Cine actualidad - El día de la revelación

Publicado el 18 de junio de 2026

El día de la revelación

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Spielberg se revela

Entré en el cine con un cosquilleo extraño, mezcla de expectación y recelo. Expectación, porque el nombre de Steven Spielberg sigue teniendo un peso casi mítico en mi memoria cinéfila: joder, es el director de Tiburón, la primera película que vi yo solo hace cincuenta y un años y se convirtió en una de mis favoritas; es el creador de Indiana Jones y E.T., o sea, uno de mis mayores promotores de felicidad; es, en resumen, el hombre que me enseñó que el cine podía ser un lugar donde lo cotidiano se abría en canal para dejar pasar lo extraordinario. Pero también sentía recelo, porque ese mismo Spielberg, el de los prodigios, lleva años desdibujándose entre proyectos menores, decisiones blandas y un pulso narrativo que ya no siempre responde al del maestro que fue, por no mencionar marrones imperdonables como La terminal o Mi amigo el gigante. A sus casi ochenta años, uno no sabe si va a encontrarse con el visionario… o con su sombra.

Y, sin embargo, El día de la revelación comenzó… y algo se fue encendiendo. Una chispa tenue, pero reconocible. La película me fue atrapando con una cadencia casi hipnótica, como si Spielberg hubiera decidido hablar en voz baja, sin aspavientos, confiando en que el misterio —ese misterio que él siempre ha entendido mejor que nadie— bastaría para sostener la historia. Y lo sorprendente es que, durante buena parte del metraje, funciona.

Muy pronto comprendí que no estaba viendo una película aislada, sino una pieza que dialoga con el pasado. El día de la revelación es, tal y como yo sospechaba o quería sospechar, una relectura contemporánea de Encuentros en la tercera fase. No un remake, no una secuela, no un simple homenaje: es una especie de reboot espiritual, un espejo deformado donde los temas, los personajes y hasta los silencios de aquella obra resuenan con nuevas modulaciones. De hecho, la película, para mi, conforma una especie de trilogía alienígena junto a Encuentros y E.T., como si Spielberg hubiese decidido cerrar un círculo que llevaba medio siglo abierto.

Los personajes de Lacombe de Encuentros… y Keys de E.T.—el científico humanista, el mediador entre mundos— reaparecen aquí desdoblados en dos figuras antagónicas: Colin Firth, frío, calculador, casi burocrático en su maldad; y Colman Domingo, luminoso, empático, portador de esa fe spielbergiana en la comunicación entre especies. Y lo mismo ocurre con el “elegido”: si antes fueron Roy Neary en Encuentros y el pequeño Elliott en E.T., ahora la responsabilidad se reparte entre Margaret, la meteoróloga, y Daniel, el matemático, dos almas vulnerables que parecen haber sido arrancadas de la normalidad para cumplir un destino que no comprenden.

Incluso la música del nonagenario John Williams —más tenue, más madura, pero inconfundible— parece un eco lejano de Encuentros, como si el propio compositor estuviera dialogando con su yo de 1977. No alcanza la grandeza de aquel pentagrama mítico, pero sí recupera su espíritu: la idea de que la música puede ser un puente entre mundos.

Hasta ese punto, yo estaba dentro. Muy dentro. Había tensión, había misterio, había una contención que me sorprendía viniendo de Spielberg, un director que tantas veces ha cedido a la tentación del sentimentalismo fácil. Pero entonces llegó la última media hora… y con ella… ay… el Spielberg que menos me interesa: el Spielberg infantil, el Spielberg que no puede evitar suavizar los bordes, el Spielberg que teme la oscuridad y corre a refugiarse en la luz más edulcorada.

Y ahí empezaron los tropiezos: animalitos disneyanos guiando a la protagonista, la canción de Blancanieves sustituyendo a la de Pinocchio que aparecía en Encuentros, villanos que se golpean en el aire y caen unos sobre otros como si estuviéramos viendo Mi amigo el fantasma y un alienígena que recuerda demasiado al de Indiana Jones y la Calavera de Cristal.

Ese tramo final no destruye la película, pero sí la desinfla. La vuelve más pequeña, más complaciente, menos arriesgada. Es como si Spielberg, después de haber construido un relato adulto, decidiera en el último momento que no puede permitirse incomodar demasiado.

Aun así, El día de la revelación me parece una obra valiosa, incluso emocionante en su imperfección. Y hay secuencias fabulosas que demuestran que Spielberg sigue siendo capaz de manejar el suspense con una precisión deslumbrante: la persecución que culmina con el tren arrollando el coche es puro cine, puro nervio, puro instinto. Y aunque Colin Firth no sea la elección más afortunada para encarnar a un antagonista de moral ambigua, el resto del reparto sostiene la película con mucha solvencia, especialmente Emily Blunt y Josh O’Connor.

Lo que más lamento es que el público no esté respondiendo al último estreno del Maestro como sucedía hace treinta, cuarenta, cincuenta años. Quizá esta película llegue demasiado tarde, quizá el mundo ya no esté dispuesto a creer en visitantes benevolentes ni en señales luminosas en el cielo. O quizá Spielberg, en su intento de reconciliar su mirada adulta con su niño interior, haya construido una obra que no termina de satisfacer a ninguno de los dos públicos.

Pero hay algo hermoso en ese intento. Algo casi melancólico. El día de la revelación es la obra de un director que se mira en el espejo de su propio legado y trata de dialogar con él, aunque a veces tropiece, aunque a veces se contradiga. Y en ese gesto —en esa vulnerabilidad, en esa búsqueda— hay una verdad, una revelación que me conmueve más que cualquier alienígena luminoso.

Valoración: ★★★☆☆

Imágenes tomadas de fuentes públicas de internet