista. Moon tocaba por entonces con el pequeño grupo The Beachcombers, pero se dio cuenta de dos cosas: por un lado, él necesitaba volar más alto y, por otro, era evidente que los Detours necesitaban un batería mejor. Según la leyenda, al acabar el concierto, Keith se presentó ante los músicos y les pidió encarecidamente una oportunidad. Su audición fue un pequeño anticipo de lo que vendría después: una interpretación tan enérgica y vibrante que dejó patente que aquel muchacho no iba a ser un simple acompañante.

The Who

🔍 The Who: De izquierda a derecha, Pete Townshend, Roger Daltrey, Keith Moon y John Entwistle

Con Moon a la batería, The Detours cambiaron su nombre por el definitivo The Who, quedando formado el cuarteto titular por Townshend, Daltrey, Entwistle y el bueno de Keith. La combinación era extraordinaria. Townshend aportaba una guitarra poderosa y experimental; Entwistle, una línea de bajo compleja y sorprendentemente melódica; Daltrey, una voz capaz de transmitir rabia y energía; y Moon parecía empeñado en dinamitarlo todo desde detrás de su batería. El grupo desarrolló una puesta en escena demoledora, con guitarras destrozadas, amplificadores al límite y un volumen que convertía sus actuaciones en experiencias casi físicas. En aquel universo de electricidad y destrucción, Keith Moon estaba en su elemento.

La grandeza de Keith Moon no se limitaba a sus extravagancias, de las que enseguida hablaremos, sino que supo trascender ampliamente las ataduras de su instrumento. Lo que lo convirtió en un músico excepcional fue su forma de entender la percusión. Tradicionalmente, el batería de una banda de rock tenía la misión de mantener el compás, sostener el ritmo y proporcionar una base sólida sobre la que pudieran trabajar el bajo, la guitarra y la voz. Moon hizo saltar por los aires ese concepto. Su estilo estaba basado en una actividad casi incesante. En lugar de limitarse a marcar el pulso con el bombo y la caja, llenaba los espacios con redobles, golpes sobre los toms, acentos inesperados y variaciones que parecían surgir de una improvisación permanente. Su batería no era un instrumento subordinado: era una voz más de la banda, tan protagonista como la guitarra de Townshend o el bajo de Entwistle. Y lo más sorprendente era que aquella aparente anarquía no era simple ruido. Moon poseía un extraordinario sentido musical, una intuición rítmica fuera de lo común y una capacidad asombrosa para comprender cómo debía funcionar su instrumento dentro de las canciones. John Entwistle explicaría más tarde que su compañero durante más de una década no tocaba de izquierda a derecha, como la mayoría de los baterías, sino hacia delante. Era una descripción muy gráfica de su peculiar manera de abordar el instrumento.

Pero, ay, Keith Moon, el músico casi milagroso, muy pronto sería opacado por su alter ego enloquecido, aquel al que el mundo conoció como Moon The Loon, es decir, Moon el Chiflado o, más bien, Moon el Lunático, haciendo un juego de palabras con su apellido. Si bien su talento musical era extraordinario, su comportamiento fuera del escenario parecía diseñado para desafiar cualquier concepto razonable de la conducta humana. Moon se convirtió en una de las mayores celebridades del rock, pero no por sus redobles sino por sus disparates. Le encantaba escandalizar, sorprender y provocar. Cuanto más absurda era una situación, más posibilidades tenía de entusiasmarle.

En su universo particular, una habitación de hotel no era un lugar para descansar después de un concierto, sino un espacio susceptible de ser transformado en un escenario de destrucción. Los muebles podían acabar por la ventana, los televisores podían terminar en una piscina y los cuartos de baño se convertían en objetivos de sus bromas más peligrosas. Uno de sus pasatiempos más célebres consistía en introducir cartuchos de dinamita en los inodoros y hacerlos estallar. No se trataba de una metáfora ni de una exageración periodística: Moon llegó a convertir esta práctica en una de sus especialidades más absurdas y costosas.

Su amigo y compañero John Entwistle participó en algunas de estas aventuras. El propio Entwistle reconoció posteriormente que, en ocasiones, era él quien proporcionaba las cerillas mientras Keith se encargaba del resto. La destrucción de un retrete podía parecerle una hazaña humorística digna de celebración. Para los responsables del hotel, en cambio, era una factura considerable y una razón bastante comprensible para prohibirle la entrada, aunque Keith no parecía demasiado preocupado por las consecuencias. De hecho, la posibilidad de que la gente se escandalizara constituía una parte esencial de la diversión. En una ocasión, durante una estancia en un hotel, Moon habría respondido a las quejas por el ruido de su habitación haciendo estallar un explosivo en el cuarto de baño. Cuando el encargado acudió a comprobar qué había sucedido, Keith le dijo, con su habitual desparpajo, que aquello sí era ruido de verdad.

Weapons

Pero, si existe una anécdota que resume la leyenda de Keith Moon, es la celebración de su vigesimoprimer cumpleaños, en agosto de 1967, durante una gira estadounidense de The Who. La fiesta tuvo lugar en el Holiday Inn de Flint, Michigan, y terminó convirtiéndose en uno de los episodios más célebres de la historia de las gamberradas del rock. Moon, que había bebido considerablemente, comenzó a protagonizar una serie de incidentes que acabaron fuera de control. Entre ellos figuró, como era habitual, una explosión en el cuarto de baño, que causó daños considerables, pero lo mejor estaba aún por venir. Un rato después, Moon, borracho como una cuba, “aparcó” su coche, un Rolls-Royce (luego se dijo que un Lincoln Continental) en la piscina del hotel. Los dirigentes de Holiday Inn tomaron la tajante determinación de prohibir a The Who que volvieran a hospedarse en cualquier establecimiento de su cadena, pero, para Moon, aquello fue simplemente el punto álgido de su diversión. Otra de las historias más repetidas sobre él cuenta que, un día que se dirigía al aeropuerto en una limusina, pidió al conductor que regresara al hotel porque “había olvidado algo”. Una vez allí, subió corriendo a su habitación, agarró el televisor y lo arrojó por la ventana a la piscina. Después volvió al automóvil y, satisfecho, le dijo sonriendo al chófer: “Casi se me olvida”.

La imagen pública de Keith Moon era la de un eterno adolescente, un niño grande que había conseguido fama, dinero y libertad suficientes para hacer prácticamente cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Pero aquella imagen tenía una cara menos divertida. Moon podía ser encantador, generoso, divertido y extraordinariamente afectuoso. También podía resultar imprevisible, agresivo y difícil de soportar. Su comportamiento no siempre se quedaba en la anécdota inocente: las personas que convivieron con él tuvieron que afrontar episodios de violencia verbal, celos y agresividad. En 1966 se casó con Kim Kerrigan, con quien tuvo a su hija Amanda, conocida como Mandy. La relación, que al principio parecía formar parte del sueño de una joven pareja de la escena musical británica, terminó deteriorándose gravemente. Kim tuvo que soportar las ausencias, las infidelidades y los excesos de su marido. En ocasiones, el comportamiento de Keith llegó a ser violento. La convivencia se volvió insostenible y, en 1973, Kim lo abandonó, llevándose a su hija.

El fracaso de su matrimonio fue uno de los episodios más dolorosos de la vida de Keith Moon, aunque el músico no consiguió transformar aquel sufrimiento en un cambio duradero de comportamiento. Su relación con su hija Mandy siempre estuvo marcada por las dificultades. La quería, pero su inestabilidad, sus ausencias y su incapacidad para asumir las responsabilidades de la vida familiar hicieron que la paternidad resultara muy, muy complicada.

Las adicciones de Moon empeoraron exponencialmente su temperamento, ya de por sí explosivo. Desde los primeros años de The Who, había experimentado con las drogas, pero fue el alcohol el que terminó ocupando un lugar central en su vida. Durante los años sesenta, beber y salir de fiesta formaba parte de la cultura de muchas estrellas del rock. En el caso de Moon, sin embargo, el consumo fue adquiriendo unas dimensiones cada vez más preocupantes. Al principio, el alcohol parecía alimentar su personalidad extravagante. Le desinhibía, le proporcionaba una sensación de euforia y contribuía a esa imagen de hombre que siempre estaba dispuesto a protagonizar una nueva locura. Pero, con el paso del tiempo, la bebida dejó de ser un complemento de la fiesta para convertirse en una necesidad. Moon comenzó a beber de manera compulsiva, incluso durante el día. Su organismo fue deteriorándose y sus periodos de sobriedad se hicieron cada vez más esporádicos.

El día 4 de enero de 1970 tuvo lugar un incidente especialmente grave. Ya para entonces, el deterioro físico y psíquico de Moon empezaba a hacerse cada vez más evidente para quienes le conocían. La imagen del “borracho simpático” fue dando paso a la de un hombre imprevisible, agotado y difícil de controlar. Su comportamiento autodestructivo le provocaba, a él y a quienes le rodeaban, un inmenso sufrimiento emocional que hacía evidente que algo mucho peor estaba por venir. Aquella noche aciaga, Moon salió del pub Red Lion, en Hatfield, en compañía de su chófer e íntimo amigo Neil Boland. En la puerta del establecimiento se aglutinaba un nutrido grupo de personas que, reconociendo al músico, empezaron a increparle al ver su estado lamentable. Moon trató de zafarse de ellos y se subió a bordo de su Bentley, pero estaba tan ebrio que, en medio de la confusión, atropelló sin querer a Boland, quien murió casi al instante. Aunque la investigación policial determinó que se trató de una muerte accidental y Moon no fue condenado por ello, el batería cargó sobre su conciencia con la culpabilidad sobre esa desgracia, que lo acompañó durante el resto de su vida.

Durante los años setenta, The Who continuó siendo una de las bandas más importantes del rock, pero la situación personal de Moon se volvió cada vez más complicada. Después del éxito de Tommy (1969), el grupo publicó Who's Next (1971), uno de sus álbumes más celebrados. La batería de Moon seguía siendo una fuerza extraordinaria, aunque su vida fuera del escenario se estaba volviendo cada vez más caótica. En 1973 llegó Quadrophenia, otra gran obra conceptual de Pete Townshend, en la que Moon volvió a demostrar su capacidad para integrarse en una arquitectura musical compleja sin perder su personalidad. Aquel mismo año, durante una actuación en el Cow Palace, de Daly City, California, Moon llegó a desmayarse en pleno concierto después de haber consumido alcohol y sedantes. La banda tuvo que interrumpir el espectáculo y Pete Townshend, medio en broma, medio en serio, preguntó si había algún batería en la sala que pudiera sustituir a su compañero. Un espectador, Scot Halpin, se atrevió a subirse al escenario y logró empuñar las baquetas hasta el final de la actuación. El episodio fue una señal alarmante de hasta qué punto el consumo estaba interfiriendo incluso en aquello que Keith más amaba.

Los periodos de inactividad de The Who comenzaron a perjudicar seriamente a Keith Moon. Las giras y los conciertos, pese a su desgaste, le proporcionaban cierta estructura, cierta disciplina, pero, cuando desaparecía esa rutina, los excesos podían ocupar todo el espacio. Durante una temporada, Moon se instaló en California, donde intentó desarrollar otros proyectos y participó en películas como That'll Be the Day (1973) y Stardust (1974), ambas protagonizadas por David Essex. Luego grabó un álbum en solitario, Two Sides of the Moon (1975), un trabajo irregular que reflejaba su interés por cantar y participar en otros aspectos de la música, aunque no alcanzó el reconocimiento de sus grabaciones con The Who. También en 1975 se produjo el estreno de la adaptación cinematográfica de Tommy que dirigió Ken Russell y en la que Moon interpretó al Tío Ernie, un personaje odioso y pervertido que simplemente bordó.

Who Are You

🔍 Portada del disco Who Are You (1978)

Entre 1975 y 1978, Moon se sometió a diversos tratamientos para intentar desintoxicarse, con resultados desiguales. A pesar de todo, logró completar la grabación del álbum Who Are You, el octavo disco de estudio de la banda. En la portada del mismo, Keith aparecía sentado a horcajadas en una silla, en cuyo respaldo colocado del revés (el cual le tapaba la incipiente barriga, fruto tanto del alcohol como de la abstinencia) estaba escrita la frase “Not To Be Taken Away” (algo así como “Que no se me lleven”), que acabaría resultando una especie de petición desesperada de auxilio… cuando no un epitafio en toda regla.

Who Are You fue publicado el 18 de agosto de 1978 y, tres semanas después, el 6 de septiembre, Keith Moon y su novia de entonces, la bellísima modelo sueca Annette Walter-Lax, fueron al cine y luego a cenar con Paul McCartney y su esposa Linda. La película que vieron fue The Buddy Holly Story, en la que Gary Busey daba vida al famoso rockero estadounidense, desaparecido en trágicas circunstancias. Después de la cena, Keith y Annette regresaron a su apartamento en Curzon Place, que les había alquilado el cantautor Harry Nilsson, otro experto en juergas, drogas y alcohol, y entre cuyas cuatro paredes se había registrado, cuatro años antes, la muerte de la cantante Cass Elliott, de los Mamas And The Papas. Nilsson, en principio, no quería volver a alquilar el apartamento, sugiriendo que podía estar “maldito”, pero Moon le insistió alegando que “un rayo nunca cae dos veces en el mismo sitio”.

Keith y Annette

🔍 Keith Moon con Annette Walter-Lax

Durante los últimos meses, Moon había estado tomando Heminevrin (Clometiazol), un medicamento utilizado para tratar los síntomas de abstinencia alcohólica. El fármaco requería una supervisión cuidadosa, especialmente en una persona con antecedentes de consumo excesivo de alcohol, y se le había dicho claramente que sólo podía tomar un máximo de tres comprimidos al día. Aquella noche, al volver al apartamento, Keith y Annette tuvieron una fuerte discusión, debido a que él, a pesar de que en teoría debería haberse sentido saciado tras la copiosa cena con los McCartney, le exigió a ella que le cocinase unas chuletas de cordero, a lo cual la joven se negó. Moon, visiblemente enfadado, le espetó “Si no quieres, puedes irte a la mierda”, tras lo cual la modelo salió dando un portazo. Cuando regresó al día siguiente, Keith llevaba varias horas muerto, a causa de una letal sobredosis de Heminevrin: se había tomado 32 pastillas, de las cuales las últimas 26 ni siquiera las había llegado a digerir. La ironía era terrible: el medicamento que debía ayudarle a superar el alcoholismo terminó provocándole la muerte. Apenas tenía 32 años.

La muerte de Keith Moon dejó a The Who ante una situación inimaginable. Durante catorce años, su batería había sido una parte esencial de la identidad del grupo. No era un músico al que pudiera sustituirse sin alterar profundamente el sonido de la banda. Pete Townshend, Roger Daltrey y John Entwistle tuvieron que afrontar la pérdida de su compañero y amigo. En 1979, The Who decidió continuar con Kenney Jones, antiguo batería del grupo Small Faces (luego conocido simplemente como Faces), en el que tocó con Rod Stewart y Ron Wood. Jones estuvo con The Who hasta 1988, y luego le reemplazaron Simon Phillips y, últimamente, Zak Starkey, hijo del batería de los Beatles, Ringo Starr.

Con el paso de los años, la figura de Keith Moon ha ido adquiriendo una dimensión casi mítica. Para muchos baterías, su manera de tocar continúa siendo una referencia fundamental. Su influencia puede rastrearse en generaciones de músicos que entendieron que la percusión no tenía por qué limitarse a sostener el ritmo, sino que podía convertirse en una fuerza creativa tan importante como cualquier otro instrumento. Por otra parte, su historia personal también obliga a mirar más allá de la leyenda. La imagen del hombre que destrozaba hoteles, hacía estallar retretes y arrojaba coches de lujo a las piscinas resulta divertida mientras se contempla desde la distancia, pero aquella misma conducta, trasladada a la vida cotidiana, tuvo consecuencias fatales para él y para quienes lo rodeaban. Lo más conmovedor de todo es que, en el fondo, Moon no fue capaz de comprender que, para entrar en la Historia, no le hacía falta destruirse en plena juventud, sino que sólo le bastaba con sentarse detrás de una batería y comenzar a tocar.

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