El futuro distópico de Ridley Scott.
Ridley Scott, el cineasta que hace casi cincuenta años nos deslumbró con Alien y tres años después nos fascinó con Blade Runner, está a punto de cumplir 89 años. Se dice pronto. Casi noventa años y no tiene ningunas gana de jubilarses. Evidentemente, no todas sus últimas películas han estado a la altura de sus obras magnas, pero no se le puede discutir su ilusión, su tesón y, a veces, los restos de su enorme talento.
La constelación del perro, su película recién estrenada, es de nuevo una distopía futurista muy poco complaciente con la Humanidad. Desde su arranque abrupto, sin explicaciones, sin prólogos, sin esa necesidad contemporánea de justificar cada catástrofe, Ridley Scott parece decirnos: “No importa cómo llegamos aquí; importa cómo sobrevivimos”. Y ese gesto inicial, seco, directo, funciona. El mundo ha caído por culpa de un virus, la humanidad se ha desmoronado, y la película nos lanza a ese paisaje sin darnos tiempo a acomodarnos. Hasta aquí, Scott demuestra que sigue teniendo pulso, que la edad no le ha robado la capacidad de abrir una historia con autoridad.
El problema es que, tras ese arranque prometedor, la película empieza a mutar. Durante sus primeros compases, uno siente que está viendo una mezcla curiosa entre Soy leyenda y Memorias de África: la soledad del superviviente, la vastedad del paisaje visto desde una avioneta, la relación entre el ser humano y un entorno que ya no le pertenece. Pero pronto aparece la primera grieta: la narración se vuelve pesada, monótona, como si la película se quedara atrapada en su propio silencio.
Scott siempre ha sido un director de mundos, de atmósferas, de texturas. Aquí también las hay, pero la historia no termina de avanzar. El espectador espera una chispa, un giro, un estallido que rompa la quietud. Y cuando por fin llega algo de acción —porque llega, y se agradece— la película vuelve a caer en la misma cadencia lenta, casi somnolienta, que la atenaza durante buena parte del metraje.
Lo más frustrante es que La constelación del perro tiene personajes que podrían haber sido memorables, en concreto los de Josh Brolin, Guy Pearce y Alison Janney, nombres que, sobre el papel, prometen capas, matices, conflictos. Pero Scott los deja en bosquejos, en siluetas que aparecen y se diluyen sin mostrar todo su potencial. Son personajes que podrían haber sostenido la película, que podrían haber aportado tensión, humanidad, incluso humor. Pero se quedan a medio camino, como si el guion no supiera muy bien qué hacer con ellos.
Y mientras tanto, en el otro extremo, aparece un romance final más bien tontorrón entre Jacob Elordi y Margaret Qualley que resulta difícil de defender. No porque ambos actores no tengan química —la tienen, y son buenos— sino porque la película no lo necesita. Es un pegado postizo, una concesión, que rompe el tono y que parece más un bonus que una decisión narrativa. En una historia que pretende hablar de supervivencia, de aislamiento, de reconstrucción emocional, ese romance llega como un pegote que no suma y sí distrae.
Pero sería injusto no detenerse en lo mejor de la película, que además es muy bueno: la secuencia en Grand Junction. Aquí Scott se transforma. La película respira otro aire, otro ritmo, otra intención. De repente, estamos en un espacio que recuerda al Hotel Overlook de El resplandor, con esa atmósfera inquietante, geométrica, casi hipnótica. Scott se viste de Kubrick sin pudor, pero también sin servilismo. No copia: dialoga. Y ese diálogo es brillante. La tensión crece, la puesta en escena se afila, la luz se vuelve amenazante. Es, sin duda, el momento en el que la película demuestra lo que podría haber sido. Un fragmento que justifica el viaje, que te despierta, que te hace pensar: “Aquí está el Scott que conozco”.
Por eso La constelación del perro es una película difícil de recomendar abiertamente. Tiene bajones de ritmo importantes, decisiones narrativas cuestionables y una irregularidad que la atraviesa de principio a fin. Pero también tiene destellos de talento, momentos de cine grande, secuencias que no parecen obra de un director octogenario sino de alguien que sigue teniendo hambre, que sigue queriendo experimentar, que no se conforma.
Y, desde luego, no es el desastre que muchos temían. Después del bodrio ridículo que Francis Ford Coppola firmó con Megalópolis, uno podría haber pensado que la edad es un enemigo invencible para los grandes maestros. Pero Scott demuestra que no es así. Que puede fallar, sí; que puede ser irregular, también; pero que sigue siendo capaz de crear imágenes que se quedan, atmósferas que inquietan, momentos que brillan.
La constelación del perro es, en definitiva, una película que vive en esa frontera incómoda entre lo fascinante y lo fallido. Una obra que no termina de despegar, pero que tampoco se estrella. Un intento valiente, imperfecto, lleno de altibajos, pero con suficiente personalidad como para no olvidarse del todo.
Quizá no sea una película para recomendar sin reservas. Pero sí es una película que merece ser discutida, analizada, revisada. Porque incluso en su irregularidad, Ridley Scott sigue siendo Ridley Scott: un director que, a sus más de ochenta años, todavía mira al cielo buscando historias. Aunque esta vez, la constelación no termine de alinearse.
Valoración: ★★☆☆☆