Bardem te quiere... y te acojona
Anoche vi El ser querido y aún sigo impresionado, tanto que necesitaba hablar de ella lo antes posible.
El ser querido es una de esas películas que, desde la primera escena, te advierten de que vas a asistir a un espectáculo más hondo, más dramático, más conmovedor de lo que el cine comercial suele producir. También tengo que decir que, más que brillar como un todo, deslumbra a fogonazos. No es una obra maestra redonda, pero sí un film lleno de momentos magistrales, de esos que te dejan clavado en la butaca y que demuestran que Rodrigo Sorogoyen sigue siendo uno de los directores más potentes del cine español contemporáneo. El problema es que entre esos destellos hay demasiada arena (nunca mejor dicho), demasiados tramos que se sienten como relleno, y una duración que juega claramente en contra.
Lo que no admite discusión es Javier Bardem. Su interpretación es tan descomunal que cualquier elogio se queda corto. Bardem compone un personaje que parece una prolongación de sí mismo: un cineasta que ha hecho carrera internacional, que vive desde hace años en Estados Unidos, que despierta amores intensos y críticas feroces, y que vuelve a España para rodar una película con una reivindicación política muy marcada, esta vez sobre el Sáhara. Su Esteban Martínez —nombre que, por prosodia, remite irónicamente a Steven Spielberg— es un tipo fascinante y perturbador: un embaucador con sonrisa de zanahoria y alma de palo, un hombre que seduce primero y golpea después con un autoritarismo casi psicopático.
La película arranca con una primera escena soberbia, tan buena que casi condena al resto a no poder estar a la altura. Bardem y Vicky Luengo mantienen un duelo interpretativo en un restaurante que es puro cine: tenso, incómodo, brillante. Sorogoyen revela ahí un pequeño spoiler que los trailers inexplicablemente han machacado previamente: Bardem es el padre de la actriz a la que quiere reclutar para su película. Es una revelación que debería llegar limpia, sin ruido previo, porque la escena funciona como un latigazo emocional.
A partir de ahí, el film avanza entre cinco o seis set pieces extraordinarias y un puñado de escenas que podrían haberse eliminado sin que nadie las echara de menos. Sorogoyen rueda algunos momentos como si fueran secuencias de terror psicológico (el arranque en el restaurante, el rodaje de la primera escena en el desierto, la comida que se repite hasta la saciedad, la visita de Luengo a la habitación de su padre, la intimidatoria conversación con la directora de fotografía que ha decidido marcharse...). En esos tramos, la película es un espectáculo: tensa, afilada, incómoda, poderosa. Pero entre ellos se cuelan escenas que no aportan nada, que diluyen el impacto y que alargan innecesariamente un metraje que pide a gritos un bisturí. El final, además, es simple y prescindible, casi anticlimático.
En el apartado interpretativo, destaca también Vicky Luengo (Reina Roja, Amarga Navidad), sorprendente por cómo es capaz de resistir el huracán Bardem, y también sorprende, aunque en este caso negativamente, un Raúl Arévalo haciendo el papel más soso y desganado de su carrera: un personaje plano, sin energía, sin carisma. Marina Foïs regresa de nuevo a las órdenes de Sorogoyen, aunque aquí no me causó ni mucho menos la misma impresión que en As bestas.
Rodrigo Sorogoyen (a punto de cumplir 45 años) demuestra una vez más que es capaz de rodar escenas que te dejan sin aliento, pero aquí el conjunto no termina de cuajar. Con un guion un poco más depurado, con menos arena entre los diamantes, El ser querido podría haber sido una película magistral. Lo es por momentos, pero no en su totalidad. Y también es cierto que las películas ambientadas en el desierto tienen para mi un plus de desagrado que de entrada me predispone en contra.
Aun así, cuando Sorogoyen acierta, acierta de pleno. Y cuando Bardem aparece en pantalla, la película se vuelve otra cosa: más grande, más incómoda, más viva. El ser querido es irregular, sí, pero también es un recordatorio de que el cine español puede producir escenas que se quedan grabadas para siempre.
Para finalizar, decir que no creo que en ningún momento se trate de una historia de reconciliación o de perdón, como leo por ahí. Más bien de un intento de manipulación infructuosa, la odisea de un tipo que pretende a toda costa lavar su imagen ante su hija pero que al final vuelve a caer prisionero del arte y la ambición que desde siempre los han separado.
Valoración: ★★★★☆