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martes, 27 de diciembre de 2016

Mini píldoras de cine (Diciembre 2016)

Probablemente serán nuestras últimas píldoras cinéfilas del año 2016, un año, como de costumbre, abundante en películas buenas y menos buenas (sobre ésto haremos también nuestra peculiar estadística).  Para dar este último repaso a alguno de los estrenos de las últimas semanas, iniciamos sin más demora nuestra dispensación de cine en pequeñas dosis…

EL FARO DE LAS ORCAS
Una madre y su hijo autista recorren cientos de miles de kilómetros hasta la Patagonia argentina, simplemente porque han visto en televisión que el guardafauna de un remoto faro tiene una especial comunicación con las orcas que llegan hasta la orilla.  La premisa argumental de este film de Gerardo Olivares, al parecer inspirada en un hecho real, me pareció tan rocambolesca como poco creíble, al menos de la manera en que está narrada en esta, por lo demás, preciosa película llena de belleza:  hermosísimos paisajes, naturaleza argentina explosiva y agreste…  y un elenco de actores que casi parecen modelos de pasarela.  Aunque la parte romántica me pareció forzada y pillada por los pelos, el trasfondo naturalista y humanista me encantó, así como el descubrimiento de un Joaquín Furriel a quien no conocía pero que me impresionó.
Calificación:  7 (sobre 10)



BELLEZA OCULTA
Unanimidad de críticas (negativas) en torno a esta nueva película de David Frankel (“El diablo viste de Prada”), que pretende mezclar el espíritu de “Qué bello es vivir” con la fantasía de “Cuento de Navidad”.  Desde luego, hay que reconocer que esta película realizada a mayor gloria de Will Smith desaprovecha vergonzosamente a un super reparto de secundarios de lujo (Kate Winslet, Edward Norton, Helen Mirren, Keira Knightley…) y que se embauca y manipula al espectador con mucha menos sutileza que, por ejemplo, “Un monstruo viene a verme”.  Todo eso es verdad, como también es cierto que, al final, un servidor no pudo evitar emocionarse y salir del cine deseando vivir el resto de las navidades haciendo felices a los demás.  Sólo por esos buenos sentimientos que provoca, soy capaz de perdonarle la mitad de sus defectos.
Calificación:  6 (sobre 10)

ASSASSIN’S CREED
Basada en un famosísimo videojuego, la adaptación al cine de esta ficción ambientada parcialmente en la España de la Inquisición pretende convencernos de que todos tenemos un código genético que nos conecta con nuestros antepasados y que, si éste se estimula adecuadamente, podemos vivir una vida llena de aventuras medievales que serían la envidia de cualquier personaje de “Juego de tronos”.  La película transcurre mitad en 1492 y mitad en el presente, y en ambas épocas la estrella es un Michael Fassbender que además ejerce de productor.  El resultado:  un producto lastrado por el exceso de parafernalia digital y los inevitables diálogos de besugos, mal endémico de las mayor parte de los guiones de la actualidad.  Fassbender, Marion Cotillard y Jeremy Irons poséen un talento y un prestigio que se merecían un proyecto de mayor envergadura.
Calificación:  6 (sobre 10)


VILLAVICIOSA DE AL LADO
Otra ficción basada en hechos reales, aunque en esta ocasión derivados hacia la comedia costumbrista de aspiraciones berlanguianas.  Los habitantes masculinos de un pueblo han sido agraciados con el Gordo de la Lotería de Navidad, pero no pueden cobrar el premio porque tendrían que reconocer que los décimos los compraron en el puticlub local.  Nacho García Velilla, uno de los creadores de las series “Siete vidas” y “Aída”, dirige esta película menos vulgar de lo que insinúan los traílers y que incluso tiene cabida para que humoristas como Leo Harlem manifiesten más que prometedoras dotes actorales.  Le acompañan Carmen Machi, Jon Apaolaza, Macarena García, Carlos Santos o el ubicuo Arturo Valls.  Lo mejor que puedo decir:  es menos mala y más inteligente de lo que me esperaba, aunque también un poquito menos divertida.

Calificación  5 (sobre 10)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Cine actualidad/ “ROGUE ONE: Una historia de Star Wars”

Episodio III y medio

La descomunal inversión realizada por Disney para la adquisición de Lucasfilm tenía que tener consecuencias a corto plazo.  A falta de continuar con las aventuras de Indiana Jones, los directivos del estudio del Ratón Mickey le han hincado pero bien el colmillo a la space opera que transcurre en cierta galaxia muy, muy lejana y, en este sentido, no hay año que no tengamos una historia relacionada en mayor o menor medida con Luke Skywalker y sus amigos.  Entre medias de los Episodios VII (estrenado en 2015) y VIII (que se estrenará en 2017), nos llega ahora esta aventura titulada “Rogue One”, que pretende servir de puente entre los Episodios III (último de la “trilogía de precuelas”) y IV (primero de la “trilogía clásica”) y al mismo tiempo narrar una historia ya conocida pero nunca desarrollada en su totalidad.

Todos sabemos que el malvado Imperio Galáctico, dirigido con mano de hierro por el siniestro Emperador Palpatine y su fiel sicario Darth Vader, construyó una gigantesca estación espacial de destrucción masiva denominada “Estrella de la Muerte”, cuyos planos la Princesa Leia Organa introdujo en el interior del robot R2D2, los cuales, gracias a Obi Wan Kenobi, Luke Skywalker y Han Solo, llegaron finalmente a manos de la Alianza Rebelde.  Pero ¿cómo se obtuvieron esos planos?  ¿Quiénes realizaron la hazaña de conseguirlos y cuál fue el precio que tuvieron que pagar…?

Tras el éxito de público (espectacular) y crítica (algo más ambiguo) del Episodio VII, “El despertar de la Fuerza”, que narraba lo sucedido tras el Episodio VI (“El retorno del Jedi”), Disney nos presenta este año el primero de los spin-offs o “derivados” del tronco principal, que se irán alternando, como ha quedado dicho, con los “Episodios” oficiales.  Como decía anteriormente, cualquiera que haya visto alguna vez el Episodio IV (“Una nueva esperanza”, más conocido en España como “La guerra de las galaxias”), recordará que en una escena se habla del “elevado precio” que unos espías rebeldes tuvieron que pagar para hacerse con los planos de la Estrella de la Muerte.  “Rogue One” es el nombre de ese comando cuya peligrosa misión era hallar el único punto débil del arma definitiva del Imperio y transmitirlo a la Alianza aun a riesgo de poner en peligro sus vidas.  Dando por hecho que ésta y no otra era la historia que había que narrar ahora, los chicos de Disney pusieron el proyecto en manos de Gareth Edwards, recién salido de la última versión de “Godzilla”, la cual, recordémoslo, gozaba de una puesta en escena espectacular pero adolecía de unas carencias argumentales bastante insalvables.  Más o menos lo mismo se repite ahora en “Rogue One”, razón por la cual, con el rodaje ya concluido, fue necesario volver a filmar multitud de escenas, según parece porque el estudio no quedó nada complacido con el material entregado por Edwards.

Una vez vista la película (nuevamente en un preestreno, al igual que el año pasado), tengo que decir que la puesta en escena me pareció deslumbrante y absolutamente fastuosa.  Los efectos visuales, la visualización de nuevos mundos, los planos de naves espaciales surcando los cielos, las secuencias de combate que recuerdan al viejo cine bélico y, especialmente, el primoroso cuidado con el que se recrean los vestuarios y peinados “demodé” que aparecían en el Episodio IV son, sin duda, para quitarse el sombrero.  Esas son las buenas noticias.  Por lo que respecta a las malas, vuelven a tener su origen en la parte puramente literaria del producto.  Al menos para quien esto suscribe, la historia que se nos cuenta (cuyo desenlace es de sobras conocido) carece de garra, no siendo hasta la última media hora cuando el film alcanza por fin su cénit, y no precisamente a causa de las habilidades de sus guionistas.  Todos los nuevos personajes me parecieron insulsos y prescindibles (incluyendo esa especie de monje oriental que supuestamente era de lo más atractivo…  sobre el papel), siendo en esto la película claramente inferior a su predecesora, aquel denostado (al menos, por mí) Episodio VII de J.J. Abrams, que, al menos, sí aportaba caracteres trascendentes (Rey, Finn, Maz Kanata y sobre todo Kylo Ren).  Además, los actores elegidos o bien me pasaron desapercibidos (Mads Mikelsen, Forest Whitaker) o bien me provocaron antipatía (caso de la protagonista Felicity Jones), cuando no me defraudaron directamente (un Diego Luna totalmente carente del más mínimo carisma).  A decir verdad, de los recién llegados sólo me llamaron la atención el robot K2SO y el perverso Director Krennick a cargo de Ben Mendelsohn.  En cuanto a la recuperación de viejos conocidos, Darth Vader tarda en resultar creíble pero luego recupera su legendaria majestuosidad, mientras que los dos cameos recreados digitalmente no me parecieron sino criaturas de un videojuego ascendidos por un día a estrellas de cine.

“Rogue One” cumple moderadamente su papel de “eslabón perdido” y cuenta con algunas escenas memorables, pero, al menos para mí, cualitativamente se sitúa incluso por debajo del Episodio VII, lo cual sí ha decepcionado mis expectativas, que venían alimentadas por los supuestos parabienes de fans entusiastas.  Ya no se encuentra uno seguro ni en la galaxia de las redes sociales…

Luis Campoy

Lo mejor:  los efectos especiales, toda la faceta visual
Lo peor:  los nuevos personajes y sus insípidas historias
El cruce:  “La Guerra de las Galaxias” + “El Imperio contraataca” + “Tora! Tora! Tora!”

Calificación:  6,5 (sobre 10)

lunes, 12 de diciembre de 2016

Cine actualidad/ “HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE”

“Por favor, que pueda salvar a uno más…”

Diez años después de su último trabajo como realizador, el actor Mel Gibson nos presenta por fin una nueva obra, lo cual debería tener visos de constituir un acontecimiento.  Gibson es famoso, además de por sus legendarios ojos azules, por su no menos famosa bocaza, de la cual suelen brotar,  con demasiada facilidad, toda suerte de disparates e improperios.  Algunas de las víctimas de sus ataques han sido colectivos como el de los homosexuales o el los judíos, ambos con probado peso en el seno de la industria del cine, lo cual explica en parte esta sequía creativa que ha durado una década (desde la estupenda “Apocalypto”).  A la hora de afrontar su quinto largometraje en calidad de director, el intérprete criado en Australia se ha decantado por la historia real de Desmond Doss (fallecido en 2006 a los 87 años), el primer objetor de conciencia galardonado con la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos.

Nacido en un pueblecito de Virgina, el joven Desmond Doss se crió en el seno de una familia de arraigadas y rígidas creencias religiosas.  Para sus padres, pertenecientes a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, no existía razón alguna por la que un hombre tuviera derecho a arrebatar la vida a otro hombre, fueran cualesquiera que fuesen las circunstancias.  Así, aunque Desmond consideraba que su deber era alistarse en el ejército tras el bombardeo japonés a Pearl Harbor, lo hizo esgrimiendo su férrea negativa a empuñar un arma, lo cual le acarrearía no pocos problemas con sus superiores y sus compañeros de reclutamiento…

Basándose en la historia real de tan legendario personaje, el guionista de cabecera de Mel Gibson, Randall Wallace, retocó el libreto original de Gregory Crosby, acentuando los componentes habituales de la obra gibsoniana:  enfrentamiento de un individuo heroico contra un colectivo que no le acepta, exaltación de los valores morales y/o religiosos llevados hasta sus últimas consecuencias y visualización sin pudor de la violencia más brutal y descarnada.  Estos elementos temáticos, en mayor o menor medida, pueden encontrarse tanto en “El hombre sin rostro” como en “Apocalypto”, y alcanzan su cénit en “Braveheart” y “La pasión de Cristo”, el genuino legado cinematográfico de Gibson.

En “Hasta el último hombre” (en inglés, “Hacksaw Ridge”, nombre del acantilado en el que se desarrolló la cruenta batalla de Okinawa durante la que Desmond Doss salvó la vida a ¡75 personas!), da la impresión de que Mel Gibson tenía tantas ganas de dirigir que nos ofrece no una sino tres películas, todas ellas diferentes entre sí.  En la primera de ellas, que adolece de un tono bucólico y rural que resulta bastante cargante, se nos presenta la infancia y juventud de Desmond, así como su virginal romance con la enfermera Dorothy Schutte.  El segundo fragmento nos traslada a una base militar calcada de las de “La chaqueta metálica” o “El sargento de hierro”, en la que Doss se convierte en saco de boxeo de algunos reclutas que piensan que su negativa a usar armas se debe a pura y simple cobardía.  Finalmente, el tercer acto transcurre en el campo de batalla japonés en el que Desmond Doss llevó a cabo su hazaña, y la barbarie de la guerra se muestra de una manera tan bestial que por poco convierte al arranque de “Salvar al soldado Ryan” en una comedia romántica.

De las tres “películas” arriba reseñadas, ni que decir tiene que su calidad e interés van de menos a más, siendo el inicio más bien prescindible y el final absolutamente impresionante (en todos los sentidos).  Si el romance de juventud coquetea descaradamente con el ridículo y el episodio central es un calco de cien películas ambientadas en cuarteles de instrucción militar, es al final cuando Mel Gibson demuestra una vez más sus cualidades como cineasta, aun a riesgo de convulsionar el estómago de los espectadores más sensibles (algo que finalmente acabó por encumbrar a su celebrada “La pasión de Cristo”).  Miembros amputados, intestinos desparramados y sangre a raudales son algunos de los ingredientes de un particular guiso que Gibson cocina con una sabrosa inclinación hacia el gore dela que demuestra ser todo un masterchef.  Sin duda, la intención del realizador es no sólo idealizar la figura del objetor de conciencia, sino también fomentar la existencia de nuevas objeciones, y se esfuerza al máximo para conseguirlo.

Andrew Garfield, el penúltimo Spiderman cinematográfico, encarna con convicción y entrega a Desmond Doss, y muy probablemente será nominado al Oscar;  eso sí, una vez más se enfrenta a uno de los retos recurrentes que han condicionado su carrera:  tener que parecer más joven de lo que realmente es.  Cuando Doss llevó a cabo su gesta, tenía apenas 24 años, mientras que Garfield tiene ya 33, y en algunos momentos la edad le delata.  El casi olvidado Sam Worthington (¡qué lejos quedan los tiempos de “Avatar”!) y un estupendo Vince Vaughn interpretan a los mandos militares de Doss, mientras que Teresa Palmer da vida a su esposa y el gran Hugo Weaving encarna a su padre.

Lastrada por un arranque poco prometedor aunque siempre filmada con buen oficio, “Hasta el último hombre” tiene su razón de ser en un pretendido alegato antibelicista que, con todo, se convierte en terrible escaparate de aquéllo que pretende condenar.  Es un poco como el pacifismo del protagonista, que, por negarse a utilizar una arma, obliga a sus compañeros a que maten el doble para mantenerle a él a salvo.  Contrasentidos de dos polos opuestos (la guerra y la paz) que no sólo se atraen sino que no significan nada el uno sin el otro.

Luis Campoy

Lo mejor:  la brutal y terrorífica batalla de Okinawa
Lo peor:  un inicio plagado de tópicos románticos
El cruce:  “Forrest Gump” + “La chaqueta metálica” + “Salvar al soldado Ryan”

Calificación:  8 (sobre 10)

lunes, 5 de diciembre de 2016

Cine actualidad/ "ANIMALES NOCTURNOS"

Realidad y ficción

Tom Ford (n. 1961) es uno de los más famosos modistos (perdón, diseñadores de moda) de hoy en día.  Tras sus etapas en las firmas de Yves Saint Laurent y Gucci, Ford inició una carrera como director creativo de su propia marca, lo cual no debió parecerle suficiente, ya que poco después se decidió a probar fortuna en el mundo del cine.  Siete años después de su primer film como realizador cinematográfico, la reputada “Un hombre soltero”, Ford nos presenta ahora su segundo trabajo, titulado “Animales nocturnos”.

Susan Morrow (Amy Adams) es una galerista de arte en apariencia rica y feliz, pero durante uno de los frecuentes viajes de su marido recibe un paquete que contiene un inesperado regalo de su primer esposo, Edward:  un libro recién terminado y todavía no publicado.  Mientras trata de sobrellevar su fría y solitaria existencia, Susan se sumerge en la lectura del libro, titulado “Animales nocturnos”, y lo que en él se cuenta le hace experimentar poderosas y muy vívidas sensaciones…

Basada en una novela de Austin Wright, “Animales nocturnos” cuenta no una sino dos historias, ambientadas ambas en varios lapsos temporales.  Por un lado, presenciamos el presente de engañoso bienestar de Susan, en el cual se suceden diversos flashbacks en los que vemos cómo era la vida de ella durante su primer matrimonio con Edward;  por otro, se visualiza la novela que Edward ha escrito, en la cual el protagonista no es sino un alter ego del propio Edward, Tony, a quien unos pandilleros han abandonado en pleno desierto de Mojave tras haber secuestrado a su mujer y a su hija adolescente…

Ya la secuencia inicial de créditos de “Animales nocturnos” me dejó con la boca abierta.  En un escenario bellamente iluminado y decorado (que luego sabremos que es la galería de arte en la que trabaja Susan), varias mujeres gordas bailan desnudas de manera provocadora, mientras suena una banda sonora maravillosa obra del polaco Abel Korzeniowski, que en nada tiene que envidiar a las que, en los años gloriosos del cine negro, compusieron Miklos Rozsa, Max Steiner o Alfred Newman.  Cuando aún no te has repuesto de un inicio tan impactante, te apabulla la gélida pero hermosa puesta en escena de Tom Ford, retratando un mundillo muy semejante al que él, en su faceta de diseñador de moda, tan bien conoce.  Y entonces sale del interior de una caja el libro escrito por el primer marido de Susan, y desde sus páginas cobra vida una inolvidable historia llena de crueldad, tristeza y dolor, que no tarda en acaparar el máximo interés dramático del film-

Como he dicho en más de una ocasión, de vez en cuando surgen películas en las que la factura estética, lo puramente visual, nos recuerda que el cine es, ante todo, arte, belleza y fotografía.  En este sentido, “Animales nocturnos” constituye todo un regalo en el que la composición de planos y el tratamiento de la luz demuestran lo bien que se ha adaptado Tom Ford a la mecánica del cine.  Por si éso fuera poco, el film se beneficia de una extraordinaria interpretación de Jake Gyllenhaal, que borda el papel del hombre sencillo desbordado por unos acontecimientos a los que no sabe plantar cara en una primera instancia.  Le acompañan un entrañable Michael Shannon y un odioso Aaron Taylor-Johnson, en un registro sorprendente y muy meritorio.

Si no fuese por el desigual tratamiento y desequilibrado peso específico de sus dos relatos entrelazados, quizás estaríamos ante un peliculón muy cerca de ser una obra maestra.  Con todo, para mí ha constituído uno de los mejores films que he degustado en estos meses, y su muy visceral compendio de belleza y brutalidad perdurará en mi memoria durante años.

Luis Campoy

Lo mejor:  Jake Gyllenhaal, la puesta en escena, la fotografía, la banda sonora
Lo peor:  la historia principal peca de fría y sosa, mientras que la trama secundaria es un prodigio dramático que se merecía  un film completo sólo para ella
El cruce:  “Carretera al infierno” + “Las horas”

Calificación.  8,5 (sobre 10)