Cine actualidad: En mar abierto

Publicado el 14 de agosto de 2026

Ilustración de En mar abierto (Deep Water)

🦈 Catástrofes aéreas y tiburones

Tiburones, palomitas y diversión sin complejos

Es agosto, el calor persiste, hemos sobrevivido al eclipse y uno se pregunta: ¿y ahora qué? Pues yo os doy una idea: ahora, ¡vámonos al cine!

Pero ¿qué película ver si ya hemos asistido a La Odisea y Spiderman: Brand New Man? Pues mirad, hay que tener en cuenta que no siempre se va al cine para evolucionar intelectualmente y ni siquiera para descubrir algo que vaya a cambiar el curso de la historia del Séptimo Arte. Y, sin embargo, algunas películas tienen la saludable virtud de hacerte salir de la sala mucho más contento de lo que entraste.

Eso es exactamente lo que me ocurrió ayer con En mar abierto (Deep Water), la nueva película de Renny Harlin.

Renny Harlin es aquel muchacho finés, o sea, finlandés de toda la vida, que se hizo famoso por sus largas melenas rubias que sedujeron a actrices como Laura Dern o Geena Davis y que, ya en el plano profesional, se hizo un nombre en Hollywood gracias a los éxitos de La jungla 2: Alerta Roja y Máximo riesgo… y cuya reputación quedó dañada casi irreparablemente tras el estrepitoso fracaso de La isla de las cabezas cortadas. Desde entonces, aunque no ha estado mucho tiempo sin trabajar, sólo ha podido cosechar triunfos “menores” como Deep Blue Sea o, más recientemente, la trilogía Strangers.

Harlin, que hace tiempo que se cortó la melena, ya tiene 67 años y acaba de estrenar una nueva película, que, como dije hace unas líneas, se llama En mar abierto y de la que yo no esperaba gran cosa. Y quizá, precisamente por eso, me lo pasé estupendamente.

No, En mar abierto no es precisamente Ciudadano Kane. Ni lo pretende. Ni tendría por qué serlo. Tampoco estamos ante una película que ambicione cambiar el lenguaje cinematográfico, revolucionar el género o provocar sesudos debates en las facultades de Comunicación Audiovisual. Es, sencillamente, una película de aventuras, catástrofes, supervivencia y tiburones, concebida para que el espectador se siente en una butaca, deje durante un rato los problemas en la puerta y disfrute.

Una película palomitera, vamos (y las palomitas, por cierto, estaban muy ricas).

Además, se dio otra circunstancia fundamental: la sala estaba fresquita. Con semejante combinación —aire acondicionado, un buen cubo de palomitas y un avión estrellado en mitad del océano rodeado de voraces tiburones— tampoco hacía falta mucho más para que un espectador lo suficientemente desinhibido y entregado se lo pasase pipa. O palomita.

La premisa del film es tan sencilla como eficaz. Un avión comercial que cubre la ruta entre Los Ángeles y Shanghái se ve obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en pleno océano, en unas aguas infestadas de tiburones. Los supervivientes descubren pronto que haber sobrevivido al accidente aéreo no era más que el principio de la aventura.

Y aquí empieza la fiesta.

Porque si hay algo que funciona particularmente bien en En mar abierto es que la acción no decae.

Cuando parece que los protagonistas han conseguido superar un problema, aparece otro. Y cuando consiguen superar ese segundo problema, llega uno todavía mayor. Y así sucesivamente. No hay prácticamente tiempo para que el espectador se acomode demasiado en la butaca.

La fórmula magistral sería, por tanto: accidente aéreo + avión hecho trizas + agua por todas partes + tiburones + supervivientes histéricos + más tiburones.

Esa mezcla, ¿es original? Obviamente, no. La historia ¿es creíble? Bueno…. ¿qué queréis que os diga…? O sea, ¿resulta inverosímil? Pues, un poquito sí. ¿Hay situaciones en las que uno puede pensar aquello de «esto no se lo cree nadie»? Pues también, ¿para qué engañarnos?

Pero ahí está la cuestión: yo no fui a ver En mar abierto buscando realismo documental. Fui a divertirme. ¡Y vaya si lo conseguí!

El guion, evidentemente, no ganará ningún premio literario. Los personajes son arquetipos, los diálogos son clichés y las influencias son bastante evidentes y no parece tener el menor interés en ocultarlas. Hay ecos de las películas de catástrofes de la saga Aeropuerto, de La aventura del Poseidón, de Serpientes en el avión, de la ya citada Deep Blue Sea y, por supuesto, de Tiburón. Es decir, que prácticamente podemos jugar a encontrar la película que hay escondida detrás de cada escena.

Pero una cosa es reconocer los ingredientes y otra muy distinta conseguir mezclarlos de manera que el resultado funcione. Y, en mi opinión, Renny Harlin lo consigue. Este señor, con sus luces y sus sombras, todavía sabe contar una película de acción, y en esta clase de producciones llenas de aventura, suspense y supervivencia suele tener bastante claro cuál es su objetivo. Con En mar abierto no pretende reinventar la rueda, sino que lo que hace es ponerla a rodar cuesta abajo. ¡Y muy rápido!

Resulta inevitable relacionar esta película con Deep Blue Sea, la juguetona aportación de Harlin al subgénero de escualos asesinos y en la que unos tiburones genéticamente modificados convertían un complejo científico submarino en un magnífico lugar para no ir de vacaciones. Deep Blue Sea se convirtió con el tiempo en una de las películas “tiburoneras” más reconocibles de las últimas décadas y, ahora, veintisiete años después, con En mar abierto su realizador vuelve a conseguir el mismo objetivo de entonces: que el espectador se lo pase bien.

En cuanto al reparto, Aaron Eckhart me parece uno de los grandes aciertos de la película. Es un actor que parecía que iba a llegar muy lejos y que, lamentablemente, nunca ha acabado de despegar del todo, pero al que siempre resulta agradable encontrarse porque tiene esa cualidad, cada vez menos frecuente, de hacer que incluso un personaje metido en una película absolutamente disparatada parezca una persona razonablemente real. Eckhart está estupendo, como siempre, y junto a él tenemos nada menos que al venerable Ben Kingsley. Ben Kingsley, un icono de la interpretación, todo un Sir. ¿Hará de anciano entrañable, no? ¿Tal vez del abuelo de alguien…? Pues no, interpreta nada menos que al Capitán del avión, supongo que porque nadie le ha mirado la fecha de nacimiento que reza que nació en 1943. O sea, somos conscientes de que la edad no tiene por qué impedir a un actor interpretar con convicción múltiples papeles, y asimismo sabemos que, aun con cierta madurez, existen pilotos veteranos perfectamente capacitados. Pero una cosa es eso y otra poner a un actor de 82 años a los mandos de un avión comercial lleno de pasajeros. Ya lo dije antes: En mar abierto es muy entretenida, pero no esperéis que sea verosímil.

Por cierto, me encantó cómo En mar abierto homenajea indisimuladamente a una de mis películas de catástrofes favoritas, La aventura del Poseidón, concretamente en el personaje de cierta mujer mayor (allí Shelley Winters, aquí Kate Fitzpatrick) capaz de sacrificarse por sus semejantes. La frase que le dice uno de los otros supervivientes resulta tan clarificadora como oportuna: “Por Dios, me está vacilando Shelley Winters”. ¡Un guiño impagable!

En una época en la que parece que cada película tiene que justificar su existencia mediante una gran historia, un mensaje trascendente, una aportación artística revolucionaria o una supuesta reflexión sobre los grandes problemas de nuestro tiempo, ayer fui al cine y saqué la entrada para ver En mar abierto. Me senté en mi butaca, se apagaron las luces, se encendió la pantalla, comenzaron a crujir las palomitas, los tiburones blandieron las mandíbulas incluso más que un servidor y yo, al final, me pasé un buen rato sin pensar y sin calentarme la cabeza. Creo que el balance general es bastante, bastante positivo.

Valoración: ★★★☆☆

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