Realidad o ficción de la canción de Sabina
A pesar de mi consabida afición por los cantautores —Serrat, Aute, Víctor Manuel, Perales…—, confieso que no empecé a conectar con Joaquín Sabina (Ubeda, Jaén, 1949) hasta que publicó el álbum en vivo En directo con Viceversa, del año 1986. O sea, ya conocía algunas canciones sueltas como Caballo de cartón, Telespañolito o Princesa (de la que sólo escribió la letra) pero lo que me llevó a hacerme sabinero fue la enorme repercusión del disco con Viceversa, que se escuchaba en todas partes y que acabé comprándome para escucharlo también en mi casa.
El caso es que Sabina se empezaba a convertir en un fenómeno masivo y, ya en la cresta de la ola, en 1987 lanzó el que sería su quinto álbum de estudio, Hotel, dulce hotel. De este disco, al que eché mano nada más salir, me gustaron todas o casi todas las canciones (nunca he podido con Cuernos, que me parece un horror a todos los niveles) y me hice muy fan de la mayoría, especialmente de las más marchosas: Besos de Judas, Oiga, doctor y Pacto entre caballeros. De esta última me cautivó no sólo el ritmo rockero —aunque el abuso de sintetizadores me desmotiva un pelín— sino, sobre todo, la historia. Pacto entre caballeros no es sólo una canción más, sino que narra un argumento completo con planteamiento, nudo y desenlace, como las mejores obras de ficción. Pero ¿era ficción o era realidad…? Recuerdo estar una noche en mi primera vivienda de Lorca cuando Sabina visitó el plató del programa Querido Pirulí, especie de continuación de Si yo fuera presidente, y el presentador de ambos espacios, Fernando García Tola, le preguntó por este particular, a lo que el jienense respondió que se trataba de una historia totalmente inventada. Muchos años después, sin embargo, su versión cambiaría y Sabina reconocería que sí había existido una base real.
Pero, para aquéllos que no la conocéis, ¿de qué trata la canción…?
Pacto entre caballeros, con música de Joaquín Sabina, Pancho Varona y Javier Batanero y letra, claro está, de Sabina, narra el encuentro del propio cantautor con tres jóvenes atracadores, uno de ellos bizco. Los delincuentes le abordaron, según afirma la canción, al abrigo de la noche y, poniéndole un pincho de cocina en la garganta, le exigieron que les diera toda la pasta que llevaba para poder gastársela en drogas. De este modo, le sustrajeron 5.000 pesetas y un reloj Omega. Sin embargo, repentinamente se produce un vuelco en la narración, cuando “el bizco” reconoció al cantante e incluso le pidió disculpas, devolviéndole todo lo robado. Pero no acabó ahí la cosa. Deseosos de resarcirle por el susto, los ladrones se fueron de marcha con Sabina a un puticlub, donde los cuatro se pusieron hasta arriba de alcohol y drogas, todo a cargo de ellos, y además le obsequiaron los servicios de una mítica prostituta, Maruja la Cachonda. A cambio de todos estos favores, los tres tipos sólo le pidieron una única cosa: que les dedicara una canción. Dicho y hecho, y, dado que se trataba de un pacto entre “caballeros”, el artista cumplió su palabra y, removido al descubrir en un periódico cómo el más alto de los quinquis había sido arrestado por la policía al tratar de perpetrar un nuevo robo, finalizó la canción y la incluyó en su álbum recién publicado.
Como habréis visto, la historia es chulísima, y casi sería una pena que absolutamente todo hubiera surgido de la fértil imaginación de Sabina. Pero éste, en el año 2005, por fin dio un paso al frente y, desmintiéndose a sí mismo, admitió que la historia era cierta y que tan sólo había inventado el epílogo, ya que en realidad nunca había vuelto a saber de los ladrones. Así podía haber quedado la cosa, pero, una vez que el cantante reconoció que realmente había sido atracado, las redes sociales se lanzaron a la caza y captura (figuradamente hablando) de los tres asaltantes, y tanto revuelo se lió que Pancho Varona, ex-mejor amigo de Sabina y, recordémoslo, uno de los autores de la melodía de la canción, creyó conveniente poner los puntos sobre las íes, aun a costa de desmentir parcialmente a su antiguo socio artístico. Según Varona, lo que Sabina les contó en 1987 fue que, paseando una noche por la calle, presenció cómo unos tipos estaban atracando a una persona. Asustado ante la posibilidad de ser el siguiente en ser robado, don Joaquín no supo cómo reaccionar, pero fue entonces cuando la suerte se puso de su parte, ya que, efectivamente, uno de los delincuentes, que, por cierto, era bizco, le reconoció y, quién sabe si iluminado por un rutilante destello de fama, le dejó pasar tranquilamente. Es decir, según esta versión, algo sucedió realmente aquella noche, pero la historia de la canción habría sufrido una considerable transformación al pasar de la realidad al cancionero.
Para completar el círculo, hace poco una usuaria de Twitter, Malcriada (@yaizaxvx), aportó nueva información a la leyenda, revelando que los tres atracadores eran su padre, su tío y un amigo de éstos, y, además, tuvo a bien ponerles nombre: Cuco (el bizco, tío de la tuitera), Papón (su padre) y José El Chukel (el tercero en discordia). Quien reveló a esta chica la realidad de lo sucedido fue el citado Papón, el único con posibilidad real de gozar de los beneficios que la confesión otorga al alma, ya que el Chukel estaba en prisión y el Cuco había muerto tiempo atrás de sobredosis. Asímismo, Papón aportó dos datos relevantes: uno, que el suceso acaeció en Santiago de Compostela y el otro, que Sabina mintió cuando afirmó que los ladrones le habían dejado marchar sin más: en realidad las cosas pasaron casi como en la canción, puesto que sí llegaron a atracarle y fue después de reconocerle cuando decidieron restituirle lo robado.
¿Es cierta esta última versión? ¿Fueron realmente aquellos tres hombres los protagonistas de Pacto entre caballeros? Pues, hasta donde sabemos, no existe una prueba definitiva que permita afirmarlo. Tenemos las diferentes versiones de Sabina, el relato de Pancho Varona y el testimonio de la mujer que aseguró haber conocido de primera mano la identidad de los protagonistas. Pero ninguna de ellas permite reconstruir con absoluta certeza aquella noche. Y quizá, después de todo, eso sea lo mejor.
En cualquier caso, analizada casi cuarenta años después de su publicación, Pacto entre caballeros no sólo contiene una historia memorable sino que, en sí misma, es un fiel reflejo de su tiempo. Por una parte, está escrita con una coloquialidad inequívocamente ochentera, llena de expresiones como “pico”, “tronco”, “peluco”, “queli”, “birra”, “canutos”, “fulanas”, “ir como motos”, “hasta el culo de caballo”... Por otra parte, llama la atención la filosofía intrínseca de la copla, que empieza ya en el propio título: Pacto entre caballeros. Es decir, Sabina, el cantante millonario y superventas, se equipara de alguna manera a aquellos delincuentes callejeros simplemente porque le devolvieron sus pertenencias al reconocerle como un tipo famoso. Ese colegueo llama un poco la atención, aunque, pensándolo bien, encaja perfectamente en el contexto de la obra sabiniana, profusa en marginales, noctámbulos, yonquis, prostitutas, borrachos y toda esa fauna tan propia del lumpen urbano (o suburbano, haciendo un chiste fácil a costa del nombre de cierto grupo madrileño). Porque, aunque ahora sepamos que el robo sucedió realmente en Galicia, Pacto entre caballeros huele indisimuladamente a Madrid y a su Movida, a la Transición post-franquista, a bares de madrugada, a delincuencia juvenil, a heroína y a aquellos hijos de la calle que, como los definiría el propio Sabina, nacieron para perder.