Memoria sensible de varias generaciones
Cuando yo era pequeño, no había internet; ya casi cuesta imaginarse la vida sin internet, ¿verdad…? Pero es que no sólo no existía ese mundo cibernético infinito que ahora nos absorbe, sino que ni siquiera teníamos televisión, al menos en aquellos primeros años sesenta y en aquella ciudad de provincias llamada Alicante. La verdad es que mi madre, como todas las mujeres de su generación, tenía muy pocas formas de distraerse, y, lo que es peor, muy poco tiempo para hacerlo. Pero, cuando por fin podía hacer un hueco entre el sinfín de obligaciones que conformaban su honorable profesión de ama de casa, solía sentarse un ratito a escuchar la radio.
La radio tenía en aquel tiempo un poder de convocatoria que hoy nos puede resultar inimaginable. A través de ella nos llegaba el entretenimiento y la información, o, al menos, la información que el Tío Paco permitía que nos llegase. Pero la radio era, sobre todo, compañía, y, en algunos casos, incluso amistad. Y la amiga en la que mi madre y tantas otras madres confiaban tenía un nombre: Elena Francis.
Durante casi cuarenta años, millones de españolas tuvieron una amiga a la que jamás habían visto personalmente. Se llamaba Elena y se apellidaba Francis, y era comprensiva y muy sabia. Las escuchaba pacientemente y les daba magníficos consejos que las ayudarían en su vida cotidiana, sobre todo en su vida conyugal. Su programa, que tenía como sintonía de inicio una versión de la preciosa canción Indian Summer que popularizase, entre otros, Glenn Miller, reunía frente al transistor a las señoras a las que, años después, se las conocería con el despectivo apodo de marujas (mi madre, la pobre, se llamaba María pero todo el mundo la llamaba desde pequeña… Maruja) y se mantuvo en antena durante casi cuarenta años, desde 1947 hasta 1984, con un éxito, sobre todo en sus inicios, simplemente arrollador.
Diríase que la señora Francis era lo más parecido a una influencer de nuestros días, la reina indiscutible de las ondas, la comunicadora más exitosa de aquella España de posguerra. Sin embargo, tras la finalización del consultorio en 1984, se conoció una triste verdad que tal vez algunos ya intuían pero que, en cualquier caso, supuso un doloroso bofetón de realidad, una profunda decepción y, de alguna manera, el final de la inocencia para toda una generación: Elena Francis, la gran consejera, la mejor amiga, nunca había existido en realidad.
La leyenda, el mito o la farsa de Elena Francis (que cada uno tache lo que no le cuadre) nació en noviembre de 1947, de una manera más bien prosaica y accidental. Los propietarios del Instituto y Laboratorio de Belleza Francis de Barcelona, José Fradera Butsems y su esposa Francisca Elena Calvet Bes tuvieron la idea de promocionar sus cremas, ungüentos y lociones a través de la radio, que, como hemos dicho, era el medio de comunicación de mayor auge en aquellos años. Lo innovador de su planteamiento era que, en lugar de limitarse a contratar una serie de cuñas más o menos efectivas, iniciaron en Radio Barcelona un programa diario de treinta minutos de duración en el que una especie de consejera leía las consultas que le formulaban por carta las oyentes en materia de belleza e higiene y, naturalmente, siempre acababa recomendándoles los maravillosos productos del Instituto Francis. Y no, a esa supuesta asesora no la “interpretaba” la propia Francisca Elena (tampoco se calentaron mucho la cabeza a la hora de bautizarla), sino una locutora profesional que leía los textos que le preparaba un selecto equipo de guionistas.
Contra todo pronóstico, al cabo de pocos meses, El consultorio de Elena Francis estaba tan asentado que ya no se limitaba a hablar de maquillaje y peluquería sino que resolvía las múltiples dudas que le planteaba su creciente legión de oyentes, en materias como cocina, jardinería, salud o incluso el amor.
Un fenómeno como aquél no podía pasar desapercibido a las altas jerarquías del Régimen franquista, que muy pronto supieron cómo sacarle rendimiento. Poco a poco y, a decir verdad, sin levantar sospechas, las respuesta de la doctora Francis fueron acercándose a los postulados ideológicos de la Sección Femenina, la rama de la Falange que dirigía Pilar Primo de Rivera, la hermana del fallecido José Antonio. Así, el objetivo principal del programa no era la felicidad de sus oyentes, sino impulsar la creación de mujeres dóciles, sumisas y que anteponían a todo el bienestar de sus maridos.
Elena Francis nunca tuvo un rostro definido, porque, claro está, manejaba tantos secretos y confidencias que era preferible que permaneciese en el anonimato, y pocas o ninguna oyente se dieron cuenta de que, en el transcurso de las décadas, no tuvo ni siquiera una única voz sino hasta tres: María Garriga, Rosario Caballé y, la más duradera, Maruja Fernández. En 1966, el programa saltó a Radio Intercontinental, y su ejército de guionistas quedó reducido a uno solo: Juan Soto Viñolo, periodista de El Periódico de Cataluña que también fue redactor en Radio España y Radio Nacional.
No todo el mundo sabe o recuerda que, paralelamente al consultorio radiofónico, llegó a existir otro postal. Muchas mujeres no se conformaban con que sus cartas fueran leídas en antena, sino que insistían en que se las contestase por escrito. Tal vez hubiera sido sencillo negarse a ello, pero alguien pensó que, de esta manera, se podía incrementar la sensación de que Elena Francis sí existía y, de vez en cuando, si la ocasión merecía la pena, se tomaba la molestia de contestar personalmente. Investigaciones posteriores llevadas a cabo por periodistas como Armand Balsebre y Rosario Fontova determinaron que el consultorio postal tuvo una enorme importancia porque permitía una comunicación más íntima, y es que no hay que olvidar que la radio era pública pero las cartas, y más cuando se utilizaban seudónimos, eran secretas.
Con la muerte de Franco en 1975 y la creciente ola de libertad que ésta desató, El consultorio de Elena Francis fue perdiendo protagonismo en las ondas y, finalmente, desapareció tras su última emisión, fechada el 31 de enero de 1984. Todo podía haber quedado en un bonito recuerdo, en un episodio de nostalgia colectiva, de no ser por la aparición del citado Juan Soto Viñolo en el programa Buenas noches, que presentaba Mercedes Milá en Televisión Española, el jueves 16 de febrero de aquel mismo año. El señor Soto Viñolo aprovechó su presencia en el espacio, en horario de máxima audiencia y todavía sin la competencia de las cadenas privadas que aún eran poco menos que ciencia ficción, para clavar una puñalada en el corazón de millones y millones de confiados españolitos: Elena Francis nunca existió de verdad y, encima, quien redactaba sus “sabios” consejos ni siquiera era una mujer, sino él… ¡un hombre!.
Mi madre y, con ella, tantas y tantas adorables “marujas”, se sintieron no sólo un poco huérfanas sino también muy engañadas aquel día, y menos mal que uno nuestros ídolos (de mi madre y mío), el genial Joan Manuel Serrat, tuvo a bien realizar una excelsa crónica musical de aquel magno engaño en su canción Carta póstuma a Helena Francis (sí, él lo escribió con H) incluída en su álbum Fa 20 Anys Que Tinc 20 Anys. El estribillo de aquel tema sirve, a modo de epílogo de este artículo, para recordarnos lo que llegó a significar el Consultorio y lo solos que todos nos quedamos cuando éste concluyó: “Querida señora Francis: ¿Cómo haremos para que no se peguen los canelones? ¿Cómo sabremos si aquel muchacho trae buenas intenciones? ¿Quién nos hará compañía a los corazones solitarios? ¿Quién nos aclarará cómo se quitan las manchas de café? ¿De quién recibiremos instrucciones para defendernos del acné?”.
¡Gracias, Joan Manuel, por este certero pero casi humorístico epitafio!.