Componiendo una power ballad
John Carney es uno de esos directores que no necesitan presentación porque su cine habla por ellos. Carney, irlandés de 54 años, posée una filmografía breve pero coherente, reconocible y profundamente emocional sin recurrir a grandes artificios. Su sello es la música, pero no como adorno ni como banda sonora complaciente, sino como motor narrativo, como lenguaje íntimo entre personajes que no siempre saben expresarse de otra manera. Once, Begin Again y Sing Street son ya pequeñas joyas del género, y ahora nos llega Letras robadas (Power Ballad), una película que mantiene ese espíritu… aunque, tal vez, con un brillo algo más tenue.
Carney no sólo dirige: también compone. Y eso se nota. Sus películas tienen una estructura musical interna, una cadencia emocional que avanza como una canción bien escrita: introducción, crescendo, ruptura, reconciliación. En Letras robadas vuelve a explorar el mundo de los músicos que viven entre la ilusión y la precariedad, entre el talento y la frustración, entre lo que soñaron ser y lo que la vida les ha permitido que sean.
Aquí, además, añade un tema que le interesa cada vez más: la identidad profesional cuando el éxito no llega. ¿Qué pasa con los artistas que no consiguen triunfar? ¿Qué sucede con los que sí triunfaron… pero ya no?.
La película se sostiene sobre la química entre Paul Rudd y Nick Jonas, un dúo inesperado que funciona sorprendentemente bien. Rudd, siempre cálido, siempre humano, interpreta a un músico que nunca terminó de despegar y que ahora sobrevive cantando en la BBC (bodas, bautizos y comuniones), ese circuito de eventos que es casi un género en sí mismo, donde los músicos se convierten en proveedores de ambiente, en fondo sonoro, en profesionales invisibles. Rudd aporta ternura, humor y una melancolía muy bien dosificada. Jonas, por su parte, encarna el reverso: la ex‑estrella juvenil que vivió el éxito demasiado pronto y ahora lucha por mantenerse relevante. Su personaje es una reflexión sobre la fama como espejismo, sobre la presión de reinventarse cuando el público ya te ha etiquetado. Jonas está convincente, más contenido de lo habitual, y aporta una vulnerabilidad que le sienta bien. Ambos representan dos heridas distintas del mundo musical: la del que nunca llegó y la del que llegó demasiado pronto.
John Carney siempre ha tenido una sensibilidad especial para retratar a los artistas que viven en los márgenes. Aquí vuelve a hacerlo con cariño, sin paternalismo, sin dramatismo excesivo. La película muestra la precariedad emocional de cantar para gente que no te escucha, la humillación silenciosa de repetir repertorios que no te representan, la nostalgia de lo que pudo ser y la dificultad de aceptar que el talento no siempre garantiza un destino brillante. Pero también muestra el otro lado: el de quienes sí tuvieron éxito, pero ahora sienten que el mundo ha seguido sin ellos. Ese vacío es igual de doloroso.
Además, Carney introduce un ingrediente adicional que funciona muy bien como metáfora, y es el contraste entre Irlanda, con su intimidad, su cercanía, su tradición musical casi doméstica, y Los Ángeles, con su industria gigantesca, su brillo artificial y su competitividad feroz. La película juega con esa dualidad: lo artesanal frente a lo industrial, lo emocional frente a lo comercial. No es un choque agresivo, sino una observación suave, casi melancólica, sobre cómo los lugares moldean a los artistas.
Como siempre, la música es el alma del film. Carney compone temas que acompañan el viaje emocional de los protagonistas, con ese estilo suyo que mezcla sencillez, honestidad y melodías que se quedan en la cabeza sin necesidad de grandes artificios. La piedra de toque es la maravillosa balada (power ballad, balada poderosa, que es el título original del film) How To Write A Song Without You (Cómo escribir una canción sin ti), escrita por el propio John Carney y Gary Clark, cuyos derechos de autor desencadenan el conflicto dramático de la película. El resto de la banda sonora, que incluye versiones de temas clásicos de Stevie Wonder, The Police, Kool And The Gang o Bryan Adams interpretados realmente por Paul Rudd, no alcanza la magia de Begin Again o Sing Street, pero tiene momentos muy hermosos, especialmente cuando los personajes cantan desde la vulnerabilidad y no desde la ambición.
He leído por ahí que Letras robadas es una obra maestra. Para mí, no lo es. John Carney ha hecho películas más redondas, más inspiradas y más emocionalmente potentes. Begin Again sigue siendo su cima, una película que equilibra a la perfección música, emoción y narrativa. Pero, como mínimo, Letras robadas es, al menos, agradable, honesta, bien interpretada y muy disfrutable, sobre todo si uno conecta con ese universo de músicos que viven entre la ilusión y la realidad. Tiene encanto, tiene corazón y tiene buenas canciones. Y, aunque no alcanza el nivel de los mejores trabajos de Carney, es una película que se ve con gusto… y se escucha todavía mejor.
Valoración: ★★★☆☆