Meryl se viste de Prada (por segunda vez)
Hace veinte años, una lujosa comedia ambientada en el bullicioso mundo de la moda obtuvo un éxito considerable que no pasó desapercibido. La historia se basaba en los recuerdos personales de la autora de la novela homónima, que durante once meses trabajó para la editora en jefe de la revista Vogue, experiencia que le resultó agotadora y extenuante. El éxito de la película no se basó únicamente en su argumento o su atractiva puesta en escena sino sobre todo en un reparto lleno de carisma en el que brillaba por encima de todos una Meryl Streep fabulosa que, aun encarnando un personaje claramente secundario, lograba posicionar su nombre por encima del de todos sus compañeros.
Dos décadas después de que El diablo viste de Prada se convirtiera en un fenómeno cultural, llega su muy tardía secuela. Y. aunque me parecería injusto llamarla “innecesaria”, tampoco puede decirse que aporte algo realmente significativo al legado de la original. Es una continuación lógica, funcional, casi de manual, que cumple con lo que promete… pero que no justifica en absoluto que haya habido que esperar veinte añazos para disfrutarla.
Lo curioso es que, por la mayoría de sus protagonistas, no parece que hayan pasado veinte años. El reparto principal (Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci y, cómo no, la maravillosa Meryl Streep) se conserva tan bien que la película juega incluso con esa idea: el tiempo pasa, pero la imagen —y el bisturí, y el sérum de 300 euros— pasa mejor.
La nueva película replica el esquema de la primera entrega con una precisión casi quirúrgica. Hay un nuevo viaje a Europa —esta vez a Milán, capital de la moda y del postureo con fundamento—, hay cameos de diseñadores y celebridades del sector, y hay un desfile constante de estilismos imposibles que justifican por sí solos el precio de la entrada.
El guion, eso sí, se mueve en terreno seguro. Tan seguro que a veces parece que avanza con ruedines. No arriesga, no sorprende, no incomoda. Es como si la película quisiera complacer a todo el mundo… y en ese intento se quedara sin una voz propia.
Una de las novedades más visibles está en el reparto de personajes secundarios. Las nuevas incorporaciones aportan diversidad racial, corporal y sexual, y lo hacen con una claridad tan evidente que cuesta no pensar que el objetivo es blindarse ante cualquier acusación de racismo, xenofobia, homofobia o gordofobia. No es que esté mal —al contrario, se agradece—, pero la sutileza no es precisamente su fuerte.
Si hay un punto débil que destaca por encima del resto, es el nuevo romance del personaje de Anne Hathaway. Está cogido con pinzas, no tiene química, y el actor elegido (Patrick Brammall) carece del carisma necesario para sostener una subtrama que debería aportar emoción y termina aportando… poco. Muy poco.
Como era de esperar, el apartado visual vuelve a ser el corazón de la película. El diseño de vestuario es un festival, un catálogo de tendencias, tejidos, colores y excesos que funcionan como un personaje más. En eso, la secuela no decepciona: es puro espectáculo.
Pero los tiempos han cambiado. La prensa escrita ya no es el centro del universo cultural, y la revista Runway —que en 2006 era un tótem— ahora parece condenada a sobrevivir en los mundos de Yupi… perdón, de internet. La película intenta actualizar ese ecosistema, pero a veces lo hace con una ingenuidad que roza lo entrañable.
El diablo viste de Prada 2 no es un desastre, ni una ofensa, ni un intento desesperado de exprimir una marca. Es una secuela correcta, entretenida, visualmente impecable y con momentos de brillo. Pero también es una película que, quizás, no justifica su propia existencia más allá de la nostalgia y del placer de volver a ver a sus protagonistas.
En resumen:
- Funciona, sí.
- Se disfruta, también.
- ¿Era necesaria? No exactamente.
- ¿Hace daño verla? En absoluto.
- ¿Está a la altura del mito? No del todo.
Y eso es todo, amigos.
Valoración: ★★☆☆☆