Cine actualidad: El precio de la red

Publicado el 17 de octubre de 2026

Póster de El precio de la red

🎬 Póster de El precio de la red

¿Red social o red peligrosa?

Hace dieciséis años, en mi crítica de La red social, la extraordinaria película de David Fincher, decía yo lo siguiente: “De hecho, para mí los modelos en los que lejanamente se inspira el también realizador de La habitación del pánico son Todos los hombres del Presidente o Los tres días del Cóndor, sólo que sustituyendo al héroe por un antihéroe, a los periodistas por programadores y a las pistolas por ordenadores”.

La película de la que vamos a hablar hoy, El precio de la red, está considerada unánimemente como una secuela espiritual de La red social. Y es comprensible. Vuelve el guionista de aquélla, Aaron Sorkin, vuelve Mark Zuckerberg como uno de los personajes principales, vuelve la disección del poder tecnológico y vuelve esa sensación de que la vida digital es demasiado grande, demasiado opaca y demasiado peligrosa para dejarla en manos de un solo hombre. Pero esta vez hay una diferencia crucial: David Fincher ya no está al mando. Y se nota.

Aaron Sorkin, ante todo guionista y dramaturgo, dirige El precio de la red en su cuarta aventura como realizador. Sorkin escribe como los ángeles —eso no sorprende a nadie que haya visto Algunos hombres buenos o El ala oeste de la Casa Blanca—, pero como director sigue siendo un artesano correcto, no un estilista. La puesta en escena de El precio de la red funciona, pero rara vez deslumbra. Hay momentos en los que la película parece pedir a gritos la parafernalia visual de Fincher, su capacidad para convertir una conversación en una batalla psicológica. Aquí, en cambio, la cámara acompaña, pero no potencia.

El resultado es un thriller sólido, con ritmo y con intención, pero que a ratos recuerda a esos telefilms de sobremesa que se esfuerzan por parecer más grandes de lo que son. La historia lo merece; la forma, no siempre.

La protagonista de El precio de la red es una empleada idealista de Facebook que, harta de ver cómo la empresa rebaja controles para inflar cifras y tolera discursos de odio, decide filtrar información a un periodista del Wall Street Journal. La dinámica entre ambos es uno de los grandes aciertos del film: dos personas inteligentes que, a pesar de ser jóvenes y atractivas, no necesitan acostarse para tener química. En tiempos de guiones que fuerzan romances por defecto, este detalle es casi revolucionario.

La estructura narrativa remite nuevamente, como ya dijese en mi artículo sobre La red social, a Todos los hombres del presidente: el informante misterioso, el periodista obsesivo, la verdad como objetivo moral. Pero aquí la épica es más íntima y menos glamourosa. Y sí, probablemente esta película recaude menos y gane menos premios que aquélla. Pero la comparación es inevitable.

El reparto cumple, aunque deja la sensación de que podría haber sido aún mejor. Jeremy Allen White sorprende con un gesto perpetuo entre lo bobalicón y lo desconcertado, una elección interpretativa que no siempre encaja con la gravedad del relato. En cambio, Mikey Madison está extraordinaria. Su papel en un registro completamente distinto al de Anora demuestra una madurez interpretativa que la coloca entre las actrices más interesantes de su generación. Cada escena suya tiene verdad, tensión y humanidad. Y luego está Jeremy Strong como Mark Zuckerberg. Sorkin le regala un villano silencioso, hermético, casi espectral. Un hombre que se cree omnipotente y que, paradójicamente, parece incapaz de relacionarse con otros seres humanos. El creador de la red social más influyente del planeta es en realidad el tipo más insociable de la sala: ironías del siglo XXI.

Hay una vieja regla en Hollywood: si te cuesta seguir la trama por culpa de los diálogos, es que el guión es bueno. Y aquí Sorkin se luce. Las conversaciones son rápidas, afiladas, llenas de información y de subtexto. La película se sostiene sobre ellos, incluso cuando la puesta en escena no acompaña con la misma fuerza.

Para suplir su falta de nervio visual, Sorkin recurre a la banda sonora de Alexandre Desplat. Y aunque el compositor es uno de los grandes, aquí su trabajo resulta excesivamente manipulador. La música subraya, empuja, dramatiza… a veces más de lo que la escena necesita. Es como si la película pidiera ayuda para generar una tensión que no siempre consigue por sí misma.

El precio de la red no es la obra maestra que algunos esperaban, pero sí es una película necesaria. Sorkin vuelve a señalar el corazón oscuro de las plataformas que gobiernan nuestra vida digital y lo hace con inteligencia, con intención y con un reparto que, pese a sus altibajos, ofrece momentos destacables.

Es un film que invita a reflexionar sobre el poder, la responsabilidad y la fragilidad de un sistema que hemos aceptado sin leer la letra pequeña. Y aunque su forma no esté a la altura de su fondo, su mensaje llega claro: la red tiene un precio, y nunca lo paga quien de verdad la controla.

Valoración: ★★☆☆☆

Imágenes tomadas de fuentes públicas de internet