Cine actualidad - Backrooms

Publicado el 10 de junio de 2026

Backrooms

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El desasosiego de lo inexplicado

Hay películas que uno espera. Y hay películas que te encuentran. Backrooms me encontró a mí. Y lo hizo en el mejor estado posible: sin saber absolutamente nada. No había visto ni un tráiler, no conocía el fenómeno, no sabía qué demonios era una “backroom”, no tenía ni idea de quién era Kane Parsons ni de dónde salía este universo. Llegué limpio, sin expectativas, sin contexto, sin ruido. Y quizá por eso la experiencia ha sido tan intensa.

Porque Backrooms no es sólo una película de terror. Es una sensación. Un espacio mental. Un eco que se queda vibrando incluso cuando ya han encendido las luces.

Pero ¿de dónde sale ese lío de las backrooms, las “habitaciones de atrás”? Parece ser que ese fenómeno nació en 2019 en Internet, casi por accidente. Un usuario anónimo publicó una imagen aparentemente banal: un pasillo interminable, alfombra amarilla, fluorescentes zumbando, paredes sin ventanas. Un espacio anodino, pero inquietante. Acompañaba la foto un texto que decía, más o menos: “Si no tienes cuidado y te sales del mapa de la realidad, puedes acabar en las backrooms”.

Ese fue el origen del mito: un lugar fuera del mundo, un glitch (fallo o anomalía) de la existencia, un limbo de pasillos infinitos donde el tiempo no funciona y donde algo —o alguien— podría estar observándote o, aún peor, stalkeándote (acechándote). A partir de ahí, Internet hizo lo que mejor sabe hacer: expandir el concepto. Foros, creepypastas (esas historias cortas de terror diseñadas para asustar o inquietar a los cibernautas), vídeos, teorías, niveles, criaturas, reglas... Las backrooms se convirtieron en un universo colaborativo, un terror construido entre miles de personas.

Y, en medio de ese caos creativo, apareció un tal Kane Parsons, un chaval que, con sólo 16 años (ahora tiene 20), subió a YouTube un cortometraje titulado The Backrooms (Found Footage). El vídeo se volvió viral: millones de visitas, análisis, reacciones, imitaciones. Parsons no solo captó la esencia del mito: le dio forma cinematográfica, textura, movimiento, sonido. Convirtió un concepto abstracto en un espacio vivo.

Ese talento precoz es el que lo ha llevado ahora a dirigir la película, que ha producido la ya prestigiosa A24. Y lo más sorprendente es que, incluso con un presupuesto real y un equipo profesional, Parsons ha mantenido intacta la sensación original: la de estar atrapado en un lugar que no debería existir.

Lo que más me ha sorprendido es que Backrooms me ha dado miedo de verdad. No miedo de sobresalto, no miedo de truco barato, no miedo de “te lo veías venir”. Es un miedo más profundo, más primitivo, más pegajoso. Ese miedo que aparece cuando algo cotidiano se vuelve extraño. Cuando un pasillo demasiado largo deja de ser un pasillo. Cuando un fluorescente parpadea un segundo más de lo normal. Cuando el silencio tiene textura.

La película juega con una idea potentísima: el terror no está sólo en lo que no entendemos, sino también en lo que creemos entender pero que nos descoloca: el miedo a lo desconocido, pero también a lo conocido que se deforma, el miedo a los otros pero también el miedo a nosotros mismos. Ese doble filo es lo que hace que Backrooms funcione tan bien. No es sólo un monstruo. No es sólo un espacio. Es la sensación de que algo está mal y no sabes qué es.

La película se sostiene, en gran parte, por sus dos protagonistas. Chiwetel Ejiofor tiene esa presencia que llena cualquier plano, incluso cuando el plano es un pasillo vacío. Renate Reinsve aporta una vulnerabilidad eléctrica, una mezcla de fragilidad y fuerza que encaja perfectamente en un relato donde nadie sabe muy bien qué está pasando. Ambos logran algo difícil: hacer creíble lo abstracto. Cuando el espacio se vuelve imposible, cuando las reglas se rompen, cuando la lógica se disuelve, ellos siguen siendo anclas emocionales. Humanizan el desconcierto.

Y bueno, en Backrooms es imposible no ver ecos de otras obras, pero hay que decir que el film no vive de sus mil y una referencias, sino que las respira y, a continuación, las transpira. Podríamos citar Insidious —y no es casual, James Wan está en la producción—, Longlegs —Oz Perkins también aparece en los créditos—, The Blair Witch Project —esa textura de terror encontrado, de documento maldito—, La dimensión desconocida —el tono, la atmósfera, la lógica torcida—, El resplandor —los pasillos infinitos, la geometría que amenaza—, y cómo no, La vida de Chuck —la presencia de Ejiofor hace que la conexión sea inevitable—. Pero nada de esto pesa. Son resonancias, no imitaciones. Backrooms tiene entidad, identidad propia, y eso es lo que la hace tan especial.

Llega el momento de sacarle defectos a una película que, en líneas generales, me ha entusiasmado. Y tengo muy claro cuál es la gran pega que yo le pongo: la necesidad, estéril, absurda, estúpida, de resultar inteligible, comprensible. Me pasa siempre, constantemente: cuando una historia acerca de cómo nos afecta algo inexplicable se empeña en explicarse a sí misma, pierde parte de su magia. El terror funciona mejor cuando no lo entendemos del todo, cuando intuimos, cuando sospechamos, cuando completamos los huecos con nuestra propia imaginación. Pero Hollywood tiene esa obsesión por cerrar, por justificar, por dar respuestas que nadie ha pedido. El final de Backrooms, al intentar ordenar el caos, le resta parte del misterio que la hacía tan poderosa. No lo destruye, pero sí lo domestica un poco. Y todo ese epílogo centrado en el personaje de la psicóloga me parece una cagada de proporciones descomunales.

Con todo, y a pesar de lo que acabo de objetar, tengo la sensación de que Backrooms va a ser la película de terror de 2026. La que se va a comentar, la que va a dividir, la que va a generar culto, la que va a llenar TikTok de teorías, la que va a provocar análisis interminables sobre su lore. La Weapons de este año, vamos. Con una diferencia importante: a mí Backrooms me ha gustado muchísimo más.

Backrooms es una experiencia. Una película que no se limita a contar una historia, sino que te mete dentro de un espacio que parece vivo, que respira, que observa. Un lugar donde lo familiar se vuelve inquietante y lo desconocido se vuelve inevitable. No es perfecta. No quiere serlo. Pero es memorable, arriesgada, sensorial y, sobre todo, genuinamente inquietante. La quintaesencia del puro desasosiego.

Valoración: ★★★★☆

Imágenes tomadas de fuentes públicas de internet