Hace poco tiempo, en una galaxia muy, muy oscura...
Entré al cine con la ilusión intacta de quien lleva toda una vida orbitando alrededor de Star Wars. Desde niño (tenía 14 años cuando se estrenó La Guerra de las Galaxias) he vivido esta saga como un refugio, un mito y un motor de imaginación. Además, la serie The Mandalorian —sobre todo sus dos primeras temporadas— me devolvió la fe en que la franquicia aún podía ofrecer historias frescas, emotivas y visualmente potentes. Por eso, The Mandalorian and Grogu era, para mí, una cita obligada. Y quizá por eso mismo, la caída ha sido tan dolorosa.
La película es, en esencia, un ejercicio de oscuridad gratuita. No una oscuridad temática, emocional o estética con propósito, sino una penumbra constante que parece aplicada por inercia, como si alguien hubiera decidido que “oscuro = adulto” sin preguntarse si la historia lo necesitaba. El resultado es un film visualmente apagado, donde incluso las escenas de acción —que deberían brillar— quedan sepultadas bajo una iluminación que no aporta nada y que, en ocasiones, entorpece la lectura de lo que ocurre en pantalla.
A esto se suma un 3D absolutamente injustificado. No aporta profundidad, no añade espectacularidad, no mejora la inmersión. Es un 3D postizo, de esos que parecen activados solo para inflar el precio de la entrada. En varias secuencias incluso empeora la visibilidad, acentuando esa oscuridad ya de por sí excesiva. Es el típico 3D que te hace pensar: “¿Para qué?”. Y la respuesta, lamentablemente, es “para nada”.
Narrativamente, la película es un esqueleto. Un hilo argumental tan fino que apenas sostiene el peso de las set pieces. La historia avanza a trompicones, como si el guion estuviera construido únicamente para justificar la siguiente explosión, persecución o duelo. Y ojo: las escenas de acción son espectaculares, técnicamente impecables, con un nivel de detalle y coreografía que demuestra que el equipo sabe lo que hace. Pero también son excesivamente violentas, casi como si intentaran suplir la falta de emoción real con intensidad física.
El problema es que, cuando todo es acción, nada importa. No hay respiración, no hay desarrollo, no hay emoción. Solo un desfile de estímulos que, a la media hora, deja de impactar y empieza a cansar.
Y aquí llega uno de los puntos más tristes: Grogu ya no funciona. Lo que en la serie era ternura, misterio y carisma, aquí se convierte en un repertorio de gestos repetidos, mohínes previsibles y “momentos cuquis” que parecen insertados con plantilla. La película abusa de él como si fuera un amuleto infalible, pero lo único que consigue es desgastarlo. Vamos, que al final Grogu te deja groggy con tantas monerías cursis.
Cuesta creer que detrás de este proyecto esté Jon Favreau, el mismo que dirigió la magnífica Iron Man o la deliciosa Chef. Aquí parece desorientado, sin pulso narrativo, sin humor, sin esa mezcla de humanidad y espectáculo que solía caracterizarlo. Es como si hubiera perdido la brújula creativa en mitad del hiperespacio.
Lo mejor de la película —y lo único que realmente despierta algo de emoción— son las secuencias de acción donde regresan elementos icónicos del universo Star Wars: los AT‑AT, los Hutt, ciertos diseños clásicos que evocan la trilogía original. Son momentos que conectan con la nostalgia, pero que no logran sostener un conjunto tan irregular.
Salí del cine con una sensación amarga: la de haber asistido a un espectáculo ruidoso, oscuro, vacío y sorprendentemente aburrido. Una película que no entiende lo que hizo grande a la serie, que confunde épica con ruido y que desperdicia personajes, universo y expectativas.
En definitiva, The Mandalorian and Grogu ha sido el peor rato galáctico que he pasado en un cine. Su mayor logo es que consigue hacer buena a la mediocre Han Solo, y eso sí que es una hazaña de dimensiones estelares.
Valoración: ★★☆☆☆