Mi primer cómic arácnido
En los ya lejanos días de mi niñez, el mundo era de otra manera.
Ahora que estoy en la sexta planta del edificio de mi existencia y habito en la cuarta planta del inmueble que me acoge, he de reconocer que apenas tengo relación con los otros quince vecinos y sus familias que también residen aquí. Sin embargo, cuando yo era pequeño, todos los que vivíamos en mi edificio de la calle Isabel la Católica de Alicante nos conocíamos perfectamente los unos a los otros y sabíamos los nombres de cada vecino: padres, madres, hijos, hijas y hasta mascotas. También sabíamos más o menos de qué pie cojeábamos cada uno, no en el terreno político, evidentemente, que nos hallamos al principio de la década de los setenta, pero sí en cuanto a gustos y aficiones. Ya he hablado alguna vez sobre cómo algún que otro vecino me ayudó a ampliar horizontes musicales, y hoy me traslado del 2º D al 2º B para hablar de… tebeos.
Supongo que todos lo sabéis: desde que en España se comenzó a publicar, con gran éxito, la revista TBO en 1917, todas las publicaciones que constaban de viñetas con dibujos y textos para los diálogos pasaron automáticamente a llamarse tebeos. Según ese criterio, lo que mi vecino Juan Antonio guardaba en el armario de su dormitorio eran montones de tebeos, la mayoría como los que yo mismo tenía (de Mortadelo y Filemón, de Zipi y Zape, de Astérix y, sobre todo, de Dumbo, es decir, Disney), pero hubo algunos que me enseñó con cierta presunción, porque él era mayor que yo y ya podía permitirse el lujo de leer los tomitos de tamaño cuartilla con fabulosas portadas a todo color e interiores en blanco y negro que publicaba Ediciones Vértice.
Yo tenía diez años y aún no había oído hablar de los Cuatro Fantásticos, los Vengadores, el Hombre de Hierro, el Capitán América, Dan Defensor, La Masa… o Spiderman. Había algo en aquellos tebeos de Vértice que los hacía inaccesibles para los niños como yo, y era un severo rótulo inhibidor que rezaba bien clarito: “HISTORIAS GRÁFICAS PARA ADULTOS”. Yo no era aún un adulto y ni siquiera conocía la existencia de Marvel Comics Group, la editorial norteamericana propietaria de los derechos de aquellos personajes, de modo que, cuando me atreví a hojear uno de los volúmenes que guardaba mi vecino, lo hice con auténtico miedo, miedo a que sus padres me riñeran, y miedo de que algo de lo que viera pudiese afectar a mi desarrollo mental o espiritual. Se trataba del número 39 del volumen 1 de la colección Spiderman de Vértice, y ya el título y la portada prometían fuertes emociones. Con un coche de policía al fondo, haciendo ondular su sirena, se veía al Hombre Araña embutido en su traje rojo y azul, con esa máscara alucinante con telarañas dibujadas y enormes lentes blancas con rebordes negros, y debajo de él a un señor mayor con el pelo canoso caído en el suelo, presumiblemente muerto. Las letras color carmesí lo proclamaban a las claras: “SPIDERMAN, ASESINO”, y yo aluciné. Con inquietud creciente, leí algunas páginas y, consciente de que debía regresar a mi casa, pregunté a Juan Antonio si podría prestarme el tebeo, a lo que él contestó afirmativamente, sugiriéndome, eso sí, con indisimulada sorna, que tuviera cuidado para que no me vieran mis padres.
Lo que Vértice había denominado “Spiderman, Asesino” era en realidad el compendio de los episodios 90 y 91 (Noviembre y Diciembre de 1970) de la colección original The Amazing Spider-Man, que contaba una historia dramática que me marcó para siempre. El villano conocido como Doctor Octopus, un científico tan brillante como malvado, había logrado escapar de la prisión en la que estaba recluído y deambulaba por las calles de Nueva York a la espera de encontrar a su mayor enemigo, Spiderman, del que deseaba vengarse por haberle encerrado. Cuando por fin se enfrentaban, Octopus, que poseía cuatro enormes brazos metálicos que controlaba con la mente, arrojaba a Spiderman desde lo alto de un edificio, pero el superhéroe lograba salvarse gracias a su agilidad sobrehumana. El malvado se escabullía a la espera de una mejor ocasión, y Peter Parker, el muchacho bajo la chulísima máscara roja, tenía un encuentro inesperado con el padre de su preciosa novia Gwen, el viudo Capitán de policía George Stacy, que ya estaba retirado pero que no había perdido su olfato de viejo sabueso. Si Gwen Stacy, al menos desde que la empezó a dibujar John Romita Sr., era sin duda la chica perfecta, la novia ideal, el personaje femenino más dulce y adorable de cualquier historieta y de quien te enamorabas perdidamente a primera vista (o a primera viñeta), su padre era una figura paternal perfectamente construída, que adoraba a su hija y haría lo que fuera para asegurarse de que quien estuviese con ella la cuidase y respetase por encima de todo. Además, el Capitán Stacy llevaba tiempo dedicando su aguda inteligencia a reunir toda la información posible sobre Spiderman, del que sospechaba que en realidad no era tan malo como los periódicos (sobre todo el Daily Bugle del ínclito J. Jonah Jameson) pregonaban. El Capitán notaba a Peter tan mermado físicamente que se lo llevaba a su casa a pasar la noche al cuidado de Gwen, y sus fantásticos poderes arácnidos hacían el resto. A la mañana siguiente, el joven Parker ya estaba como nuevo, a lo que Stacy murmuraba que nunca había visto a nadie con una capacidad de recuperación tan asombrosa. Peter se preguntaba si el Capitán, que tanto tiempo llevaba investigando a Spiderman, no habría atado cabos y descubierto su identidad secreta, pero no tenía tiempo de elucubrar demasiado, porque el Doctor Octopus reaparecía con ganas de acabar lo que habían dejado a medias, y, durante el combate subsiguiente, que tenía lugar de nuevo entre los gigantescos rascacielos de Nueva York, Spiderman ponía en práctica un pequeño invento que acababa de crear gracias a su cerebrito de empollón: un dispositivo que anulaba el control del Doctor sobre sus brazos metálicos.
Lamentablemente, la victoria de Spiderman resultaba amarga, porque las atrocidades mecánicas, ahora descontroladas, se movían enloquecidas y una de ellas destrozaba la pared de un edificio, cayendo los cascotes vertiginosos hacia la calle, donde multitud de curiosos contemplaban la pelea. Spiderman no llegaría a tiempo para impedir la muerte de un niño, pero allí había alguien dispuesto a dar su vida para salvar la de otro: el Capitán Stacy. Cuando el Hombre Araña lograba apartar los restos de acero y hormigón, Stacy aún respiraba, y Spiderman le tomaba en brazos dispuesto a llevarle al hospital más cercano; pero el herido, consciente de que le quedaban apenas unos minutos de vida, le pedía que parase sobre un tejado porque necesitaba hablar con él urgentemente. Y la frase que el Capitán Stacy le decía a Spiderman, aún enmascarado, era algo así como “Tengo que decirte algo sobre Gwen. Cuando yo no esté, ya no habrá nadie para cuidarla. Excepto tú… Peter. Sé bueno con ella, hijo. Ella te quiere muchísimo.” Aquel hombre noble, inteligente y maravilloso exhalaba su último suspiro en brazos de Spiderman, y éste comprendía que, efectivamente, el anciano Capitán, su suegro, hacía tiempo que conocía su secreto, pero nunca se lo dijo a nadie, nunca le delató y, por el contrario, siempre trató de protegerle, lo que hubiera hecho un buen amigo, un auténtico padre.
Siendo ya trágico lo narrado hasta ahora, todavía quedaba una última vuelta de tuerca. Como todo el mundo había sido testigo de que el accidente que costó la vida a Stacy aconteció durante una batalla entre el Doctor Octopus y Spiderman, y el villano, lógicamente, no iba a atribuirse la responsabilidad de lo sucedido, Spiderman, de nuevo bajo el ojo mediático liderado por Jameson y el Daily Bugle, fue considerado culpable, y, por lo tanto, asesino: de ahí venía el título de la edición de Vértice que yo leí, casi a escondidas, aquella noche. Los autores de aquella historia que para mí fue absolutamente iniciática fueron Stan Lee a cargo del guión, Gil Kane en el dibujo y John Romita, el anterior dibujante de la colección, dando cierta sensación de continuidad desde el entintado. La situación anímica de aquel superhéroe (solo, incapaz de revelar su identidad, acusado de asesinato por los ciudadanos a los que siempre trata de defender y, lo que es peor, con la mujer que ama convencida de que ha matado a su padre) me desgarró mi alma infantil, porque Spiderman era Peter Parker y Peter Parker era el tipo más valiente, más honesto y más responsable que yo había conocido. Habría que seguirle la pista a aquel personaje que me resultaba más creíble (y más querible) que Superman, que Mortadelo, que el Pato Donald, que Astérix, que Lucky Luke o que Tintín. Desde ese instante, Spiderman o, mejor dicho, Peter Parker, no fue sólo mi personaje favorito de cualquier tebeo o cómic, sino tal vez un modelo, un ejemplo a seguir. Su responsabilidad, su honestidad, su soledad, su espíritu de sacrificio y, sobre todo, aquel celebérrimo axioma de que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” pasaron a formar parte indisoluble de mi esencia.