De vuelta a los cines

Publicado el martes, 4 de agosto de 2026

Regreso del público a las salas de cine en 2026

🎬 El regreso del público a las salas en 2026

Salvad las palomitas: por qué volver al cine puede ser el mayor acto de rebeldía de 2026

Llevamos años (décadas) escuchando la misma insoportable cantinela: el cine está muerto. Que si las salas eran reliquias del siglo XX, que si el futuro estaba en el sofá, últimamente que si la comodidad del streaming había ganado la batalla cultural... Los gurús tecnológicos incluso llegaron a imaginar un mundo donde los cines serían museos de la nostalgia o, en el peor caso, almacenes de Amazon.

Pero ha llegado 2026 y, contra todo pronóstico, el público parece que ha decidido rebelarse. Los datos lo confirman: un aumento del 36% en la asistencia a los cines durante los primeros meses del año demuestra que las salas están más vivas que nunca. Hemos abandonado el pijama, hemos vuelto a pagar una entrada y hemos redescubierto algo que parecía olvidado: la emoción colectiva de ver una película rodeados de desconocidos que ríen, se sorprenden o contienen la respiración al mismo tiempo.

El terremoto en taquilla de Spiderman: Brand New Day (1.000 millones de dólares recaudados en menos de una semana) ha sido un recordatorio de que el cine‑evento sigue funcionando. Salas llenas, entradas agotadas y un boca‑oreja que recuerda a los grandes estrenos de principios de los 2000. A la vez, La Odisea —una propuesta más clásica, más autoral, más “cine de verdad”— demuestra que no sólo los superhéroes llenan salas. Cuando una historia está bien contada y la propuesta es honesta, la gente vuelve.

Dos películas muy distintas, dos públicos diferentes, un mismo resultado: las salas se pueden volver a llenar. Pero ¿cuál es la explicación a este insólito fenómeno que incluso inquieta a Iker Jiménez? Se me ocurre, en primer lugar, que tal vez, durante demasiados años, la industria cinematográfica ha intentado competir con las plataformas usando sus mismas armas: estrenos rápidos en streaming, ventanas de exhibición cada vez más cortas y una oferta tan abundante que muchas películas desaparecían de cartel en dos semanas. En ese escenario, el cine perdió lo que lo hacía especial: ser una experiencia.

Para mi, y es la razón por la que siempre digo que casi prefiero ver una mala película en un cine que una buenísima en el salón de mi casa, los aficionados al Séptimo Arte no sólo demandan “contenido”: quieren eventos. Quieren sentir que ir al cine merece la pena. Quieren historias grandes, emociones claras, identidad visual y, sobre todo, vivir algo que no se puede replicar en casa.

El histórico fin de semana del 31 de Julio al 2 de Agosto de 2026 demuestra una cosa: el cine no ha muerto. Sólo necesitaba recordar por qué existía. Este repunte, aun constituyendo una indudable victoria, debe suponer un incentivo y un acicate para los exhibidores. Si queremos que la pantalla grande no vuelva a parpadear, el sector debe actuar ahora.

¿Qué obstáculos se interponen entre un cinéfilo y la peregrinación a una sala? En primer lugar, y todos aquellos con quienes hablo me lo ratifican, existe un impedimento estrictamente económico. Ir al cine en familia no debería costar lo mismo que ver a Taylor Swift. El precio sigue siendo un lastre real. Los abonos mensuales, las tarifas planas y las promociones inteligentes deben convertirse en norma. Queremos pagar por cultura, no financiar maíz frito a precio de oro.

Por lo que respecta a Netflix y demás amenazas catódicas, hay que tirar de ingenio y presentar batalla de la mejor manera posible: si las plataformas ofrecen comodidad, el cine debe ofrecer comunidad. Maratones temáticas, sesiones con cosplay, coloquios con directores, reposiciones de clásicos, conciertos proyectados, actividades en el hall… Cada visita debe sentirse como un acontecimiento.

Luego están las puñeteras ventanas, cada vez más exiguas. La magia de la sala de cine es inigualable, sí, pero son muchos los inmunes a ella, los conformistas, los impacientes... Si un estreno de cine llega a la TV, al ordenador o incluso al móvil apenas tres semanas después, el evento desaparece. La ventana de exhibición debe recuperar su valor: el cine tiene que seguir siendo el lugar donde los spoilers se castigan con la expulsión de la sala. Por otra parte, muchas películas necesitan semanas para encontrar a su público. Retirarlas a los diez días porque no explotaron en el primer fin de semana es un error que la industria comete desde hace años.

¿Y la tecnología? En un entorno cada vez más competitivo, se necesitan valores de proyección impecables, sonido perfecto, salas cómodas… El espectador paga por una experiencia superior a la del salón de casa; si la imagen está oscura o el audio falla, muchos no volverán.

Y, a pesar del bombazo de Spiderman 4, no todo pueden ser franquicias. El público necesita comedias, thrillers, cine europeo, cine español, propuestas independientes y películas familiares. Una cartelera rica mantiene vivo el interés durante toda la temporada.

Hace 5 ó 6 años, un (entonces) amigo me decía que las plataformas habían cambiado para siempre nuestra manera de consumir cine. No estuve, ni estoy de acuerdo. HBO, Amazon Prime y compañía representan inmediatez e incluso ahorro si se es un poco materialista, pero, como dije antes, nunca podrán sustituir la satisfacción de compartir con doscientas personas, la mayoría extraños, aquello que más te gusta. Por otro lado, un cine lleno no sólo beneficia a los exhibidores o a los estudios. También fortalece la cultura, une generaciones y mantiene vivo ese ritual centenario que consiste en apagar las luces, guardar silencio y dejar que una historia nos absorba durante un par de horas.

El éxito simultáneo de Spiderman: Brand New Day y La Odisea demuestra que el público quiere volver al cine. La pregunta ya no es si las salas pueden recuperarse, sino si sabrán aprovechar este momento. Por mi parte, como adepto incorruptible a esa religión que mamé desde la cuna y que tiene como precepto la asistencia semanal a mi sala favorita, el verdadero templo donde se celebra y se comulga, estos días me siento extraordinariamente feliz. ¡Larga vida a la oscuridad de la sala, al sonido que te hace vibrar el pecho y, por qué no, a ese glorioso instante en el que metes la mano en el cubo de palomitas y ya sólo encuentras el fondo de cartón!.

Parafraseando a Celtas Cortos en una versión menos etílica: ¡nos vemos en los cines!.

Imágenes tomadas de fuentes públicas de internet