El cine en Pantalla Grande, Segundo pase: Un pez llamado Wanda

Publicado el 13 de octubre de 2026

Póster de Un pez llamado Wanda

🎬 Póster de Un pez llamado Wanda

Roba bien y no mires a quién

Salí del cine con las últimas carcajadas resonando todavía en mis oídos. Tenía que ir a recoger a mi madre, que estaba en casa de mi tía, y, al llegar, mi progenitora, como siempre solía hacer, me pidió que le contara, con todo lujo de detalles, la película que acababa de ver. Así lo hice y, cuando terminé, mis tíos, que me habían escuchado también, se habían reído tanto que decidieron que había llegado la hora de romper su determinación de no volver a pisar una sala de cine. La película era Un pez llamado Wanda.

Cuatro atracadores de poca monta planean realizar el robo de sus vidas en una joyería del centro de Londres. El cuarteto lo integran dos británicos (George, el cerebro de la banda, y Ken, animalista y tartamudo) y dos estadounidenses (Wanda y Otto, que fingen ser hermanos pero en realidad son amantes). Una vez efectuado el atraco, George decide quedarse con todo el botín y dejar tirados a los americanos, pero éstos son más rápidos y le delatan ante la policía, que le detiene en espera de juicio. El problema es que sólo George sabe dónde están escondidos los diamantes, y lo único que se le ocurre a la voluptuosa Wanda es intentar seducir al abogado defensor de George, Archie, un inglés sumamente encorsetado y aburrido, lo cual desata la ira y los celos del impulsivo Otto. Mientras tanto, el bonachón Ken, el único que parece seguir profesando lealtad a George, mima con exquisito cuidado su acuario, en cuyas aguas nada plácidamente un pez ángel al que ha bautizado con el nombre de la mujer de la que está enamorado: Wanda.

En 1983, el célebre grupo humorístico Monty Python, integrado por cinco ingleses (Graham Chapman, John Cleese, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin) y un norteamericano (Terry Gilliam), estrenaron su cuarto largometraje, El sentido de la vida, y quedaron tan desgastados y extenuados que decidieron separarse por un tiempo y centrarse cada uno en sus respectivos compromisos personales. John Cleese (43 años) aprovechó el parón creativo para tomarse dos semanas de vacaciones en el sur de Francia en compañía de su amigo, el venerable realizador Charles Crichton (73 años), al que admiraba desde niño por sus películas clásicas como Al morir la noche (1945), Oro en barras (1951) o Los apuros de un pequeño tren (1953). En 1968, Cleese y su compañero Graham Chapman (el que sería el inolvidable Brian de La Vida de Brian) trataban de vender un guión que habían escrito, titulado Pig Lust and Company, por lo que se entrevistaron con el afamado productor David Frost, quien les sugirió a Charles Crichton como posible director. Aunque finalmente el proyecto cayó en manos del menos conocido Jim Clark, quien lo dirigió bajo el título de Rentadick, Cleese y Crichton hicieron buenas migas, hasta el punto de iniciar una duradera amistad que incluía el propósito de colaborar juntos algún día en una película. Regresamos ahora al verano de 1983 y al resort francés alrededor de cuya piscina se sentaban los dos hombres mientras charlaban, bebían margaritas y, cómo no, elucubraban nuevos proyectos. Cleese, para quien el parón de los Python constituía una especie de acicate, le habló a Crichton de una historia que se le estaba ocurriendo, protagonizada por unos ladrones de joyas más bien patosos, y Crichton sugirió que algunos de ellos pudieran ser ingleses y otros norteamericanos, con los subsiguientes roces y contrastes. Cleese apuntó que uno de los personajes sería un tartamudo incapaz de aportar una información crucial sin trabarse, y Crichton propuso que otro resultase aplastado por una apisonadora. Acababan de plantar la simiente de lo que acabaría siendo Un pez llamado Wanda, aunque en absoluto Crichton estaba convencido de ser el director, puesto que llevaba desde 1965 sin dirigir una película para cine y, en la práctica, ya se veía cómodamente jubilado. Pero la maquinaria mental de Cleese funcionaba a todo gas, y tanto se obsesionó con la historia que, durante los cuatro años siguientes, llegó a redactar hasta trece versiones del guión, de las cuales ocho eran revisiones menores y las otras cinco, reescrituras completas de arriba a abajo. Rizando el rizo, un día acudió a una sofisticada tienda de modelismo y compró una docena de soldaditos de plomo, los cuales iba colocando sobre un plano que había dibujado de cada uno de los escenarios en los que transcurriría la película, estableciendo así relaciones entre los personajes y determinando quién salía, quién entraba y quién permanecía en cada estancia. A ésto también ayudaba la inigualable experiencia del viejo zorro Crichton, que se sentía capaz de determinar dónde ubicar la cámara en cada plano para obtener el mejor resultado cómico. Aunque Cleese dedicó más tiempo a la creación de la historia, el guión lo acabaron firmando los dos.

En 1985, John Cleese viajó a Estados Unidos para participar en el rodaje de Silverado de Lawrence Kasdan, en la que daba vida a un petulante sheriff nacido en Inglaterra. Durante la filmación, compartió apartamento con uno de los protagonistas principales del film, Kevin Kline (37 años), al que ya admiraba desde La decisión de Sophie y a quien le prometió un papel en una próxima película. Mientras escribía el guión de Un pez llamado Wanda, Cleese pensó que Kline sería una buena opción para encarnar a Otto, un tipo que se las da de culto e inteligente pero que en realidad es un estúpido sin paliativos, y, cuando éste le dio el OK, ajustó totalmente el personaje al registro del americano. Lo mismo hizo con el papel de la seductora Wanda, tras haber visto a Jamie Lee Curtis (27) en Entre pillos anda el juego y quedar fascinado con la actriz, hija de Tony Curtis y Janet Leigh: llegó un momento en que Cleese optó por adaptar cada uno de los roles a la personalidad del actor que lo iba a interpretar, con lo cual el resultado fue aún más satisfactorio. Con el tartamudo Ken lo tuvo todavía más fácil, ya que su amigo y compañero de Monty Python Michael Palin (42) era experto en interpretar ese tipo de personajes, lo cual, por cierto, le acarreó todo tipo de problemas, al considerar los colectivos de personas con esa discapacidad que se estaba burlando de ellos. Por lo que se refiere al cuarto de los personajes fundamentales, el abogado Archibald “Archie” Leach, John Cleese tenía pensado desde el principio interpretarlo él mismo. Archibald Alexander Leach era el nombre real del mítico galán Cary Grant, y Cleese declaró con sorna: “Este papel será lo más cerca que estaré jamás de ser como Cary Grant”. Lo que acabamos de decir acerca de “adecuar el papel al intérprete que lo iba a desempeñar” fue llevado hasta el extremo con el (poco conocido) actor Tom Georgeson que habría de encarnar al jefe de la banda de ladrones, George Thomason; como puede verse, se trata de un divertido juego de palabras que invierte el orden del nombre y el apellido. El resto de personajes relevantes fueron desempeñados por Maria Aitken (Wendy, la esposa de Archie), la veterana Patricia Hayes (la señora Coady, cuyos perros van muriendo uno tras otro por culpa del torpe Ken) y Cynthia Cleese, que sí, era hija de John Cleese en la realidad y también lo fue en la ficción. El luego popular Stephen Fry (Wilde, V de Vendetta) realizó un pequeño cameo en la secuencia final ambientada en el aeropuerto de Heathrow.

El rodaje de Un pez llamado Wanda comenzó a mediados de julio de 1987, pero, antes de que la cámara empezara a grabar, la compañía aseguradora, los abogados y la jerarquía de Metro-Goldwyn-Mayer, que estaría a cargo de la distribución internacional del film, estuvieron de acuerdo en una cosa: era demasiado arriesgado contar como único director con Charles Crichton, al que apenas le faltaban dos años para ser octogenario, por lo que exigieron que hubiese un realizador sustituto por si el titular enfermaba (o algo peor) durante la filmación. El elegido, lógicamente, fue John Cleese, auténtica alma máter del proyecto, y a quien sus compañeros actores consultaban cualquier duda acerca de sus interpretaciones, lo cual acabaría provocando la ira de Crichton, que era quien contaba con el respaldo de una exitosa carrera, por muy pretérita que ésta fuera, y que se esforzó hasta la extenuación por finalizar el rodaje en plazo y hasta por debajo del presupuesto. Alan Hume (El retorno del Jedi, Supergirl, Lifeforce) fue el director de fotografía, Roger Murray Leach (Un tipo genial, Los gritos del silencio) se encargó del diseño de producción y Hazel Pethig, diseñadora de vestuario habitual de los Monty Python, repitió su labor en esta cinta. El rodaje propiamente dicho se desarrolló durante diez semanas en localizaciones como Hatton Garden, el distrito londinense de los diamantes, los Inns of Court o asociaciones de abogados de la capital británica, los tribunales de Old Bailey, los alrededores del Ayuntamiento de Oxford y las inmediaciones de la cárcel de esta misma ciudad. Los interiores fueron encuadrados en los longevos estudios de Twickenham.

A pesar de su condición inequívocamente británica, Un pez llamado Wanda se estrenó primero en Estados Unidos, el 15 de julio de 1988 (14 de octubre en Reino Unido y 9 de diciembre en España). Llegar hasta ese momento no fue para nada sencillo, ya que John Cleese no realizó ni uno ni dos sino ¡trece! pases de prueba, en los que las reacciones del público le llevaron a realizar hasta doce montajes diferentes, en el último de los cuales accedió a suavizar el final inicialmente previsto, en el que Wanda engañaba a todos y cada uno de los hombres y se quedaba con los diamantes. También escuchó atentamente los comentarios de los colegas a quienes se atrevió a consultar sus inquietudes, entre los cuales se hallaban Harold Ramis, Rob Reiner, Lawrence Kasdan o el actor Steve Martin, que fue quien mejores consejos le dio. El caso es que la película no puede decirse que fuese precisamente espontánea sino fruto de un delicado trabajo de orfebrería cinematográfica, y lo sorprendente es que su funcionamiento comercial compensó con creces las dificultades de su concepción. Su modesto presupuesto de 7,5 millones de dólares se acabó traduciendo en una recaudación alucinante de 189 millones, convirtiéndose en un auténtico fenómeno de masas y, por supuesto, en la comedia británica más taquillera de todos los tiempos. En materia de premios, recibió el David de Donatello por su guión, fue nominada en esta categoría y en la de Mejor Comedia o Musical en los Globos de Oro y asimismo recibió tres nominaciones a los Oscar (Guión, Dirección y Actor Secundario), materializando la dorada estatuilla Kevin Kline por su genial interpretación de Otto. En cuanto a los galardones que le tocaban más de cerca, los BAFTA, fue nominada en nueve apartados y triunfó en dos: Mejor Actor de Reparto para Michael Palin y Mejor Actor Protagonista para John Cleese. Como no pudo recoger el premio en persona por hallarse en Los Angeles, Cleese remitió un discurso grabado en video que inmediatamente se hizo famoso por su hilarante surrealismo, ya que el actor y escritor no sólo dio las gracias, como es habitual, a su familia y compañeros de rodaje, sino a toda una pléyade de personas y entidades tan disparatadas como la Madre Teresa de Calcuta, San Francisco de Asís, el criminal de guerra nazi Hermann Göring, el Coyote del Correcaminos, la sección de metales de la Orquesta Sinfónica de Londres, las líneas aéreas turcas, el Soldado Desconocido, el planeta Saturno y todos sus anillos y, finalmente, Dios. Otra anécdota que otorgó una fama imprevista pero arrolladora al film fue la sucedida en un cine de Dinamarca, donde un espectador llamado Ole Bentzen, de profesión dentista, se murió literalmente de risa durante la escena en la que Otto tortura a Ken introduciéndole patatas fritas con ketchup por la nariz. Este luctuoso suceso influyó sin duda en la afluencia masiva a los cines para comprobar si la riada humorística era realmente para tanto, y ya dije al principio que, aun sin haber pasado por la experiencia de morirme entre carcajada y carcajada, yo doy fe de que te ríes hasta no poder más.

Un éxito tan desmesurado como el de Un pez llamado Wanda no podía no tener algún tipo de continuación, pero ésta no llegó como una segunda parte canónica sino como una especie de secuela espiritual, Criaturas feroces (1997), que ya no dirigió Charles Crichton pero en la que participaron de nuevo John Cleese, Jamie Lee Curtis, Kevin Kline, Michael Palin, Maria Aitken, Tom Georgeson e incluso Cynthia Cleese, eso sí, interpretando a personajes diferentes aunque similares (vamos, lo que sucedió en España con Aquí no hay quien viva dando paso a La que se avecina). Eso sí, el bajón de calidad –e hilaridad– entre la película original y la derivada fue apoteósico.

No exenta de polémicas a causa, como ha quedado dicho, de la supuesta falta de respeto a los colectivos de tartamudos y también a los de animalistas, que nunca le perdonaron las sucesivas muertes violentas de los tres Yorkshire de la señora Coady, Un pez llamado Wanda ha pasado a la historia como una comedia poco menos que genial que aúna casi todas las formas posibles de humor sin renunciar a un afilado estudio sociológico y cultural y a un romance que, finalmente, ha tenido oportunidad de fructificar.

Valoración: ★★★★☆

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