El cine en Pantalla Grande, Segundo pase: La princesa prometida

Publicado el 12 de septiembre de 2026

Póster de La princesa prometida

🎬 Póster de La princesa prometida

Un amor de cuento de hadas

Lo primero que me viene a la cabeza cuando rememoro La princesa prometida es su maravillosa canción principal Storybook Love, que inmortalizó el malogrado Willy DeVille con su voz inconfundible. Pero también se la recuerda por su peculiar combinación de temas como el amor verdadero, la venganza, el honor, los duelos a espada y la desmitificación de los cuentos de hadas, todo ello narrado con tanto humor como falta de pretensiones...

Un niño enfermo consiente de mala gana que su abuelo le lea un cuento. El relato, ambientado en el reino medieval de Florín, tiene como protagonista al joven Westley, que se enamora de la bellísima Buttercup, la doncella para quien trabaja. Como no tiene nada que ofrecer a su amada, Westley parte en un barco dispuesto a hacer fortuna, pero el navío es atacado por el temido Pirata Roberts, famoso por no tomar nunca prisioneros. Cinco años después, Buttercup, aún traumatizada por la pérdida de Westley, consiente en prometerse en matrimonio con el príncipe heredero Humperdinck, convirtiéndose así en la princesa prometida. Pero, poco antes de la boda, es secuestrada por un pintoresco trío de villanos, y sólo contará con un inesperado aliado: ¡el Pirata Roberts!.

En 1973, el escritor y afamado guionista William Goldman (42 años entonces) publicó una novela titulada La princesa prometida. Goldman llevaba escribiendo desde muy joven, y su primer guión para cine lo firmó en 1965. Desde ese momento, películas como Harper, investigador privado, Un diamante al rojo vivo, Papillon o Dos hombres y un destino contaron con libretos redactados por él, y la última citada, además, mereció el Oscar en ese apartado. A la hora de comenzar su nueva novela, Goldman se la planteó como un regalo para sus hijas, por lo que se le ocurrió preguntarles a las niñas sobre qué querían que escribiera, a lo que la una contestó que sobre una princesa (princess) y la otra que sobre una novia (bride). Así surgió The Princess Bride, es decir, La princesa prometida. Pero Goldman no quiso que el suyo fuese un libro más al uso, y se le ocurrió la brillante idea de presentarlo como una especie de versión abreviada de una “vieja” novela titulada S. Morgenstern's Classic Tale of True Love and High Adventure (Un relato clásico de S. Morgenstern sobre Amor Verdadero y Grandes Aventuras), lo cual era absolutamente falso porque, para empezar, S. Morgenstern no existía y el auténtico autor era él mismo. La novela, además, jugaba continuamente con el lector, ya que Goldman interrumpía la narración para comentar supuestas decisiones de Morgenstern, explicar qué partes aburridas había eliminado, protestar por determinados pasajes o hablar de sus propios recuerdos. De este modo nació una gran novela de aventuras que, a la vez, era una broma literaria y que casi inmediatamente contó con una creciente legión de admiradores. Hollywood se interesó por ella prácticamente desde el principio, y 20th Century Fox compró los derechos por 500.000 dólares, con la intención de que el propio Goldman escribiera el guion. El director previsto inicialmente era Richard Lester, responsable de películas como ¡Qué noche la de aquel día! y Los tres mosqueteros, y Goldman incluso viajó a Inglaterra para trabajar con él en el guion. Parecía que la película estaba a punto de hacerse, pero diversos cambios estructurales en la dirección de Fox convirtieron a La princesa prometida en un proyecto demasiado “infantil” y “edulcorado” según la visión de sus nuevos dirigentes. Goldman, temeroso de que su libro cayese en manos inadecuadas, decidió recomprar los derechos y retenerlos hasta que surgiese la oportunidad apropiada. Entre tanto, la popularidad del libro no menguaba y, durante los trece años siguientes, directores como François Truffaut, Norman Jewison, John Boorman e incluso Robert Redford se mostraron interesados en llevarlo a la pantalla, eso sí, infructuosamente. En 1986, el éxito de Cuenta conmigo, la segunda película que dirigía el ex-actor Rob Reiner (39 años) tras This Is Spinal Tap colocó a éste en una situación privilegiada dentro de la industria. Rob era hijo del legendario Carl Reiner (Cliente muerto no paga, El hombre con dos cerebros) y la buena taquilla cosechada por su adaptación de Stephen King le permitió cierta libertad a la hora de seleccionar el próximo proyecto en el que involucrarse, y entonces se acordó de uno de los libros favoritos de su juventud, evidentemente, La princesa prometida. El primer estudio al que se le ofreció la producción fue Paramount Pictures pero éstos no se mostraron muy receptivos, de modo que se tanteó a Embassy Pictures y finalmente a Act III Communications, que fueron quienes aceptaron acometer la financiación, con distribución a cargo de 20th Century Fox; así fue como Fox, tantos años después, volvía al punto de partida. Reiner quería que el propio Goldman escribiese el guión tal y como estaba previsto en 1973, y la amistad de su padre con el escritor resultó decisiva para conseguirlo. Reiner entendió que la clave era no tomarse demasiado en serio la historia, pero tampoco convertirla en una parodia. Su objetivo: crear una película que funcionara como aventura clásica, comedia, cuento de hadas, romance y meta-relato. Goldman dijo que Reiner fue “el único director que realmente entendió el espíritu del libro”.

Para interpretar al protagonista masculino Westley, Reiner se había fijado en un actor de 24 años al que acababa de ver en la película de época Lady Jane, Cary Elwes, en el que creyó percibir ecos del icónico Errol Flynn; Elwes era también fan declarado del libro, así que no costó mucho convencerle. Sin embargo, encontrar a Buttercup fue bastante más complicado. La película necesitaba a una actriz que fuese creíble como «la mujer más hermosa del mundo», pero que además pudiera interpretar el humor seco y ligeramente irónico de Goldman. Se hicieron pruebas a numerosas actrices, entre las cuales se hallaban Uma Thurman, Meg Ryan, Sean Young, Suzy Amis, Courteney Cox y hasta ¡Whoopi Goldberg!. Cuando faltaba una semana para comenzar el rodaje, Rob Reiner seguía sin tener a su princesa, y entonces apareció Robin Wright. Tenía veinte años y sólo había trabajado en televisión (La rosa amarilla, Santa Barbara), por lo que ni ella misma confiaba del todo en sus posibilidades, pero, aparte de su incuestionable belleza, poseía una característica que a Rob Reiner le encantó: su padrastro era británico y ella dominaba perfectamente el acento inglés, algo muy de agradecer cuando el personaje se presuponía europeo y medieval. Mandy Patinkin (Ragtime, Yentl) era amigo de Rob Reiner y éste le dio a elegir entre varios papeles para incorporarse al elenco; Patinkin, que acababa de perder a su padre víctima de un cáncer, prefirió dar vida al inolvidable Iñigo Montoya, que precisamente tiene en el recuerdo paterno su motivación principal. Los otros dos integrantes de la conocida como “Banda de Sicilia”·(The Sicilian Crowd) tenían que ser, según la novela, un hombre muy alto y otro muy pequeño. Tras considerar brevemente a Arnold Schwarzenegger o al jugador de baloncesto Kareem Abdul-Jabbar para el rol de Fezzik, se fichó al corpulento André el Gigante (André René Roussimoff), luchador profesional francés afectado de gigantismo cuyo inglés era tan malo que tuvo que recitar sus frases fonéticamente. Wallace Shawn (Manhattan, Atlantic City), que además de actor era profesor, interpretó al bajito pero inteligentísimo Vizzini, en lugar del previsto Danny De Vito. Chris Sarandon, el ex–marido de Susan Sarandon de quien ella nunca renunció al apellido y que acababa de fascinar al mundo como el vampiro Jerry Dandridge de Noche de miedo, fue el malvado Príncipe Humperdinck. El sicario de este último, el Conde Rugen, el hombre que tenía seis dedos en la mano y era responsable de la muerte del padre de Iñigo Montoya, corrió a cargo de Christopher Guest, viejo conocido de Reiner por haber trabajado con él en This Is Spinal Tap y que en la vida real no era Conde pero sí Barón y estaba casado con la actriz Jamie Lee Curtis. En papeles menores aparecieron Mel Smith como El Albino, Peter Cook como El Obispo gangoso y unos irreconocibles Billy Crystal y Carol Kane como Max el Milagroso y su esposa Valerie, con sus rostros cubiertos por incontables capas de maquillaje. Rodar con Crystal fue un verdadero “suplicio” (entre comillas) porque el actor no paraba de improvisar bromas y chistes y el equipo técnico era incapaz de contener la risa. Por cuanto se refiere al tiempo presente, el niño que se hallaba postrado en la cama fue interpretado por Fred Savage (futuro protagonista de la serie Aquellos maravillosos años) y el abuelo que le lee el cuento nada menos que por Peter Falk, el entrañable teniente Columbo de la TV, esta vez sin su inseparable gabardina.

El rodaje de La princesa prometida dio comienzo el 18 de agosto de 1986 y se desarrolló principalmente en una Inglaterra “disfrazada” de Florín, con localizaciones como Haddon Hall, Lathkill Dale y Cave Dale en Derbyshire, Hever Castle en Kent, Robin Hood’s Stride o Burnham Beeches en Buckinghamshire. Los Acantilados de la Locura fueron en realidad los espectaculares Cliffs of Moher, en el condado irlandés de Clare. Los interiores se rodaron en los estudios Shepperton en Surrey y podría afirmarse que, con la excepción de las escenas en las que aparecen Peter Falk y su nieto (que se grabaron en apenas dos jornadas), todo el film tuvo al Reino Unido como escenario. Como maestro de esgrima se contrató al célebre Bob Anderson (conocido por realizar esta labor en La Guerra de las Galaxias o Los Inmortales) y a su socio Peter Diamond como coordinador de acrobacias. El duelo a espada entre Westley e Íñigo Montoya, probablemente uno de los mejores de la historia del cine, fue rodado casi en su totalidad por los propios Cary Elwes y Mandy Patinkin, que tuvieron que entrenarse durante casi nueve meses. Con todo, cuando Rob Reiner vio el ensayo general de la pelea, pidió que fuese bastante más larga, por lo que se añadieron nuevas coreografías y al final su duración supera los tres minutos en pantalla. A pesar de su fuerza física, André el Gigante acababa de ser operado de la espalda y tuvieron que inventarse ingeniosos trucos para simular que carga a Westley y a Buttercup. Phyllis Dalton (Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago) fue la diseñadora de vestuario, destacando sus vestidos para Buttercup, los ropajes del Príncipe Humperdinck y la indumentaria del Pirata Roberts, claramente inspirada en El Zorro. Adrian Biddle (Los duelistas, Aliens) firmó la exquisita fotografía, y sólo quedaba encontrar al compositor de la banda sonora. Rob Reiner quería al guitarrista y líder de Dire Straits, Mark Knopfler, pero éste le puso una insólita condición: tenía que mostrar en alguna escena de la película la gorra de béisbol que utilizó cuando participó como actor en su celebrado debut como realizador, la citada This Is Spinal Tap. Reiner se las ingenió para ubicar un duplicado de la gorra en un rincón del dormitorio del niño a quien su abuelo le lee el cuento, y Knopfler aceptó encantado el encargo. Para interpretar la canción principal, Storybook Love, se eligió a Willy DeVille, quien además escribió la letra.

La princesa prometida se preestrenó en el Festival Internacional de cine de Toronto y su estreno comercial en cines se produjo el 25 de septiembre de 1987 (18 de diciembre en España). En principio, la crítica la recibió bastante mejor que el público, ya que sólo logró recaudar 30 millones de dólares, que no llegaba al doble de su presupuesto. Los premios tampoco la catapultaron como se esperaba, y los galardones más destacados que obtuvo fueron dos Saturn, un Hugo y una nominación al Oscar en la categoría de Mejor Canción Original. Como a veces suele suceder, hubo que esperar a su lanzamiento en video doméstico y televisión para que poco a poco sus huestes de fans fuesen incrementándose, y hoy podría decirse que son más quienes adoran la película que los que han leído el libro.

Actualmente se considera a La princesa prometida como una de las mejores películas de los 80, además de una pequeña obra maestra del cine de aventuras. Su ingenioso guión constituye un ejemplo de diversión, humor y romance y está lleno de frases míticas que ya pertenecen a la cultura popular, como la hiperfamosa “Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre Prepárate a morir”, el “Como desées” que siempre decía Westley a Buttercup y que en realidad venía a significar “Te amo”, el “Inconcebible” que repetía Vizzini o ese magistral diálogo entre Westley y Buttercup que nos deja perplejos por su ingenuidad, romanticismo y pureza:

—¿Por qué no me esperaste?

—Habías muerto

—La muerte no detiene al amor; lo único que puede hacer es demorarlo

—Nunca volveré a dudar

No fue un éxito de taquilla y no acaparó decenas de Oscars, pero La princesa prometida logró un triunfo más importante: el público de todas las edades la ama porque la considera una película única y especial.

Valoración: ★★★★☆

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