Supertramp... Supergeniales
Un día, hallándonos en la clase impartida por el bigotudo y patilludo profesor de Música de los Maristas, el mismo que, apenas unos meses antes, nos había confesado que “A mí la música moderna no es que no me guste… es que no me gusta”, tuvimos ocasión de enfrentarnos a una pieza musical lícitamente definible como “moderna” (estaba recién publicada, ya que nos hallamos en el año 1977) pero que, incomprensiblemente, había cautivado a aquel empedernido defensor de los clásicos. Recuerdo que el docente colocó un tocadiscos en una mesa vacía, extrajo de su funda el disco LP (Even In The Quietest Moments… de Supertramp), lo colocó cuidadosamente sobre el plato, llevó el brazo de la aguja hasta el último surco de la cara B… y la magia comenzó para no terminar jamás…
Como ya he contado alguna vez, a mediados de los años 70 Supertramp vivía un momento de esplendor creativo, pero también de silenciosa fractura interna. Por fuera, eran una banda elegante, cohesionada, admirada por su precisión quirúrgica y su sonido inconfundible. Por dentro, convivían dos personalidades opuestas, dos visiones del mundo que habían funcionado como un matrimonio artístico… hasta que empezaron a divergir.
Roger Hodgson, el alma espiritual del grupo, componía desde un lugar íntimo, casi místico. Sus melodías nacían del amanecer, del silencio, de la introspección. Era un creador de luz, de armonías que buscaban elevar, de letras que miraban hacia dentro. Rick Davies, en cambio, era terrenal, pragmático, reservado. Su música tenía un filo urbano, irónico, más oscuro. Roger era inspiración y trascendencia y Rick, trabajo y disciplina.
Esa dualidad había sido hasta entonces la fuerza motriz de Supertramp, pero, hacia 1976, mientras preparaban Even In The Quietest Moments…, la relación empezaba a tensarse. No eran discusiones abiertas, sino algo más sutil: dos caminos vitales que empezaban a separarse. Roger vivía casi aislado en las montañas, componiendo en soledad, en un estado de búsqueda espiritual profunda, en tanto que Rick prefería la estructura, el estudio, el trabajo metódico.
Y, en medio de esa tensión silenciosa, de ese equilibrio frágil entre dos mundos, nació Fool’s Overture. Una pieza que sólo podía surgir de la mente de Hodgson, pero que necesitaba del rigor y la sensibilidad musical de Davies para sostenerse.
Fool’s Overture no nació como una canción, sino como un collage de ideas dispersas que Roger Hodgson fue acumulando durante años. En su origen, se componía de fragmentos de melodías al piano, pasajes orquestales, ideas sueltas inspiradas en la Segunda Guerra Mundial, bocetos de letras sobre la fragilidad humana y una fascinación creciente por la figura del primer ministro Winston Churchill. Todo convivía en cintas caseras, sin forma definida. Era demasiado grande para una canción convencional (su duración final acabó siendo de ¡10 minutos y 55 segundos!), pero demasiado personal para descartarlo. Hodgson lo describió como “una pieza que me pedía que la dejara respirar”. Y eso hizo: la dejó crecer.
Cuando Supertramp entró a grabar Even in the Quietest Moments…, Hodgson llevó al estudio un conjunto de demos inconexas. El productor Peter Henderson y el ingeniero Russell Pope enseguida entendieron que aquello no debía recortarse, sino ensamblarse como una suite.
La estructura final se construyó como un viaje en cuatro movimientos:
- La introducción atmosférica: Sintetizadores, efectos ambientales y un clima casi cinematográfico.
- El discurso de Churchill: Un sample histórico que aporta contexto emocional y político.
- La sección orquestal: Inspirada en la música clásica inglesa y en compositores como Vaughan Williams.
- El clímax final: La explosión melódica donde Hodgson canta “Come on, come on…”, uno de los momentos más catárticos de la discografía del grupo.
La canción se grabó en los estudios Caribou Ranch (Colorado), un lugar aislado que permitía trabajar sin presión. La producción fue minuciosa, casi obsesiva, combinando capas de pianos Wurlitzer y Fender Rhodes grabadas por Hodgson, sintetizadores Oberheim y Elka para crear texturas ambientales, saxos procesados de John Helliwell para aportar épica y melancolía, baterías grabadas por Bob Siebenberg con enfoque orquestal, no rockero, efectos de campo, ecos y cintas manipuladas para la introducción. El resultado fue una producción que sonaba más grande que la propia banda.
Pero ¿qué significado tiene la Obertura del tonto? Aunque Hodgson nunca ha explicado la letra de forma literal, la canción combina referencias a la Segunda Guerra Mundial, la exaltación de Winston Churchill como símbolo de resistencia y la idea del verdadero “tonto”, que es quien no aprende de la historia.
La canción se abre con una ambientación que incluye ráfagas de viento, sirenas de coches de policía, las campanadas del Big Ben y un fragmento de un célebre discurso pronunciado por Churchill el 4 de Junio de 1940, cuando Alemania ya había invadido Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y, finalmente, Francia, y siendo todos conocedores de que Hitler consideraba a Inglaterra la “joya de la corona”. Aunque había quienes eran partidarios de llegar a una especie de acuerdo con el Führer, el recientemente elegido Primer Ministro dijo que, si había que plantar cara a Hitler, Inglaterra “lucharía hasta el final, en los mares y en los océanos, defendiendo la isla a toda costa sin rendirse jamás”. No fueron pocos quienes llamaron “tonto” a Churchill por ser tan agorero y pesimista, los mismos que muy pronto tuvieron que tragarse sus palabras porque, apenas un mes después, los nazis comenzaron una oleada de incursiones aéreas contra objetivos británicos tales como aeródromos, puertos y estaciones de radar, viéndose los ingleses definitivamente obligados a intervenir en la contienda. No obstante, la letra de Roger Hogdson no está claro que se refiera únicamente a esta guerra, ya que habla de cómo la Historia nos recuerda lo dura que puede ser una caída y que, mientras todos duermen, parece que las respuestas son fáciles de encontrar, por mucho que los profetas hayan tratado de inquietarnos. En medio de ese batiburrillo de ideas, vuelve a recordarnos “al hombre a quien llamaron tonto y del que tanto se rieron”, pero esta vez no está tan claro si se refiere a Churchill o al mismísimo Jesucristo, pues afirma que “nos está esperando para llevarnos a casa” y nos recuerda que “hay muchas semillas que sembrar”, terminando con una pregunta (“¿Podéis oir lo que digo?”) e interpelando a santos, rockeros, homosexuales o incluso al Joker y a Spiderman. Todos nosotros, en suma, estamos llamados a aportar nuestro granito de arena y buscar soluciones, en tanto que vivimos, disfrutamos y dejamos atrás la pereza. Es decir, se trata de una llamada a la esperanza y a la responsabilidad individual. Es obvio que el título, Fool’s Overture, sugiere que la Humanidad repite errores como un “tonto” que no aprende, pero también que existe una posibilidad de redención.
Musicalmente, la canción tiene influencias muy concretas, tales como Pink Floyd (uso de samples y atmósferas), Yes (estructura en movimientos), Vaughan Williams (sección orquestal), Philip Glass (repeticiones armónicas) y, en general, la épica cinematográfica británica. Pero, sobre todo, es una obra profundamente hodgsoniana: espiritual, melódica, introspectiva. De hecho, hay alusiones a otras canciones del artista, como Dreamer (motivo melódico invertido), Hide in Your Shell (tema de vulnerabilidad) o School (despertar de la conciencia). La melodía final es una resolución emocional de motivos que Hodgson llevaba años arrastrando.
Aunque no llegó a editarse como single, Fool’s Overture se convirtió en la pieza favorita de muchos fans, que la consideraron un ejemplo de cómo una banda de pop sofisticado podía crear algo monumental, así como una de las composiciones más ambiciosas del rock sinfónico de los 70. Y, claro está, constituyó desde su publicación un momento culminante en todos los conciertos de la banda.
Hoy se la considera una obra de culto, comparable a Close To The Edge de Yes, a Echoes de Pink Floyd o a Supper’s Ready de Genesis, pero con un sello único: la sensibilidad emocional de Hodgson, que convierte lo épico en íntimo. Fool’s Overture es una declaración artística. Una pieza que mezcla historia, emoción, experimentación y belleza. Una obra que no busca gustar, sino trascender. Y que, en contra de todo pronóstico, fue capaz de entusiasmar incluso a un profesor de música que hasta entonces sólo vibraba al ritmo de Mozart, Beethoven y Bach.