Un pequeño viaje al pasado para recordar este artículo publicado en Diario 16, donde reflexionaba sobre la aventura de rodar una película en Lorca, con sus retos, su encanto y su particular magia.
En este apocalíptico 1992, en el que todo un país se entrega ciegamente a la consecución de los más elevados ideales, un reducido grupo de amigos que tengo el privilegio de representar nos hemos decidido a culminar un proyecto que ya nos ocupara buena parte de 1991: la filmación de una película.
La génesis de este embrollo se remonta a la década de los 80 y a otra provincia, Alicante, pero los avatares del destino han hecho que sea la Lorca del tiempo presente la que haya tenido a bien albergar este viejo sueño.
Para El Butanero siempre llama dos veces, que oculta lo mejor de nuestras ilusiones y lo más granado de nuestros esfuerzos, contamos apenas con el pobre bagaje de nuestras muchas horas en las salas de cine y ante ese pálido sucedáneo que es el magnetoscopio doméstico, pero los varios contratiempos que aún siguen multiplicándose no tienen visos de hacer flaquear nuestra voluntad, máxime cuando estos días aplaudimos la culminación de ese otro rodaje por parte de un equipo de cineastas lorquinos que han demostrado que, a fin de cuentas, no perseguimos un imposible.
Cinéfilos vocacionales de Lorca: está comprobado que nos necesitamos para llevar a buen puerto nuestras expectativas.
Si solos no podemos acometer nuestros proyectos, ¿por qué no fundir nuestros empeños en uno común?