Cine actualidad: El final de Oak Street

Publicado el 20 de agosto de 2026

El final de Oak Street

🦖 Póster de El final de Oak Street

Dinosaurios, suburbios y un déjà vu spielbergiano

La película veraniega más spielbergiana de 2026 no la ha producido Steven Spielberg —demasiado ocupado este año con sus extraterrestres reveladores— sino uno de sus discípulos más aplicados: J.J. Abrams. Y, aunque nadie lo diga abiertamente, El final de Oak Street parece una secuela perdida de El Mundo Perdido. Una especie de El Mundo Perdido 2½, pero sin los tecnicismos de Michael Crichton ni su obsesión por la verosimilitud científica. Aquí la credibilidad importa menos que la diversión, y Abrams lo sabe.

La premisa es tan sencilla como efectiva: encuentro en la tercera fase… con dinosaurios. No voluntario, por supuesto, pero el resultado es el mismo. Un barrio estadounidense de postal —césped perfecto, buzones idénticos, casas simétricas— se convierte de repente en un menú degustación para criaturas prehistóricas que no distinguen entre carne humana y mobiliario urbano. Devorados, desmembrados, desaparecidos: el idilio suburbano dura exactamente hasta que aparece el primer velocirraptor.

En medio del caos, la película se centra en una familia que, desde el minuto uno, sabemos que terminará más unida que nunca. Es ese tipo de estructura narrativa donde el arco emocional está escrito antes de que empiece la película. Todo es inequívocamente americano… salvo el protagonista, Ewan McGregor, que pasea su acento escocés con total naturalidad, como si Oak Street fuese un barrio de Edimburgo y nadie se hubiera dado cuenta. Y, mientras tanto, quien interpreta a su mujer, Anne Hathaway, trata de escribir una novela con la que distraer sus déja vùs de otras vidas que ha vivido este mismo año: en una se enfrentaba a una diablesa con la cara de Meryl Streep (El diablo viste de Prada), en otra a The Batman hasta que Jason Bourne acudía en su rescate (La Odisea) y en la tercera a un vestido fantasmagórico que trataba de poseerla (Mother Mary). Por favor, que alguien le diga a doña Anita que pare un poco, que va a desarrollar un complejo de personalidad múltiple

Hay que reconocer que la apariencia de los dinosaurios de El final de Oak Street está bastante lograda. Se nota el esfuerzo por actualizarlos según las revelaciones recientes: plumas, texturas más orgánicas, movimientos menos mecánicos que los de Jurassic Park. No alcanzan la majestuosidad del T-Rex de Spielberg, pero sí transmiten una fisicidad más cercana a lo que hoy imaginamos que fueron.

Ahora bien, no todo funciona. Lo más sonrojante es una escena que parece escrita en un arrebato de humor adolescente: dos dinosaurios copulando mientras los protagonistas se hacen fotos delante de ellos. No hay metáfora, no hay intención, no hay lectura posible. Solo bochorno. Es el tipo de momento que uno desearía borrar del metraje con la misma facilidad con la que se borra un archivo del móvil.

Y cuando parecía que el director, David Robert Mitchell (It Follows), tenía el valor de eliminar a personajes importantes —algo que habría dado a la película un peso dramático inesperado— llega el giro final: un remedo de Regreso al futuro donde los muertos acaban vivitos y coleando. Un truco narrativo que desinfla cualquier tensión acumulada y deja claro que aquí se ha venido a jugar, no a arriesgar.

En conjunto, El final de Oak Street es entretenida sin más. Un divertimento veraniego, eficaz en su propósito, fácil de ver y aún más fácil de olvidar. No pretende trascender, no busca reinventar nada, y quizá por eso funciona: es puro consumo rápido, un helado cinematográfico que se disfruta mientras dura, se derrite en cuanto sales del cine y, cuando desaparece, ya estás pensando en otra cosa.

P.D.: Me queda una pregunta incómoda: visto lo visto, ¿en qué calle con nombre de árbol me recomendáis que me empadrone? ¿En Oak (roble) Street o en Elm (olmo) Street? Os leo en comentarios.

Valoración: ★★☆☆☆

Imágenes tomadas de fuentes públicas de internet