Una de las frases más famosas atribuídas al filósofo romano Cicerón es aquella que dice: “Una cosa es saber, y otra, saber enseñar”. Tal vez de ahí viene el apelativo “Cicerone”·para designar a aquéllos que no sólo conocen las virtudes y atributos de un lugar, sino que, además, saben cómo enseñarlo, mostrarlo a quienes se supone que lo ignoran. Estas últimas semanas nos ha tocado hacer de improvisados cicerones sin titulación ni verdaderos conocimientos, y sólo con la engañosa ventaja de jugar en casa, al menos durante la primera parte del recorrido. La aventura dio comienzo en mi Alicante natal, y lo primero que me viene a la cabeza es la rampa de bajada de un garaje durante la cual una airada conductora que subía tuvo a bien declamarme una de las sentencias generalmente atribuídas al influencer de la antigüedad Proto Colo: “Antes de entrar, hay que dejar salir”. Todo estaba olvidado dos horas después, gracias a una buena comilona en aún mejor compañía (pocas, pocas mejores que las de mis primos desplazados expresamente desde Cartagena), dando cuenta de una paella con García Lorca en el subtexto. Luego vino lo de la medusa, cuya picadura aún no se ha borrado del todo, la tempranera cena en el Chino que no, no había cambiado de lugar, y, apenas despuntando el lunes, la ruta hacia el aeropuerto. Odio ir a cualquier aeropuerto, y juro que nunca iré o vendré yo solo; y del de El Altet casi no salgo, perdido entre rampas interminables que no conducían precisamente hacia el cielo. ¿Qué es lo primero que se le puede ofrecer a alguien recién aterrizado de Ecuador? Sin duda, un bubble tea en la Calle de las Setas (que, cuando yo era pequeño, se llamaba calle San Francisco y no albergaba hongo alguno), un paseo a pleno sol por la Explanada y una cálida subida al Castillo de Santa Bárbara. Lo de que los visitantes que arriban a España lo primero que aprecian es nuestra gastronomía, si eso lo dejamos para otro rato, que en mi caso constituyó un hándicap insuperable. Por la tarde, una pizza regada con dos botellas de agua gaseosa San Pellegrino y, un jodidamente corto rato después, con las carreteras todavía a medio poner, un alocado viaje a Murcia que, contra todo pronóstico, culminó a la hora en punto. Pero los viajes estaban muy lejos de finalizar, y, tres días después, me hallaba frente al simpar Gorri (pero qué muchacho, me quito el gorri ante él) en Miranda, no de Duero o de Ebro, sino de Cartagena. La entrevista fue una gozada, y pude explayarme en las respuestas, algunas de ellas felizmente reivindicativas. Nos llegamos hasta Murcia, comimos en Casa Jardín del Thader, tomamos yogur en el Llao Llao de Nueva Condomina y, previo paso por la Estación del Carmen, dormimos en casa, al igual que las siguientes tres noches. El domingo fue de nuevo cartagenero, con la excusa del Teatro Romano pero sin olvidarnos de Santa Florentina, el Icue, el Zulo, los marineros de bronce, los Héroes de Cavite, el Procesionista y doña Carmen Conde, sentada en la calle de su nombre frente a la iglesia de la Virgen que la bautizó. Un Panda Afortunado nos infundió tanta buena suerte que, al día siguiente, se fundía el mundo con el mar, y Mundomar, reserva de animales llena también de piratas de cartón piedra, se convirtió en Benidorm. “Ven y duerme, pero no te bañes todavía, que el agua aún está mú fría”, parece que nos dijeron. El martes nos sorprendió escalando cuales cabras en Altea (la nueva y la vieja), y no nos dio pena a nuestra peña comer junto a un Peñón, el de Ifach, en Calpe. ¡Calpe Diem, que diría aquél! Guadalest fue la etapa final de aquel recorrido, ciudad montañosa sobre un precioso pantano turquesa que te inunda de frescura.
Viajeros como el Papa
El sábado, el día que llegaba a España el Papa de los católicos, el papá de Arwen y Laura (y pepé, padre putativo, de Bryan y Angie) llegaba con sus huestes a Sevilla, la Hispalis de los romanos, y, por muchas palis, digo pelis que hayas visto, nada es comparable al gozo de escuchar a Los del Río cantando Sevilla tiene un color especial mientras el carruaje de caballos te lleva bordeando el río Guadalquivir desde la Giralda hasta el Parque de María Luisa, al que, después de bajarnos ante un atestadísimo Real Alcázar, aún más entronizado en la cultura popular tras servir de escenario a Juego de Tronos, volvimos caminando, como volando vuelven las oscuras golondrinas de Bécquer sus nidos a colgar. Nuestro nido fue un apartamento junto a una cantina tex mex donde, entre vivos colores, conviven Frida Kahlo y Santo, el Enmascarado de Plata y, tras dejarnos la plata entre nachos y burritos, hicimos la burrada de llegar a Málaga un sofocante domingo en el que la comida fue koreana y la cena trumpista (en un Burger King). Coincidió que era el Corpus Christi y la calle Larios estaba inundada de santos y vírgenes que te miraban estáticos pero extáticos, si bien el auténtico éxtasis me sobrevino al contemplar las famosas esculturas de Ginés Serrán que, representando a unos Neptuno y Venus demasiado “superheroicos” para algunos, sólo van a estar hasta Septiembre en la Plaza de la Marina. El lunes hicimos lo que Miguel Ríos preconizó en su Vuelvo a Granada, y, en un pintoresco bar que os recomiendo, La Caprichosa, degustamos un menú del día rico-rico al tiempo que admirábamos una decoración rara-rara pero, en el fondo, muy molona. Lo más bonito de aquella tarde fue el largo recorrido por el Bulevar de la Avenida de la Constitución, donde los que veníamos desde Lorca pudimos retratarnos junto a la estatua de Lorca (García Lorca), y yo hasta pude sentir el embrujo del Amor brujo de Manuel de Falla, tip cultureta que nunca falla. Lo de esa noche fue una de las cumbres del viaje: mi encuentro in person con mi apreciado Señor Fran, amigo y colaborador de lujo en el podcast, al que aún no había podido dar un abrazo fraternal. Empezamos con pizzas y continuamos con los típicos helados de Los Italianos, que endulzaron nuestro inolvidable paseo nocturno por el mágico Albaicín. Y no, no te-te rías con carita escéptica, que no, no dejamos pasar la oportunidad de tomar té en una típica tetería moruna. El martes era el último jalón del viaje y a mi, que soy azulgrana pero vivo en la comunidad de los granas, no me daba la gana de irme de Graná sin desgranar La Alhambra, aunque los precios leoninos de la entrada no nos permitieron llegar hasta el Patio de los Leones y tuvimos que conformarnos con el Generalife, que generalmente suele ser suficiente para muchos y que, en cualquier caso, es fuente y vergel de belleza sin par.
Si algo he aprendido en este viaje es que España es preciosa… pero le encanta ponerte a prueba. Cada ciudad tiene su encanto, su edificio emblemático, su historia y su personalidad. Y, mientras tú subes cuestas y más cuestas, el Papa sigue su gira mundial, tan fresco, tan blanco, tan bendecido. Nosotros, en cambio, volvimos con las piernas fuertes pero agotados, con la memoria llena y con la sensación de haber recorrido un país que, creo, nunca deja de maravillar a propios y extraños.