Deconstruir un dibujo que funciona
La adaptación en imagen real de Vaiana —o Moana, como se tituló originalmente, y que, recordémoslo, en España ha vuelto a cambiar de nombre para no hacer publicidad gratuita a aquel mítico gel de baño de los años 70— llega envuelta en la misma luz amable y simpática que caracterizaba a la película animada. Sin embargo, esa simpatía no basta para justificar su existencia.
Vaiana es la valerosa hija de 16 años del gran Tui, el jefe de la isla de Motunui en la Polinesia. Vaiana ha sido elegida por el océano para devolver una reliquia mística a la diosa Te Fiti, y, en un alarde de audacia y rebeldía, se embarca junto al semidiós Maui en una aventura marina para salvar a su pueblo.
Como ocurre con la inmensa mayoría de las adaptaciones de clásicos animados de Disney a imagen real, esta versión es tan correcta como prescindible. No aporta nada que no estuviera ya en la animación, no amplifica la emoción, no profundiza en los personajes y, desde luego, no encuentra una mirada propia que la haga necesaria.
La película reproduce con fidelidad los temas que hicieron memorable a la original: la pertenencia, el arraigo, la tradición, la relación con la naturaleza y la defensa de un equilibrio ecológico que se presenta como parte esencial de la identidad de la protagonista. Sobre el papel, todo esto sigue siendo hermoso. En pantalla, también: los escenarios naturales son espectaculares, bañados en una fotografía que parece empeñada en convertir cada plano en una postal perfecta. Pero esa perfección visual termina siendo un arma de doble filo. La película se siente tan pulida, tan cuidadosamente compuesta, que pierde textura, pierde vida, pierde verdad. En un entorno natural tan maravilloso, da rabia que todo se perciba tan artificial.
Los efectos especiales no ayudan. Cantan a digital por los cuatro costados, especialmente en las secuencias de acción y en la recreación de los elementos fantásticos. Esa dependencia del CGI acentúa la sensación de que la versión animada —que ya era, por definición, digital— resultaba más orgánica, más coherente y más libre en su propio lenguaje. Aquí, en cambio, la mezcla entre imagen real y efectos visuales nunca termina de cuajar, y uno no puede evitar pensar que sería mejor revisitar la película original.
Las inevitables mascotas de la protagonista, el pollo y el cerdo, aparecen de nuevo como alivio cómico, pero su presencia es perfectamente prescindible y, en más de un momento, molesta. No aportan nada a la trama ni al arco emocional de la historia, y su inclusión parece responder más a la necesidad de mantener elementos reconocibles que a una decisión narrativa con sentido.
La protagonista, interpretada con corrección por la joven australiana Catherine Lagaʻaia, de 19 años, se nota que se esfuerza pero en absoluto logra superar el gracejo del personaje animado original, que, además, tenía una fuerza identitaria mucho más acusada. Dwayne Johnson, por su parte, está bien, pelucón aparte. Simpático, épico cuando toca, con ese carisma natural que siempre aporta. Pero incluso él queda atrapado en la paradoja general de la película: todo está bien, pero nada supera a su versión animada. Su Maui dibujado (él era quien le ponía la voz al personaje) tenía una energía expansiva, juguetona, que aquí se intenta replicar sin llegar a igualarla.
Lo más destacable de la película sigue siendo la música de Mark Mancina y, sobre todo, las canciones de Lin-Manuel Miranda. Suenan bien, funcionan, emocionan. Pero incluso ellas se ven afectadas por el envoltorio general: en un entorno natural tan impresionante, es frustrante que lo más vibrante de la película sea aquello que ya conocíamos.
Y conviene aclararlo: aunque la película se ha rodado en Hawai, la acción transcurre en la Polinesia francesa. Un detalle que, lejos de enriquecer la propuesta, subraya la desconexión entre la autenticidad del entorno y la artificialidad del resultado final.
En definitiva, esta Vaiana en imagen real es una película amable, simpática y visualmente bonita, pero también innecesaria. No mejora la original, no la reinterpreta, no la expande. Es una adaptación que cumple, pero que no late. Y cuando una historia habla de identidad, de raíces y de escuchar la llamada del océano, lo mínimo que se le debería pedir sería que tuviera alma propia.
Valoración: ★★☆☆☆