Con un barómetro por fusil
La victoria del bando aliado (y, por tanto, la derrota del nazismo) durante la II Guerra Mundial se decidió gracias a decisivas batallas como la que se produjo en las playas francesas de Normandía el 6 de Junio de 1944. La excepcional película de Steven Spielberg Salvar al soldado Ryan es, sin duda, la obra definitiva sobre el tema, pero siempre se pueden contar pequeñas historias de pequeños héroes que auspiciaron aquel grandísimo triunfo.
Eludiendo todo lo posible la épica del frente, el estruendo de la batalla y el heroísmo físico, Tiempo de victoria —título español que ya merece un análisis— decide caminar por el sendero contrario: aquí la guerra se libra en un despacho, entre mapas, gráficas de presión atmosférica y discusiones tensas sobre borrascas que avanzan desde el Atlántico. Su protagonista no empuña un fusil: empuña un barómetro.
El título original, Pressure, Presión, juega con una ambigüedad deliciosa. Presión es lo que sienten los mandos aliados ante la operación militar más arriesgada del siglo XX, pero también es presión atmosférica, el concepto meteorológico que define literalmente el destino del Día D. La traducción española, Tiempo de victoria, añade otra capa: “tiempo” como clima, pero también como momento histórico. Y “victoria”, que no aparece en el original, introduce un guiño casi editorial, como si el traductor quisiera anticipar el desenlace. Es un título que revela, sin querer, la esencia del film: una historia donde el clima decide la guerra.
Basada en una obra de teatro de David Haig estrenada en 2014, la película se sostiene sobre un protagonista insólito en el cine bélico: James Stagg, el meteorólogo que convenció a Eisenhower de aplazar el desembarco de Normandía un día… y de adelantarlo justo al día siguiente. Ese vaivén de decisiones, aparentemente técnicas, se convierte en el corazón dramático del film. Stagg no lucha contra los nazis: lucha contra otros meteorólogos, contra la incertidumbre científica y contra la presión (otra vez la palabra clave) de saber que un error suyo puede costar miles de vidas.
Andrew Scott (el Ripley de la serie de Netflix) encarna al meteorólogo protagonista con una mezcla de nervio, contención y humanidad que sostiene la película. A su lado, Chris Messina da vida un meteorólogo rival, Damien Lewis es el mariscal Montgomery, Kerry Condon incorpora a la secretaria del general Eisenhower y un sorprendente Brendan Fraser interpreta al mismísimo Dwight David Eisenhower, conocido popularmente como Ike. El reparto es reducido pero sólido, casi de cámara, y recuerda en todo momento el origen teatral del material.
La película se desarrolla, en su mayor parte, en el puesto de mando aliado. No hay trincheras, no hay explosiones, no hay heroísmo físico (bueno, únicamente en el prólogo y en el epílogo). Hay discusiones, silencios tensos, decisiones que se toman mirando al cielo. Ese enfoque puede parecer anticlimático, pero es precisamente lo que le da personalidad. La guerra, aquí, es un tablero de ajedrez meteorológico.
Aun así, el film abre y cierra con imágenes del Desembarco de Normandía. Son secuencias breves, casi anecdóticas, que parecen —y probablemente son— descartes o recreaciones inspiradas en Salvar al soldado Ryan. No buscan competir con la obra de Spielberg: solo recordar al espectador que todo lo que se decide en ese despacho tiene consecuencias reales.
Tiempo de victoria no es una película que enamore ni que aspire a la grandeza. No pretende ser la nueva referencia del cine bélico. Su fuerza está en otra parte, en sus diálogos afilados, fruto de su origen teatral, en sus interpretaciones contenidas, que sostienen la tensión sin necesidad de artificios y, sobre todo, en su original enfoque, que reivindica una profesión aparentemente menor en tiempos de guerra. Es una película que se ve con agrado, que respira inteligencia y que ofrece una perspectiva distinta sobre un episodio histórico que parecía ya agotado en el cine.
Sin aspavientos, sin épica grandilocuente y sin pretensiones de reinventar el género, Tiempo de victoria es un film que encuentra su valor en lo inesperado: en demostrar que, a veces, la historia la cambian quienes miran al cielo. Un drama sobrio, bien interpretado y con un trasfondo fascinante, que recuerda que el Día D no sólo se ganó en las playas de Normandía, sino también en un despacho donde un meteorólogo defendió, contra todo pronóstico, que la ciencia debía organizar el camino de la guerra.
Valoración: ★★★☆☆