Guerra y amor prohibido a la sombra de Lorca
Precedida por un murmullo creciente que ha llegado a convertirse en auténtico clamor, llega por fin a los cines La bola negra, la ya famosísima película de Los Javis.
No nos hallamos únicamente ante la película española más esperada de esta segunda mitad del año, sino ante una obra mayúscula que se atreve a dialogar con Federico García Lorca, con la Guerra Civil, con la identidad sexual reprimida y con las heridas que España arrastra desde hace casi un siglo. Y lo hace partiendo de un material tan frágil como fascinante: un texto lorquiano inacabado, del que solo se conservan unas pocas páginas, reconstruido y expandido por Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi) junto al dramaturgo Alberto Conejero, uno de los autores que mejor entiende la respiración poética del poeta granadino.
El resultado es una película que combina ambición narrativa, deslumbramiento visual y una sensibilidad emocional que, por momentos, roza lo operístico. Una obra que se atreve a mirar de frente a la memoria, sin solemnidad impostada, pero con una hondura que pocas veces se ha visto en el cine español contemporáneo.
La estructura de La bola negra es uno de sus mayores retos y, a la vez, uno de sus grandes logros. Los Javis articulan el relato en tres líneas temporales que no funcionan como compartimentos estancos, sino como vasos comunicantes donde el pasado y el presente se contaminan, se iluminan y se contradicen.
1937 es el núcleo emocional del film. Aquí conocemos a Sebastián, interpretado con una vulnerabilidad extraordinaria por el cantante Guitarricadelafuente, un joven que milita en el bando nacional sin convicción y por inercia, atrapado en una guerra que no entiende y que le exige una brutalidad que no posee. Su misión es custodiar a Rafael Rodríguez Rapún, último gran amor de Lorca, republicano, intelectual, y depositario de la obra perdida La bola negra. La relación entre ambos —tensa, silenciosa, cargada de miradas que dicen más que las palabras— es uno de los grandes hallazgos de la película. Aquí Los Javis alcanzan una madurez sorprendente: la guerra no se filma como un espectáculo, sino como un estado moral, una atmósfera que asfixia y que revela quién es cada uno cuando todo alrededor se derrumba.
La segunda línea temporal reconstruye la obra lorquiana en sí misma. En ella seguimos a Carlos, un joven a quien en 1932 no se admite en el Casino por su condición de homosexual. Esta parte, más estilizada y teatral, funciona como un espejo poético del país que estaba a punto de romperse. Es Lorca puro: deseo, exclusión, belleza y tragedia entrelazadas. Aquí se nota la mano de Conejero, que consigue que el texto apócrifo respire como si fuera auténticamente lorquiano sin caer en la imitación. Es un homenaje que no copia, sino que prolonga.
La tercera historia, protagonizada en 2017 por Alberto, nieto de Sebastián, es la que menos brilla. Su función es clara: conectar los fragmentos, reparar lo que se pueda, cerrar el círculo. Pero su desarrollo dramático no alcanza la densidad de las otras dos épocas. No es que esté mal, pero sí se siente más convencional, menos inspirado, como si la película perdiera parte de su magnetismo cuando abandona los años treinta. Aun así, su presencia es necesaria para que La bola negra sea lo que pretende ser: una reflexión sobre cómo el pasado sigue respirando en el presente, incluso cuando creemos haberlo enterrado.
Uno de los mayores aciertos del film es que la presencia de Federico García Lorca sobrevuela en todo momento la pantalla aunque éste no aparezca físicamente en escena hasta el final. Su sombra ilumina los diálogos, los silencios, los gestos, la forma en que la cámara se detiene en los rostros. Los Javis entienden que Lorca no es sóño un autor: es un símbolo, una herida, una forma de mirar el mundo, y creo que es un error que, en el desenlace, el inmortal autor sí tenga una aparición en la que el actor que lo interpreta, Alberto Cortés, no consigue estar a la altura. Este Lorca no se parece físicamente al escritor al que conocemos y amamos, y su voz no resulta tan carismática como debería.
Me sorprende mucho que la crítica de La bola negra esté pasando por alto dos influencias fundamentales en la representación de la Guerra Civil desde la cultura popular: Las cosas del querer de Jaime Chávarri y ¡Ay, Carmela! de Carlos Saura. Ambas películas definieron una sensibilidad muy concreta: la mezcla de espectáculo, dolor y memoria. Y esa tradición está claramente presente en el personaje interpretado por una Penélope Cruz en plan superstar que parece dialogar con esa genealogía cinematográfica.
Visualmente, La bola negra es un festín. Hay planos que parecen sacados de una superproducción clásica, y no es exagerado decir que la película funciona como un Doctor Zhivago a la española. La nieve, la luz, los interiores, los rostros iluminados por velas, los silencios que se convierten en paisaje… todo está filmado con una delicadeza que deslumbra.
Los Javis firman aquí su trabajo más ambicioso, y se nota la presencia de Pedro Almodóvar como productor. La aparición de Glenn Close —claramente inspirada en el célebre hispanista irlandés Ian Gibson— aporta un brillo internacional que no se siente impostado, sino coherente con la dimensión épica del proyecto, y su escena está filmada como si se tratase de una prolongación de la almodovariana La habitación de al lado.
El reparto es uno de los pilares de la película: el citado Guitarricadelafuente ofrece una interpretación llena de fragilidad, humanidad y verdad; Miguel Bernardeau (hijo del creador de la serie Cuéntame y la actriz Ana Duato) demuestra una madurez interpretativa que confirma que su carrera va mucho más allá de sus orígenes televisivos, y la gran Lola Dueñas, que interpreta a la madre de Alberto, aporta una mezcla de dolor, resentimiento y abandono que se queda grabada en la memoria.
La bola negra es una película que no sólo aspira a ser grande: lo es. Tiene algún tropiezo argumental —especialmente en su tramo contemporáneo—, pero su conjunto es tan poderoso que esos desajustes apenas empañan lo que, sin duda, es una de las obras más logradas del cine español reciente. Es una película que habla de memoria, de deseo, de violencia, de identidad, de heridas que no se cierran., y lo hace desde la belleza, la poesía y la inspiración. Es una película, en fin, que mira al pasado para entender el presente. Una película que, como la bola del título, avanza arrastrando consigo todo lo que toca.
Lo mejor es que el público ha entendido que la expectación y los premios que la precedían no eran, para variar, una exageración: las salas están llenas, el boca a boca es imparable y la sensación de estar ante un acontecimiento cultural es real. La bola negra no es solo cine. Es memoria. Es herida. Es belleza. Es España mirándose al espejo.
Valoración: ★★★★☆