Razón y corazón
¿Cómo se produce la gestación de una película? Hay algunas que nacen porque una historia nueva necesita ser contada. Pero otras existen porque una nueva generación necesita escuchar de nuevo historias ya conocidas, sólo que con una voz más actual. La nueva adaptación de Sentido y sensibilidad pertenece claramente al segundo grupo.
Lo primero que me vino a la cabeza al anunciarse una nueva versión de la novela de Jane Austen fue una pregunta inevitable: ¿era realmente necesaria? La magnífica adaptación dirigida por Ang Lee en 1995 parecía haber dicho ya prácticamente todo lo que podía decirse sobre la obra. Aquella película, una preciosidad unánimemente aclamada por el público y la crítica, se convirtió para muchos espectadores en la adaptación definitiva de la novela.
Sin embargo, cada época tiende a buscar sus propios referentes y quizá cada generación necesite encontrar una versión cinematográfica con la que identificarse de manera más directa. Desde esa perspectiva, este remake encuentra su razón de ser.
Sentido y sensibilidad ocupa además un lugar especial dentro de la producción literaria de Jane Austen. Probablemente sea la más autobiográfica de sus novelas. La escritora inglesa, que falleció con apenas cuarenta y dos años, conoció de primera mano la inseguridad económica que sufrían muchas mujeres de su tiempo. Tras la muerte de su padre, la familia tuvo que abandonar el hogar en el que había vivido durante su infancia debido a unas leyes sucesorias que favorecían claramente a los herederos varones.
Esa realidad histórica constituye precisamente el punto de partida de la novela. Las hermanas Dashwood ven alterada su vida cuando, tras la muerte de su padre, quedan en una situación económica mucho más precaria de la que habían disfrutado hasta entonces. Aunque son tres las hermanas protagonistas, son las dos mayores quienes concentran el peso dramático del relato. En una sociedad como la de la Regencia, las posibilidades de futuro de muchas mujeres dependían en gran medida de su educación, de sus modales, de sus talentos y, por supuesto, de la posibilidad de encontrar un buen matrimonio.
Pero Austen nunca se conformó con escribir simples historias románticas. Lo que realmente le interesaba era explorar la distancia que existía entre las convenciones sociales y los sentimientos auténticos. Por eso Sentido y sensibilidad sigue resultando tan moderna más de dos siglos después de su publicación. Porque, en el fondo, habla de algo que sigue siendo universal: la búsqueda del amor verdadero frente a las presiones económicas, familiares o sociales.
La nueva película sale bastante airosa del reto. Buena parte de su atractivo sigue procediendo, lógicamente, de un material literario extraordinario. Los diálogos conservan la inteligencia, la ironía y la sensibilidad que han convertido a la novela en un clásico imperecedero. A ello se suma una puesta en escena que aprovecha admirablemente las posibilidades visuales de la época, ofreciendo elegantes vestuarios, refinados interiores y hermosos paisajes rurales.
La directora Georgia Oakley y la guionista Diana Reid aportan además una mirada ligeramente más contemporánea y feminista sobre la historia. Lo hacen, eso sí, con suficiente discreción como para no violentar el espíritu original de la obra. Lejos de resultar forzado o reivindicativo, este enfoque encaja de manera natural con unos personajes femeninos que ya eran sorprendentemente complejos y modernos en las páginas escritas por Austen.
Entre los aspectos menos convincentes, yo destacaría la fotografía. La producción apuesta por un naturalismo muy marcado, especialmente en el uso de la iluminación. La búsqueda constante de luz aparentemente natural aporta autenticidad a algunas escenas, pero también provoca que otras resulten excesivamente oscuras, restando parte del atractivo visual que cabría esperar de una historia tan elegante.
También resulta inevitable establecer comparaciones con la película de 1995. No tanto por la calidad interpretativa como por la popularidad de sus repartos. Frente al desfile de estrellas de la versión de Ang Lee (Emma Thompson, Kate Winslet, Hugh Grant y Alan Rickman), esta nueva adaptación cuenta con actores mucho menos conocidos para el gran público, con Daisy Edgar-Jones y George MacKay como nombres más reconocibles.
Curiosamente, la influencia que más se percibe no es tanto la de la adaptación de 1995 como la de otra película basada en Austen, la Orgullo y prejuicio de Joe Wright y Keira Knightley. El tratamiento de los personajes, la atmósfera romántica, la planificación visual e incluso algunos planteamientos musicales parecen seguir la senda marcada por aquella popularísima adaptación, buscando conectar con un público que ha convertido las historias de Jane Austen en un auténtico fenómeno cinematográfico.
Puede que esta nueva Sentido y sensibilidad no alcance la categoría de imprescindible ni logre desbancar del imaginario colectivo a la inolvidable versión de Ang Lee. Pero también es cierto que demuestra, una vez más, que las historias de Jane Austen siguen conservando intacto su poder de seducción. Y mientras continúe emocionándonos la eterna lucha entre la razón y el corazón, siempre habrá espacio para volver a contarlas.
En resumidas cuentas, la Sentido y sensibilidad de 2026 quizás no sea necesaria ni imprescindible teniendo los ilustres precedentes que la anteceden, pero no deja de ser una adaptación elegante, respetuosa y encantadora que termina justificando su existencia gracias a la fuerza inagotable de la obra original.
Valoración: ★★★☆☆