El hombre que quiso ser rey (The Man Who Would Be King) fue publicado por Rudyard Kipling en 1888 y narra la aventura de Daniel Dravot y Peachey Carnehan, dos aventureros británicos que penetran en Kafiristán con la intención de convertirse en reyes. Si lo analizamos desde una perspectiva cercana a las preocupaciones literarias de Javier Quirce, el relato deja de ser simplemente una historia de aventuras para convertirse en una tragedia sobre el poder, la identidad y la voluntad humana.
El sueño de ser Dios.
Dravot y Carnehan no se conforman con sobrevivir. Quieren algo mucho más peligroso: dejar de ser hombres ordinarios. Su proyecto empieza casi como una fantasía: conquistar un territorio, organizarlo y convertirse en sus reyes. Pero el juego cambia cuando los habitantes comienzan a considerarlos seres divinos. El aventurero que quería ser rey descubre entonces que existe algo todavía más poderoso que el poder político: el poder de ser creído. Ahí aparece una de las grandes paradojas del relato: el hombre fabrica un mito sobre sí mismo y termina creyendo en ese mito.
La voluntad de poder.
Desde una lectura nietzscheana —muy apropiada para interpretar el universo intelectual de Quirce—, Dravot representa una voluntad de poder descontrolada. No quiere simplemente poseer riquezas. Quiere convertirse en alguien excepcional. Y cuando alcanza la cima, ya no puede detenerse. La tragedia nace precisamente de ahí: el hombre que quería dominar a los demás termina dominado por su propia ambición.
Colonialismo y superioridad.
El relato también debe leerse dentro del contexto del imperialismo británico del siglo XIX. La aventura de los dos protagonistas reproduce la mentalidad del europeo que considera que puede entrar en un territorio ajeno, organizarlo y gobernarlo. Pero Kipling introduce una ironía importante. Un estudio académico sobre el relato destaca precisamente la complejidad de su tratamiento de la masonería y del imperialismo, evitando reducirlo a una simple glorificación. El supuesto conquistador acaba siendo víctima del mundo que pretendía conquistar.
La masonería y el símbolo.
La masonería desempeña un papel significativo en el relato. Kipling era masón y utiliza referencias masónicas, pero, como señala el estudio de Yván Pozuelo Andrés, lo hace también desde la parodia y la ironía, no simplemente desde la exaltación. Esto resulta especialmente interesante porque el relato está lleno de símbolos: signos, reconocimiento, jerarquías, rituales y fraternidad. El poder nace de los símbolos antes que de las armas.
El momento de la caída.
La escena decisiva llega cuando la ficción se rompe. Dravot ha conseguido convencer a todos de que es un dios. Pero una circunstancia aparentemente insignificante revela su humanidad. La divinidad desaparece en un instante. Y entonces el rey vuelve a ser hombre. Es la caída de la máscara. Su muerte y la posterior supervivencia de Carnehan convierten la aventura en una auténtica tragedia. La historia termina con Carnehan destruido física y mentalmente, mientras lleva consigo la cabeza de Dravot como última prueba de que aquel reino existió.
La gran pregunta de Kipling.
La cuestión fundamental no es: «¿Puede un hombre convertirse en rey?». Kipling plantea algo mucho más inquietante: «¿Qué ocurre cuando un hombre consigue aquello que deseaba por encima de todo?». La respuesta es terrible: descubre que el deseo no tenía límites. El poder conseguido exige todavía más poder.
Una lectura quirceana.
El viaje hacia Kafiristán sería entonces también un viaje hacia el interior del protagonista. El territorio desconocido funciona como un espejo. Dravot no conquista realmente Kafiristán. Kafiristán revela quién es Dravot. Y cuando el mundo deja de sostener la ficción que ha creado, el personaje se desintegra.
Conclusión.
El hombre que quiso ser rey es una historia de aventuras en su superficie, pero debajo encontramos una poderosa reflexión sobre el colonialismo, la voluntad de poder, la religión, la construcción del mito y la fragilidad de la identidad. Kipling construye una de esas historias en las que la aventura exterior termina convirtiéndose en una aventura metafísica. Y quizá ahí estaría la lectura más cercana a Quirce: el hombre que quiso ser rey no murió porque no pudiera conquistar el mundo; murió porque, después de conquistarlo, descubrió que todavía no le bastaba.
Javier Quirce ante Kipling.
Cuando el aventurero deja de querer conquistar un territorio y comienza a querer conquistar la realidad, el viaje deja de ser una aventura y se convierte en tragedia.