El terror que surgió de un sarcófago
Confieso que llegaba a “La Momia” de Lee Cronin con las expectativas bastante altas. Pero, para empezar, ¿quién diablos es Lee Cronin? Es un cineasta irlandés nacido en Dublín hace 44 años y que sólo tiene en su haber dos largometrajes, habiendo debutado con “Bosque maldito” en 2019. Su acercamiento a la saga de “Posesión infernal” en 2023 me pareció una de las reinvenciones más inteligentes y viscerales del terror reciente: respetuosa con el espíritu original, pero con una personalidad propia muy marcada. Cronin demostró allí que sabía manejar el caos, el cuerpo y el espacio como pocos directores de género actuales. Por eso, cuando se anunció que él sería el encargado de resucitar el mito de La Momia, pensé que podía salir algo realmente especial.
Y, en parte, así es. Desde luego, Cronin aborda el mito desde un ángulo distinto, más familiar, más físico y más sucio, alejándose del exotismo aventurero y acercándose a un terror de descomposición, posesión y corrupción del cuerpo. Ese enfoque le da a la película un aire de originalidad que funciona muy bien en su primer tramo. Se nota que Cronin quiere romper con la iconografía clásica y construir una momia que no depende de los vendajes (aunque haberlos, haylos), sino de la presencia, del gesto y del deterioro.
Ahora bien, esa originalidad convive con un cóctel de influencias que Cronin no oculta en ningún momento. La película bebe de un montón de fuentes: hay momentos que parecen sacados directamente de la citada “Posesión infernal”, otros que remiten a “Cementerio viviente”, y algunos que coquetean con la imaginería de “El exorcista”. Cronin se sirve de todo ese bagaje con entusiasmo, pero a veces da la sensación de que está más cómodo replicando su propio estilo que reinventando el mito que tiene entre manos.
El mayor problema, para mi, vuelve a ser el metraje excesivo. La película se alarga más de lo que pide su historia, y hay secuencias que parecen estiradas solo para mantener un tono o justificar un clímax que llega demasiado tarde. A eso se suma un gore visceral y sanguinolento que, aunque Cronin lo domina, aquí resulta innecesariamente provocativo. No porque sea explícito —el terror puede serlo sin problema—, sino porque en varios momentos no aporta nada al desarrollo emocional ni narrativo. Es un “más por más”, que rompe el equilibrio que la película intenta construir.
En el apartado interpretativo, en cambio, la película brilla. Las actrices están estupendas, especialmente tres: la madre —la española Laia Costa, con una naturalidad que sostiene la película en sus momentos más tensos—, la bruja —la británica Hayat Kamille, presencia inquietante donde las haya— y, sobre todo, la joven “momificada”, la estadounidense Natalie Grace, que en realidad tiene 32 años y para mi ha supuesto un descubrimiento absoluto: da miedo incluso sin maquillaje, con una presencia física que causa desasosiego y un trabajo corporal que convierte cada movimiento en amenaza. Su sola mirada justifica media película.
En conjunto, “La Momia” de Lee Cronin es una obra irregular pero interesante: original en su enfoque, excesiva en su ejecución, poderosa en sus intérpretes femeninas. Una película que podría haber sido más redonda con menos metraje y más contención, pero que aun así deja claro que Cronin tiene una voz propia dentro del terror contemporáneo, aunque no sé yo si, con sólo tres películas en su haber, poner su nombre en el título como reclamo puede ser garantía de algo para alguien. En fin, quizá no nos hallamos ante la reinvención definitiva del mito, pero sí una propuesta valiente que merece ser vista.
Valoración: ★★★☆☆