El director de "Weapons" reinventa el videojuego.
Algunas sagas cinematográficas parecen condenadas a reinventarse cada cierto tiempo, como si su ADN exigiera mutar, regenerarse y volver a empezar. Resident Evil es una de ellas. Tras décadas de videojuegos (donde empezó todo), adaptaciones, reinterpretaciones y un largo ciclo cinematográfico marcado por la presencia de Milla Jovovich y la dirección de su marido Paul W. S. Anderson, llega ahora una nueva versión que no pretende continuar nada, ni homenajear nada, ni reconstruir nada: simplemente quiere empezar desde cero.
El encargado de esta resurrección es Zach Cregger, el director que sorprendió con Barbarian y que en Weapons demostró que su mirada mezcla terror, humor y un sentido del ritmo casi musical. En Resident Evil: Noche Cero (título usado en algunos países latinoamericanos), Cregger aplica esa misma fórmula, pero con un enfoque que se aleja radicalmente del héroe clásico del género.
Yo confieso que nunca he jugado al famoso videojuego de Capcom y que probablemente ni siquiera he visto todas las películas que protagonizó Milla Jovovich. Pero si recuerdo que Alice, el personaje que tantas veces interpretó Jovovich, era una heroína en toda regla, que pretendía salvar a la Humanidad de los horrendos zombies mutantes creados por la Corporación Umbrella. La gran diferencia de la nueva entrega que acaba de estrenarse con respecto a las que vieron la luz a principios de este siglo es el punto de vista que adopta. En Noche Cero no seguimos a una guerrera imparable, ni a un agente entrenado, ni a un personaje predestinado a enfrentarse a Umbrella. El protagonista es Bryan, interpretado con enorme solvencia por Austin Abrams, un repartidor que sólo quiere entregar un paquete y volver a casa. Nada más. Nada de épica. Nada de misión heroica. Pero claro, el paquete tiene destino: el Hospital de Raccoon City. Y Raccoon City nunca es un buen lugar para nadie.
Lo que sigue es una odisea nocturna en la que Bryan se ve arrastrado, casi empujado, a una sucesión de encuentros con monstruos, mutaciones, tentáculos viscosos, criaturas que parecen salidas de un laboratorio enloquecido y un caos que crece a cada esquina. Bryan no lucha por la Humanidad: lucha por su vida, y ese cambio de escala convierte la película en algo mucho más cercano, más físico y más desesperado.
Abrams, además, aporta un tono nervioso, casi torpe, y en todo momento me recordó al Griffin Dunne de Jo, qué noche, a la que luego aludiremos. Ese aire de “¿Por qué me está pasando esto a mí?” funciona de maravilla en una historia que se alimenta del desconcierto y del humor negro.
Y es que, si algo caracteriza a Zach Cregger, es su tendencia a introducir humor incluso en los momentos más tensos. Ya ocurría en Weapons, y aquí vuelve a suceder. El director juega con la ironía, con la exageración y con la comedia física, aunque —según hemos sabido— tuvo que recortar varias escenas humorísticas porque en los pases de prueba el público no reaccionó como esperaba.
Aun así, el tono sigue siendo más ligero que en otras adaptaciones de Resident Evil. No es una comedia, ni mucho menos, pero sí tiene ese toque de “esto es tan horrible que casi resulta gracioso”, una especie de humor desesperado que encaja con la figura del protagonista. ¿Funciona siempre? No del todo. Hay momentos en los que la mezcla de terror y humor puede parecer un poco desequilibrada. Pero Cregger compensa cualquier exceso con su mayor virtud como director: el ritmo.
En tiempos en los que casi todo dura dos horas y media, Resident Evil: Noche Cero es una rareza: poco más de hora y media. Y lo mejor es que, además de ser corta, se hace corta. No porque falte contenido, sino porque Cregger construye una narración que no da respiro. Cada secuencia empuja a la siguiente, cada monstruo aparece antes de que el espectador pueda acomodarse, cada giro llega sin aviso.
La película es, en esencia, una carrera contrarreloj. Una noche infernal. Un descenso a los infiernos de Raccoon City sin pausas, sin explicaciones largas y sin pretensiones filosóficas. Y eso, en un género que a veces se pierde en su propia mitología, es refrescante.
Una de las grandes virtudes de este reinicio es que no exige ningún conocimiento previo de la franquicia. No importa si, como es mi caso, nunca has jugado a Resident Evil, ni si no has visto todas las películas de Jovovich. Cregger construye una historia que funciona por sí sola, con referencias para los fans pero sin convertirlas en barreras.
De hecho, la película se siente más como un cóctel desinhibido que como una adaptación estricta. Hay ecos muy nítidos de Jo, qué noche (por la estructura de odisea urbana y el protagonista desbordado), Amanecer de los muertos (por la atmósfera de infección y caos) y, obviamente, de la magistral La cosa (por las mutaciones grotescas y la textura viscosa del horror). El resultado es una mezcla que respira libertad creativa y que se aleja del tono militarizado de las versiones anteriores.
Conviene avisarlo: esta película es muy monstruosa. Muy física. Muy asquerosa en el mejor sentido del género. Tentáculos, fluidos, deformaciones, criaturas que parecen haber pasado por tres fases de laboratorio y dos de pesadilla. Cregger no se corta, y aunque no llega al gore extremo, sí ofrece un catálogo de horrores que hará las delicias de quienes disfrutan de la estética grotesca. Si no te gustan las películas con monstruos, mutaciones horrendas y sangre por todas partes, esta no es tu película. Pero si lo que buscas es acción pura y dura, adrenalina, sustos bien colocados y un protagonista que parece siempre a punto de desmayarse… entonces sí, aquí hay diversión asegurada.
El trabajo del protagonista Austin Abrams es clave. Su interpretación aporta humanidad, torpeza, miedo real y un punto de humor involuntario que equilibra la película. No es un héroe. No quiere serlo. Y eso lo hace más interesante. Su Bryan es un tipo normal enfrentado a lo imposible, y esa normalidad es lo que permite que el espectador se identifique con él. No es Alice. No es Leon. No es Chris Redfield. Es un chico que sólo quería entregar un paquete. Y eso, paradójicamente, lo convierte en el protagonista perfecto para este reinicio.
Resident Evil: Noche Cero es una película que no aspira a reinventar el género, ni a convertirse en un clásico, ni a competir con las grandes adaptaciones de videojuegos. Su objetivo es más sencillo y más honesto: entretener. Y vaya si lo consigue. Es rápida, es divertida, es monstruosa, es caótica, es excesiva en algunos momentos y sorprendentemente eficaz en otros. Cregger demuestra que sabe manejar el terror y la comedia, aunque a veces se le escape un poco la mano, y Abrams sostiene la historia con una interpretación que mezcla miedo, humor y humanidad, durante una noche infernal que nunca va a poder olvidar. Ni nosotros tampoco.
Valoración: ★★★☆☆