San Fermín: encierro y rito en Pamplona
Son las ocho menos un minuto de una mañana de julio. Miles de personas contienen la respiración. Un periódico enrollado en la mano. Un pañuelo rojo al cuello. Tres cánticos a San Fermín. Un cohete. Y, de repente, dos toneladas de fuerza brava irrumpen por las calles empedradas de Pamplona. Durante apenas dos minutos, el tiempo deja de existir…
Cada mes de julio, Pamplona deja de ser una ciudad y se convierte en una carrera por la vida. Los Sanfermines, celebrados del 6 al 14 de julio, son una de las fiestas más conocidas del mundo, una mezcla de tradición, devoción, riesgo, música y una energía colectiva que no se parece a nada más. Su fama internacional es tal que, para muchos, San Fermín es sinónimo únicamente de encierro, pero la fiesta es mucho más: es historia, es identidad y es una forma de entender la vida.
El origen de los Sanfermines es triple: religioso, comercial y taurino. La parte religiosa se remonta al siglo XII, cuando se veneraba a San Fermín de Amiens, primer obispo de Pamplona y mártir. Con el tiempo, su festividad se fijó el 7 de julio. A esa celebración se sumaron las ferias comerciales y, más tarde, los festejos taurinos, que terminaron por fusionarse en una única fiesta popular.
El inicio oficial de los Sanfermines se produce con el chupinazo, el 6 de julio a las 12:00 del mediodía, cuando un cohete lanzado desde el balcón del Ayuntamiento marca el comienzo de nueve días de celebración ininterrumpida. Desde ese instante, Pamplona se transforma: música, peñas, gigantes y cabezudos, procesiones, verbenas, toros y una multitud vestida de blanco y rojo que convierte cada calle en un río humano.
El encierro, que es, sin duda, la parte más conocida de la fiesta, nació como una necesidad práctica: llevar a los toros desde los corrales hasta la plaza para la corrida. Con el tiempo, los mozos comenzaron a correr delante de ellos, primero como ayuda, luego como desafío y finalmente como tradición. Hoy, el encierro es un rito que dura apenas dos o tres minutos, pero concentra una intensidad única. Se celebra cada día del 7 al 14 de julio a las 8 en punto de la mañana y sigue un recorrido fijo de 875 metros por las siguientes calles del casco antiguo de Pamplona:
- -Cuesta de Santo Domingo: El encierro comienza aquí. Es un tramo empinado y estrecho donde los toros ganan velocidad rápidamente.
- Plaza del Ayuntamiento: Un espacio más abierto donde la manada suele compactarse.
- Calle Mercaderes: Tramo corto que finaliza en una curva de 90° muy cerrada hacia la derecha.
- Calle Estafeta: La vía más larga y famosa del recorrido (unos 300 metros), recta y estrecha.
- Curva de Telefónica: Zona donde el recorrido se vuelve a ensanchar antes de la entrada a la recta final.
- Callejón de entrada a la plaza: Un tramo muy estrecho y tenso que filtra a los toros y corredores hacia el coso taurino.
- Plaza de Toros: El punto final, donde termina la carrera.
El encierro no es una carrera de velocidad. Es una danza con el riesgo. Los mozos buscan correr lo más cerca posible del toro sin tocarlo, sin obstaculizarlo y sin caer. La regla no escrita es clara: respeto al animal y respeto al recorrido. Esto, por desgracia, a menudo no se cumple. Hay quien disfruta tocando al animal, incluso agarrando sus cuernos, lo cual no sólo le pone en peligro a él, sino a sus compañeros de carrera. Tampoco está permitido a los corredores utilizar teléfonos móviles durante el encierro, so pena de fuertes multas.
El público (no sólo navarro sino que, cada vez más, se nutre de visitantes llegados de todas partes) asiste masivamente a cada uno de los encierros. Existen dos maneras de contemplarlos: en la calle, casi a ras de suelo, o bien en los cotizados balcones de las calles por las que discurren. Si te planteas presenciarlo a pie de calle, tienes que tener presente que la policía permite el acceso entre las 5 y las 6 de la mañana, tanto a público como a corredores. Para estar en primera fila junto a las barreras, es necesario llegar antes de las 06:00 h de la mañana. El perímetro se cierra de forma estricta entre las 06:45 h y las 07:00 h. A partir de esa hora, no se permite entrar a la zona. En segundo lugar, hay quien prefiere ver el encierro desde lo alto, recurriendo a los muchos balcones existentes en las calles principales. Ver un encierro en uno de esos balcones no sale precisamente grais: el coste oscila entre los 100 y 225 euros por persona, dependiendo de la altura del piso y del tramo de la carrera. No olvidemos, finalmente, a quienes tienen la costumbre de ver los toros desde la barrera, o sea, los que aguardan sentados cómodamente en la plaza para disfrutar el final del recorrido.
Antes de cada uno de los encierros, otra de las tradiciones es la celebración del cántico a San Fermín, una especie de advocación en la que los mozos corredores piden protección al santo. Se entona 3 veces antes del encierro (a las 7:55, 7:57 y 7:59 h) delante de la hornacina que contiene la imagen del patrono, culminando con vivas al santo en los dos idiomas cooficiales (español y euskera). Esta emotiva costumbre comenzó en 1962 cuando un grupo de mozos cantó por primera vez ante una imagen de San Fermín colocada en una ventana del antiguo Hospital Militar. En 1981, esta imagen se trasladó a una pequeña hornacina de piedra construida en el muro de enfrente, ante la que los corredores cantan acompañando la melodía con sus periódicos enrollados. El texto fue compuesto por Joaquín Zabalza sobre una melodía del maestro Manuel Turrillas y, desde 2009, se interpreta primero en castellano y luego en euskera. Esta es la letra en español: A San Fermín pedimos / por ser nuestro patrón / nos guíe en el encierro / dándonos su bendición. Y aquí la transcripción en euskera: Entzun arren San Fermin / zu zaitugu patroi / zuzendu gure oinak entzierro hontan otoi. Tras ambos cánticos, que se suceden, vienen los característicos vítores: ¡Viva San Fermín! y ¡Gora San Fermin!.
Aún no lo habíamos dicho, pero la indumentaria sanferminera es tan icónica como la fiesta misma. Los mozos visten camisa (o camiseta) y pantalón blancos, símbolo de pureza y tradición, y llevan un pañuelo rojo al cuello, que se anuda tras el Chupinazo. El rojo representa el martirio de San Fermín y, a la vez, la pasión y la intensidad de la fiesta. Durante los encierros, muchos corredores suelen llevar un periódico enrollado en la mano. No es un adorno: sirve para medir la distancia con el toro, tocarle el hocico sin invadir su trayectoria y, en ocasiones, para llamar su atención si se desvía. Es un gesto ritual, casi litúrgico, que forma parte del lenguaje del encierro.
¿Y los “pastores”? Los llamados pastores de San Fermín son expertos en manejo de ganado bravo que actúan como "directores de carrera" y autoridades técnicas durante los encierros de Pamplona. Su objetivo principal es guiar a la manada, proteger a los toros, evitar que se disgreguen y mantener el orden frente a los corredores. Su labor es vital para el desarrollo seguro del encierro. Equipados con una característica vara de fresno, intervienen en segundos para levantar a los toros caídos, retirar a corredores imprudentes y asegurar que los animales lleguen en buenas condiciones a la plaza. Son profesionales provenientes del ámbito ganadero y de los festejos populares, y el Ayuntamiento de Pamplona les otorga rango de autoridad, por lo que sus indicaciones deben ser acatadas por todos los participantes. Uno de los pastores y figuras más reconocidas a nivel mediático y técnico es Miguel Reta, que actualmente tiene 59 años. Con más de tres décadas de experiencia, es asimismo un prestigioso ganadero de toros bravos (su ganadería, al igual que su finca, se llama La Tejería) y una eminencia muy respetada en el mundo del encierro. La tradición indica que hay que estrechar su mano antes de correr.
La víspera de cada encierro se celebra el encierrillo, un traslado nocturno y silencioso de los toros desde los corrales del Gas hasta los de Santo Domingo. No hay público masivo, no hay gritos, no hay música. Solo el sonido de los cascos sobre el suelo y la respiración contenida de quienes observan. Es el reverso íntimo del encierro: un momento de respeto y solemnidad que marca el inicio del ciclo taurino diario.
Si los Sanfermines son conocidos en todo el mundo, es en gran parte gracias a Ernest Hemingway. El escritor estadounidense llegó a Pamplona en 1923 y quedó fascinado por la intensidad de la fiesta, por la mezcla de peligro, camaradería y emoción. Su novela Fiesta (The Sun Also Rises, llevada al cine en 1957 con Tyrone Power, Ava Gardner, Errol Flynn y Mel Ferrer de protagonistas) convirtió los encierros en un fenómeno internacional y atrajo a generaciones de visitantes. Hemingway no solo escribió sobre Pamplona: vivió la fiesta, la recorrió, la bebió y la convirtió en parte de su mitología personal. Desde entonces, su figura es inseparable de los Sanfermines.
Los Sanfermines son una fiesta total: religiosa, popular, taurina, musical, gastronómica y emocional. Son tradición y modernidad, riesgo y celebración, devoción y desenfreno. Pamplona se convierte en un escenario donde miles de personas viven una experiencia que mezcla historia, adrenalina y comunidad. Por desgracia, algo más suele asociarse últimamente con ellos: los abusos sexuales. Esta lacra no consigue desasociarse de la fiesta a nivel informativo desde que, en 2016, se produjo la tristemente famosa agresión de la Manada, un caso de violación múltiple que tal vez no ha tenido las consecuencias penales que los agresores merecían.
Por lo que a mi respecta, aunque nunca he estado presencialmente en Pamplona, con el paso del tiempo me he ido volviendo un gran aficionado a esta fiesta, más ahora que puedo ver la retransmisión de los encierros cada día y no solamente los que coinciden en fin de semana. Eso sí, nunca pienso que la razón de ser del encierro es la corrida que va a haber posteriormente. En cualquier caso, es de agradecer la constancia de la tele pública, TVE, que emite cada día un programa especial desde las 7:15 hasta las 8:30, cuyos presentadores desde hace años son Ana Prada, Julian Iantzi y el experto en encierros Teo Lázaro, a quienes esta temporada se ha unido Egoitz Txurruka. Cada uno de estos programas está cuajando unas audiencias millonarias, y lo entiendo perfectamente: tono amable de los presentadores, entrevistas a pie de calle, análisis del recorrido y una realización portentosa que combina decenas de cámaras. Estas retransmisiones han contribuido a que el encierro sea no sólo un evento local, sino un fenómeno cultural compartido por toda España y el mundo entero. Para muchos, entre los que me encuentro, ver el encierro a las 8:00 de cada mañana es un ritual del verano.
Aunque el mundo cambia, los Sanfermines siguen siendo lo mismo: una ciudad que late al ritmo de sus encierros y sus corredores, un rito que se renueva cada año y una fiesta que, más que celebrarse, se vive.