Saber ganar, no saber perder

Publicado el Miércoles, 22 de julio de 2026

Saber ganar, no saber perder

🏆 Reflexión sobre la victoria y la derrota

Ni conspiraciones ni hostias

La final del Mundial de Fútbol celebrada el domingo dejó dos formas de entender el fútbol: España jugó un partido, pero Argentina jugó una vendetta.

Mientras España movía el balón con esa serenidad que desespera a quien sólo sabe correr detrás, el conjunto argentino parecía convencido de que la copa se ganaba por acumulación de empujones y patadas. Y claro, cuando descubrieron que el reglamento no incluye la categoría “victoria por intimidación”, el guion se les vino abajo.

Enzo Fernández y Leandro Paredes se presentaron al partido como si el árbitro fuera un rumor y el VAR una leyenda urbana. Cada balón dividido era una oportunidad para demostrar que la fuerza bruta también quiere su minuto de gloria. Cada protesta se transformaba en un monólogo dramático digno de nominación.

España, mientras tanto, seguía jugando al fútbol. Ese deporte raro que consiste en pasar, combinar y marcar goles. Dominaba, controlaba y no montaba un drama ridículo cada vez que el rival confundía el balompié con la lucha libre.

Y al final, tras una prórroga en la que el todavía barcelonista Ferrán Torres se ganó a pulso aquello de “Ay, Ferrán de mi vida”, la justicia se impuso y quien levantó el trofeo fue, simple y llanamente, el EQUIPO que jugó más y mejor. ¿Alguien puede poner eso en duda?

Pues parece que sí, que algunos de los argentinos no acabaron precisamente conformes con lo sucedido. El ya citado Paredes arremetió contra Eric García y Gavi, y, rozando el surrealismo, el asistente de Scaloni quiso obsequiar a Dani Olmo con un “recuerdo” que no venía en el protocolo FIFA. Una especie de souvenir físico, un “toma, por si te olvidas de que estamos enfadados”. Un gesto tan fuera de lugar que ni los comentaristas sabían si narrarlo o pedir disculpas en nombre del sentido común. Y, claro, minutos después, mientras los españoles recibían el anhelado trofeo tan justamente obtenido, los argentinos pensaron que precisamente ese era el instante óptimo para darles la espalda y aplaudir a sus propios aficionados, que tampoco, ¿para qué negarlo?, les afearon el mal gesto.

Argentina, o al menos la Selección argentina y buena parte de su hinchada, no supieron perder. Porque una cosa es perder los nervios. Otra es perder el norte.

No hubo conspiraciones. No hubo manos negras. No hubo “nos robaron”. Sólo fútbol. Ese concepto tan simple y tan difícil de aceptar cuando la narrativa ya está escrita antes de que ruede el balón. Porque, aunque nos resulte inconcebible, así es como ha reaccionado Argentina: cuando el plan de intimidación no funcionó, llegó el plan B, o sea, la conspiración. La mano invisible. El universo en contra. La derrota dejó de ser un resultado y pasó a ser un misterio paranormal digno de documental.

Mientras tanto, España, dando un verdadero ejemplo de pundonor, juego limpio y valores, levantó la Copa con la tranquilidad de quien sabe que la victoria se gana en el campo, no en el relato.

Imágenes tomadas de fuentes públicas de internet