¿Cavando en dirección al Oscar?
Cada nueva película de Alejandro González Iñárritu tiene algo de acontecimiento cinematográfico. No es un director que se conforme con contar una historia y poner una cámara delante de los actores. El mexicano pertenece a esa categoría de cineastas que entienden el cine como un ejercicio de creación visual, como un territorio en el que la imagen, el movimiento, el sonido y la composición de cada plano adquieren una importancia casi tan decisiva como aquello que se nos está contando. Para mí, Iñárritu es un auténtico genio del cine. Al menos, del cine entendido como imagen en movimiento. Otra cosa es que sus historias estén siempre a la altura de semejante talento, y Digger viene a demostrar que no necesariamente es así.
Estamos ante una película maravillosa que se hace tediosa, una obra fascinante que por momentos se torna insoportable, un espectáculo que te deja con la boca abierta y que, sin embargo, puede hacerte bostezar con unas ganas difíciles de disimular. Una contradicción ciertamente desconcertante, pero también bastante reveladora de las virtudes y los defectos de una propuesta que parece empeñada en llevar sus propias contradicciones hasta las últimas consecuencias.
Porque, más allá de su evidente sustrato político, de esa mirada satírica sobre los poderosos que manejan los destinos del mundo mientras los ciudadanos de a pie permanecen sometidos a sus decisiones, lo cierto es que Digger tiene un problema de partida bastante considerable: su argumento es tan esquemático que prácticamente podría escribirse en el envés de una servilleta de papel. La denuncia del poder, la manipulación, la irresponsabilidad de quienes gobiernan y las consecuencias de sus decisiones constituyen un material perfectamente válido para construir una gran película, pero aquí el desarrollo narrativo parece quedar relegado a un segundo plano, como si el director estuviera mucho más interesado en demostrar lo que es capaz de hacer con una cámara que en encontrar una historia que justifique semejante despliegue de medios.
Y, sin embargo, Iñárritu y sus colaboradores guardan un inesperado as en la manga: los diálogos. Ahí sí que la película encuentra una de sus grandes bazas. Hay en ellos una inteligencia, una mordacidad y una capacidad para combinar el ingenio con la mala leche que resulta francamente admirable. Algunas conversaciones contienen más sustancia, más ironía y más capacidad de observación que buena parte de las películas que hemos visto en los últimos años. Son diálogos extraordinariamente escritos, con réplicas que parecen diseñadas para quedarse en la memoria y que, por momentos, consiguen que olvidemos las limitaciones de la historia que estamos contemplando.
La pena es que semejante exhibición de talento verbal se encuentre al servicio de una narración tan estrambótica y caricaturesca. El relato avanza por acumulación de situaciones disparatadas, personajes llevados al límite y comportamientos que parecen competir entre sí para ver quién consigue resultar más extravagante. La exageración es, evidentemente, parte de la propuesta, pero llega un momento en que el disparate amenaza con devorar cualquier posibilidad de implicación emocional. Algunos intérpretes parecen haber recibido instrucciones de desmelenarse sin contemplaciones, y John Goodman, por poner un ejemplo especialmente llamativo, lleva su interpretación hasta unos extremos de desmesura que no siempre resultan justificables. El exceso puede ser una virtud cuando está bien administrado, pero también puede convertirse en una forma de agotamiento.
En el centro de todo se encuentra Tom Cruise, la gran estrella de la función y el principal reclamo de una película que parece construida alrededor de su personaje. Y aquí sí que no tengo demasiadas dudas: si de mí dependiera, le daba el Oscar. Su Digger es una criatura grotesca, excesiva, deliberadamente sobreactuada y, precisamente por eso, perfectamente ajustada a las intenciones del relato. Cruise se entrega al personaje sin reservas, abandona cualquier tentación de resultar simpático o convencional y construye una interpretación de esas que exigen una implicación física y emocional considerable. No intenta disimular las miserias de su criatura ni hacerla más agradable de lo que es. Se lanza de cabeza al disparate y sale bastante bien parado de la aventura. Es una interpretación arriesgada, valiente y, sobre todo, muy consciente de lo que la película necesita de él.
Pero si uno quiere disfrutar de Digger en toda su dimensión, quizá deba olvidarse por momentos de la historia y concentrarse en aquello que Iñárritu domina como pocos: la puesta en escena. Porque aquí hay cine en estado puro, un auténtico festín para quienes disfrutamos analizando el lenguaje cinematográfico y seguimos creyendo que una película puede contarnos cosas incluso cuando sus personajes permanecen en silencio.
Los extraordinarios planos secuencia, los movimientos de cámara, la manera en que el director organiza el espacio y desplaza a sus intérpretes dentro del encuadre constituyen una demostración de virtuosismo difícil de ignorar. No se trata simplemente de mover la cámara porque sí, ni de exhibir músculo técnico para dejar boquiabierto al espectador. Hay una planificación minuciosa, una coreografía de cuerpos, objetos y movimientos que convierte cada escena en una pequeña proeza de organización visual. La cámara parece tener vida propia, se anticipa a los acontecimientos, persigue a los personajes y establece relaciones entre ellos y su entorno con una naturalidad que esconde un trabajo de enorme complejidad.
También merece una atención especial el extraordinario aprovechamiento del vestuario y los decorados. La utilización de los colores, las texturas y los contrastes cromáticos contribuye a crear un universo visual con personalidad propia. Nada parece estar colocado al azar. Los espacios hablan, los colores sugieren y los elementos que rodean a los personajes adquieren una función expresiva que va mucho más allá de su mera presencia ornamental. Es uno de esos trabajos en los que la dirección artística y la fotografía no se limitan a acompañar la narración, sino que terminan convirtiéndose en protagonistas por derecho propio.
Y luego están la música y el sonido. Otro de los grandes aciertos de una película que demuestra una extraordinaria sensibilidad para construir atmósferas. La banda sonora, los efectos sonoros y el tratamiento del silencio contribuyen a levantar un mundo reconocible, extraño y perfectamente identificable. Hay momentos en los que basta con escuchar y mirar para comprender que estamos ante un cineasta con una capacidad de creación audiovisual fuera de lo común.
El problema, naturalmente, es que todo ese arsenal de virtudes no consigue disimular las carencias del conjunto. Y quizá ahí resida la mayor paradoja de Digger: es una película que uno admira mucho más de lo que disfruta. Que provoca admiración, pero no necesariamente emoción. Que permite reconocer el talento de sus responsables en prácticamente cada apartado técnico y artístico, pero que no termina de encontrar una historia capaz de mantener nuestro interés durante todo el metraje. No es poca cosa, desde luego. En una época en la que buena parte del cine comercial parece empeñado en repetir fórmulas, recuperar personajes conocidos y fabricar productos destinados a satisfacer expectativas previamente establecidas, siempre es de agradecer que un director de la categoría de Iñárritu se atreva a hacer algo tan personal, tan desmesurado y tan poco convencional. Aunque el resultado sea irregular, aunque la película se pierda en sus propios excesos y aunque uno tenga la sensación de que detrás de tanto talento había material para construir algo mucho más redondo.
En definitiva, Digger es una película que merece ser vista, discutida y, sobre todo, admirada. Pero no necesariamente disfrutada de principio a fin. Una exhibición de talento cinematográfico que convive con una narración caprichosa, una interpretación protagonista extraordinaria que comparte espacio con excesos difícilmente defendibles y una puesta en escena deslumbrante que no siempre encuentra una historia a su altura. Iñárritu vuelve a demostrar que es un cineasta extraordinario. Lo que no consigue demostrar esta vez es que un cineasta extraordinario pueda convertir cualquier historia en una película extraordinaria. Y es que, por mucho que uno sepa mover la cámara, componer un plano o dirigir a los actores, al final también hace falta tener algo interesante que contar.
Valoración: ★★★☆☆