Cine actualidad: La Odisea

Publicado el 26 de julio de 2026

Póster oficial de la película La Odisea (2026)

🎬 Póster oficial de “La Odisea”

El eterno retorno a casa

Adaptar La Odisea en pleno siglo XXI es, en sí mismo, un acto de audacia. El poema de Homero es una obra fundacional, un texto que ha modelado la imaginación occidental durante tres mil años. Por eso sorprende que esta nueva versión, aun siendo una adaptación políticamente correcta, consiga recuperar la grandeza épica del cine clásico sin caer en la solemnidad vacía ni en la modernización superficial. Es una película que respira mito, aventura y cine en cada plano.

Uno de los detalles más llamativos —y que conviene subrayar— es el doblaje español. Por primera vez en una producción cinematográfica sobre el tema, el protagonista no se llama Ulises como hasta ahora, sino Odiseo, respetando la forma original del nombre griego. Este gesto, aparentemente menor, revela una voluntad de acercarse al texto homérico con mayor rigor y menos dependencia de la tradición latina. Es un cambio simbólico, pero significativo, que marca el tono de la película desde el primer minuto. Además, ahora todo adquiere más sentido: la Odisea es el viaje de Odiseo, un significado que se perdía cuando al héroe se le reconvertía en Ulises.

Esta visión de Christopher Nolan de La Odisea resulta un espectáculo apoteósico. La fotografía es soberbia, con una paleta que oscila entre lo crepuscular y lo deslumbrante, y la música de Ludwig Göransson acompaña con una mezcla de solemnidad y tensión que potencia la atmósfera mítica. Las escenas de acción —muchas de ellas rozando el terror, especialmente en los episodios con criaturas y seres fantásticos— están rodadas con una energía que sorprende en un género que suele caer en la rutina. Hay momentos que recuerdan al cine de aventuras de los años cincuenta, otros que evocan el horror clásico, y algunos que parecen sacados de una superproducción contemporánea. Esa mezcla funciona.

Poster de Glariator II

El vestuario merece comentario aparte. Consciente de que la fidelidad histórica absoluta es imposible, la película opta por un diseño deliberadamente anacrónico, incorporando elementos que no pertenecen a la Grecia micénica pero que enriquecen la lectura simbólica del mito. No pretende reconstruir un pasado arqueológico, sino reinterpretar la historia desde el imaginario moderno. Es una decisión estética arriesgada, pero coherente con el tono general de la película.

No todo es igual de convincente. El caballo de Troya, espectacular como imagen, resulta poco creíble en su diseño rampante, que nos depara poco menos que una cita visual a la Estatua de la Libertad de El Planeta de los Simios al ser encontrado semi enterrado en la playa. En versiones anteriores, el caballo tenía ruedas y su traslado era más lógico; aquí, la metáfora pesa más que la verosimilitud. Es un ejemplo claro de cómo la película prioriza la iconografía sobre la lógica interna del relato.

El reparto ofrece un abanico de interpretaciones algo desiguales. Matt Damon cumple aceptablemente en su caracterización de guerrero arrepentido y extenuado. Tom Holland, convertido en un Telémaco “menor de edad”, resulta poco creíble: su presencia física y su registro interpretativo no encajan del todo con el personaje. Su pareja en la vida real, Zendaya, queda atrapada en un papel algo bobalicón, sin la fuerza dramática que cabría esperar. En cambio, Anne Hathaway, Charlize Theron y Samantha Morton están extraordinarias, aportando una densidad emocional que sostiene buena parte del drama. Sus interpretaciones elevan la película y le dan una profundidad que trasciende la aventura. Pero, para mi, el mejor de todos, el que mejor aprovecha cada una de sus secuencias, es un formidable Robert Pattinson haciendo especialmente odioso al pérfido pretendiente Antinoo.

Las concesiones wokistas (en las que esta vez no voy a ahondar, porque lo que me importa de verdad es que vayáis al cine a ver esta película) son evidentes, pero no molestan. Funcionan como ese cupo inclusivo que parece requisito para que la Academia la tenga presente en la temporada de premios. Se notan, sí, pero no rompen la coherencia del relato. Uno termina aceptándolas como parte del juego contemporáneo de Hollywood.

Episodio de Culturiza como puedas

Lo más admirable es el ritmo. Las casi tres horas se pasan en un suspiro, un mérito descomunal en tiempos de montajes frenéticos y atención fragmentada. La película fluye con naturalidad, sin altibajos, sin escenas de relleno. Cada episodio está construido con intención, y el conjunto mantiene una cohesión sorprendente para una obra tan extensa.

El epílogo, deliberadamente ambiguo, me recuerda bastante al de El caballero oscuro: La leyenda renace. No sabemos si lo que vemos es real u onírico, pero al menos deja, dentro de lo que cabe, un buen sabor de boca.

La Odisea no es perfecta y ni siquiera me parece, como estoy leyendo por ahí, la mejor película de Nolan; pero sí es una obra mayor, un regreso a la épica clásica con mirada contemporánea. Una película que demuestra que los grandes relatos siguen vivos cuando alguien se atreve a contarlos con pasión, con respeto y con una pizca de irreverencia. En tiempos de franquicias agotadas y remakes sin alma, esta versión del viaje de Odiseo es un recordatorio de por qué seguimos necesitando historias que nos hablen de la aventura, del hogar y del eterno deseo de regresar.

Valoración: ★★★★☆

Imágenes tomadas de fuentes públicas de internet