Pescar un amor imposible
Wicker significa “mimbre” y, casualidades de la vida, la misma semana que mi querido CineClub Paradiso de Lorca abría su programación de otoño con el clásico del terror británico The Wicker Man (El hombre de mimbre), se estrenaba en cines comerciales una película cuyo título hace referencia a esa fibra vegetal con la que se crean cestos, muebles e incluso figuras decorativas.
La acción de Wicker transcurre en una especie de pueblo medieval en el que las personas no tienen nombre propio sino que son llamadas en función del oficio que ejercen. La protagonista es la Pescadera, una mujer entrada en años y en carnes que vive sola y de quien sus conciudadanos se burlan por ser poco agraciada, no tener marido y oler perpetuamente a pescado.
Un día, la Pescadera se cansa de las burlas y acude al Cestero, de quien se conocen sus habilidades mágicas, para que le teja la figura de un hombre. El encargo no puede resultar más satisfactorio, y el Marido de Mimbre aparece en la Iglesia, donde se casa con la Pescadera y de ahí se encaminan a la casa de ésta, donde tienen una noche de bodas tan apasionada que el lecho marital acaba destrozado.
A partir de ese momento, a medida que la Pescadera va luciendo más y más feliz a causa de la satisfacción sexual que le proporciona su peculiar esposo, los aldeanos comienzan a envidiarla y esa envidia dará paso a un torbellino de sensaciones que pondrán el pueblo patas arriba...
El marido de mimbre fue un relato de catorce páginas que se publicó primeramente en internet y que posteriormente fue llevado a la pantalla en forma de cortometraje por su propia autora, Ursula Wills. A partir de ese material, el matrimonio de directores formado por Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson redactó un guion que ampliaba la trama hasta convertirla en el largometraje que acaba de estrenarse.
Wicker pretende ser una fábula o cuento de hadas para adultos, en el que se mantiene el contexto al que estamos acostumbrados desde niños pero se introducen elementos añadidos como el sexo, el machismo y el feminismo. Vamos, como si en La Bella y la Bestia se incidiese en el bestialismo o si La Bella Durmiente de repente se explayase en contarnos lo que pasó primero para que Aurora durmiese tan, tan feliz.
Personalmente, no me gusta que se utilicen los cuentos aparentemente inocentes de toda la vida para adulterarlos a base de violencia y de sexo, que suelen ser los responsables de la pérdida de esa inocencia. Y, al igual que una película de acción me parece tanto peor cuantas más veces se repiten expresiones como “Vamos, vamos, vamos” o “Venga, venga, venga”, en una comedia o un drama me desagrada la reiteración del temido verbo “follar”. Supongo que, para algunos, cuantas más veces se diga que alguien folla, más adulta y madura resulta la película.
El lenguaje soez y la banalidad que se supone que se está criticando me predisponen un poco en contra de Wicker, que, además, se complace en subvertir los términos que solían caracterizar a nuestras fábulas de la niñez: aquí lo primero es el sexo, y, si éste funciona bien, a lo mejor surge el amor.
Y, más allá de lo más o menos explícito de algunas secuencias, es de agradecer que no se muestren a las claras los tejemanejes, nunca mejor dicho, del miembro de mimbre. Resulta triste que se pretenda que nos veamos reflejados en esa sociedad medieval que, en lugar de anillo, utiliza un pesado collar de hierro que el marido le pone a la esposa en la boda para simbolizar la esclavitud de ésta.
No es que todo me haya desagradado en Wicker. La ambientación es fabulosa, así como el vestuario, y hay que rendirse ante las interpretaciones de Olivia Colman, también productora, como la Pescadera; Elizabeth Debicki como la mujer del Sastre; y sobre todo Peter Dinklage, el Cestero, todo un pequeño gran ladrón de escenas.
Pero, en general, me ha parecido una historia excesivamente grotesca que, en contraprestación, no resulta lo bastante divertida ni estimulante.
Valoración: ★★☆☆☆