Cuando, en la noche (madrugada en España) del domingo 15 de Marzo de 2026, los últimos presentadores de la 98ª gala de los Oscar, Nicole Kidman y Ewan McGregor, abrieron el sobre que coronaba a “Una batalla tras otra” como Mejor Película, culminaba una velada gloriosa en la que la cinta dirigida por Paul Thomas Anderson obtuvo un total de seis estatuillas. Pero ¿merece realmente tantos premios? A continuación vamos a tratar de exponer nuestra (humilde) opinión… En primer lugar, quiero afirmar que, si hiciéramos un listado de los directores más interesantes e influyentes del cine moderno, seguro que en él aparecerían los nombres de Quentin Tarantino, Christopher Nolan, Denis Villeneuve, Wes Anderson y Paul Thomas Anderson. A Anderson lo conocimos en 1997, cuando, con apenas 27 años, deslumbró al mundo con la estupenda “Boogie Nights”. Luego vinieron peliculones como “Magnolia”, “Pozos de ambición” o “The Master”, todos ellos convertidos en piezas de culto para los cinéfilos más elitistas. La película que por fin le ha valido el Oscar, “Una batalla tras otra”, la protagoniza nada menos que Leonardo DiCaprio, uno de los pocos actores que por sí mismos justifican el visionado de una película. El dúo DiCaprio/Anderson tenía pocas probabilidades de decepcionarnos, y, por fortuna, la expectación estaba plenamente justificada. “Una batalla tras otra” narra la odisea personal de un antiguo revolucionario reconvertido en anodino padre de familia, que tiene que volver a la acción cuando un sádico militar secuestra a su hija, convencido de ser el auténtico padre de la joven. El guión se basa en una novela de Thomas Pynchon y lo firma el propio Paul Thomas Anderson, quien ha extendido la duración hasta casi las tres horas, adaptando la historia a un tema tan de actualidad como la inmigración ilegal en los Estados Unidos y la manera en la que la administración Trump trata a estas personas, muchas de ellas “espaldas mojadas” que viven en una perpetua sensación de inseguridad. Es decir, los buenos son quienes pretenden cambiar el mundo para hacer de él un lugar más justo, y los villanos quienes se resisten a que dichos cambios tengan lugar. Lo cierto es que la película parece justificar el recurso a la lucha armada, al menos en su tramo inicial, que es cuando se sientan las bases para lo que viene a continuación. Es precisamente ese arranque lo que menos me gustó, en parte por el exceso de violencia y en parte por la utilización vulgar y grosera de la sexualidad. Las escenas entre la temible Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) y el Coronel Lockjaw a cargo de Sean Penn (ganador del Oscar a mejor Actor Secundario) me parecieron grotescas y de mal gusto, y me temía que la película iba a constituir una sonada desilusión. Sin embargo, afortunadamente, enseguida se produce un salto temporal y es cuando “Una batalla tras otra” empieza a mejorar exponencialmente. Con una maestría deslumbrante, el realizador consigue mezclar en su mágica coctelera el drama, la denuncia social e incluso una comedia refrescante y desmitificadora, todo en su justa medida. Mientras la veía, no lo dudé ni un instante: “Una batalla tras otra”, con ese héroe de aspecto desastrado ayudado por un latino muy peculiar, Benicio del Toro, está destinada a convertirse en “El Gran Lebowski” de los 2000.