Robar al rico... para quedármelo yo
Robin Hood ya no es el arquero feliz y colorido del bosque de Sherwood. Ahora es un viejo cabreado con todos, enemigo de su propio mito, que se refugia en una especie de convento para intentar curar sus heridas, sobre todo las emocionales...
La muerte de Robin Hood es una doble operación quirúrgica sobre el mito. No se limita a hacer lo que ya hizo Robin y Marian, donde el héroe envejecía con dignidad y melancolía; aquí el giro es más radical, mucho más violento. La película decide que el viejo Robin no es sólo un hombre cansado, sino su propio villano, un reverso tenebroso que dinamita la esencia misma del personaje.
El lema fundacional que todos conocemos —robar al rico para dárselo al pobre— aquí es escupido, retorcido y finalmente invertido: robar al rico para quedármelo yo, y, si hace falta, matar a quien se ponga por delante… y luego a sus descendientes. Es un cambio de ADN comparable a cuando se altera gratuitamente la identidad de un personaje clásico cambiándolo de raza o de sexo: no es una variación estética, es una transformación conceptual.
La película pretende ser desmitificadora y lo hace desde la crepuscularidad, un territorio que Hugh Jackman conoce bien. Su presencia —y su rol como productor— remite inevitablemente a Logan, aquella cinta que ya definí como “la película de super héroes para quienes odian las películas de superhéroes”. Aquí ocurre algo parecido: se toma un héroe luminoso, casi incorruptible, y se le obliga a caminar por un lodazal moral que contradice todo lo que creíamos saber de él. Es duro encontrarse con la versión avejentada del Robin de Errol Flynn, pero más duro es descubrir que ahora es una sombra cruel de sí mismo.
Hay ecos de lo que Antoine Fuqua intentó en El Rey Arturo, aunque aquí todo se oscurece aún más. Y, en realidad, La muerte de Robin Hood parece dos películas en una. La primera es como Sin perdón pero llevada al extremo: más violenta, más cruel, más empeñada en mostrar la podredumbre del mundo y del protagonista. La segunda quiere ser lo que a John Boorman le faltó por contar del retiro de Lancelot en Excalibur. La apariencia de Hugh Jackman es prácticamente un calco de la que lucía Nicholas Clay en aquella cinta, y la atmósfera comparte esa espiritualidad marchita, ese bosque que ya no protege sino que atormenta.
El resultado, sin embargo, no termina de cuajar. La película, que ha dirigido, sin sarna, Michael Sarnoski, el artífice de la celebrada Pig de Nicolas Cage, no me ha entusiasmado en ningún momento, pero sí me ha aburrido en varios. Su ritmo irregular y su obsesión por la oscuridad acaban pesando más que su voluntad de reinterpretación.
Otro referente inevitable es Barry Lyndon. No sólo por la fotografía naturalista, sino por la inclusión de música vocal al estilo de The Chieftains (aquí a cargo del artista folk Jim Ghedi), un recurso que funciona como guiño estilístico pero no como columna vertebral emocional.
Si mezclamos Robin y Marian con Logan, seguramente sale La muerte de Robin Hood. Se incluye incluso la idea de la flecha final que determina el destino del héroe… o, mejor dicho, del antihéroe en el que la película decide convertirlo.
El mito muere, sí. Pero lo hace de una forma tan programada, tan insistente, tan obsesionada con su propia oscuridad, que uno termina preguntándose si realmente era necesario matar al héroe… o si bastaba con dejarlo descansar.
Valoración: ★★★☆☆