En una famosa frase que jamás dijo Dante pero que bien podría haber salido de su prodigiosa pluma se aseguraba que “el más oscuro rincón del infierno está reservado para aquellos que conservan su neutralidad en tiempos de crisis moral”. Sin duda ya debemos hallarnos en semejante paraje, aunque nuestras gafas de realidad aumentada nos mantengan distraídos con el enésimo fichaje rutilante de la Liga, el estúpido meme del día o la nueva serie-acontecimiento de Netflix.
El narcisista y apático homo ludens en el que nos hemos convertido, siempre ávido de experiencias y huérfano de vínculos, atiborrado a información por encima de nuestras posibilidades, desliza el dedo con desdén ante las imágenes de una jauría humana de desheredados de la globalización que ha irrumpido en la trastienda del paraíso perdido reclamando su parte del pastel de cartón piedra que les han vendido. Los vídeos de comercios saqueados, peleas deshumanizadas entre una muchedumbre desesperada o niñas que se refugian de los depredadores debajo de los coches policiales nos conmueven casi tanto como el último reel sobre gatitos.
Qué más da que todo esto ocurra en la calle de al lado si lo que ha llegado a mi puerta no son las primeras llamas sino el repartidor de Glovo. “Por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”. Y aún quedan ingenuos que ponen en duda que lo que experimentó san Juan en Patmos fue una revelación.