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jueves, 16 de junio de 2016

Cine actualidad/ "DOS BUENOS TIPOS"

Aquellos maravillosos setenta

A finales de los 80 y principios de los 90, Shane Black era el guionista más cotizado de Hollywood.  Sus libretos para “Una pandilla alucinante”, “Arma letal 1 & 2”, “El último boy-scout” o “El útimo gran héroe” le auparon a una situación de privilegio de la que sólo le descabalgó el notorio fracaso de “Memoria letal”, que, con escritura suya, sufrió el daño irreparable de una pésima dirección a cargo de Renny Harlin.  Black desapareció de la industria durante casi 10 años, hasta que regresó con más brío que nunca, guionizando y realizando la simpática “Kiss Kiss Bang Bang”, que fue su pasaporte para la puesta en escena de “Iron Man 3”, la cual de nuevo le otorgó prestigio y una creciente legión de adeptos.

“Dos buenos tipos” es la cuarta película de Shane Black como director (si contamos el telefilm “Edge”), y en ella se repite, una vez más, el esquema favorito de Black:  una pareja de colegas (Mel Gibson y Danny Glover en “Arma letal”;  Bruce Willis y Damon Wayans en “El último boy scout”;  Arnold Schwarzenegger y Austin O’Brien en “El último gran héroe”;  Robert Downey Jr. y Val Kilmer en “Kiss Kiss Bang Bang”) obligados a colaborar mal que les pese, afrontando una complicada trama detectivesca jalonada por tiros y persecuciones.  En este caso, la acción se traslada a la década de los setenta, concretamente al glorioso año 1977, fecha del estreno de la mítica primera entrega de “Star Wars”, pero también una época en la que el hippismo daba sus últimas boqueadas, al tiempo que la pornografía comenzaba a abrirse un hueco en la producción cinematográfica, todavía camuflada bajo la etiqueta de “arte y ensayo”.

Beneficiada de un chispeante sentido del humor, “Dos buenos tipos” reconstruye primorosamente una etapa crucial para la cultura y contracultura del siglo pasado, y lo hace con un gusto exquisito que se refleja en los decorados, los vestuarios y sobre todo en la maravillosa fotografía a cargo del muy ilustre Philippe Rousselot.  Ayer le comentaba a alguien que, tal como está planteada, la película que nos ocupa constituye un auténtico festín para cinéfilos…  aunque mucho me temo que, para un espectador medio, aquel que no se fija compulsivamente en la técnica y no está habituado a apreciar la sutileza de unas interpretaciones tamizadas de comicidad, “Dos buenos tipos” quedará como una rara avis, un experimento fallido en el que ni la acción ni el humor tienen verdadera trascendencia.

Y es que “Dos buenos tipos” es un plato de alta cocina, en el que algunos criticarán su indefinición y otros aplaudirán su mixtura de géneros;  donde el simple consumidor echará a faltar aún más tiros y más sangre, el aficionado friki elogiará su equilibrio.  Yo, evidentemente, me sitúo en el bando de sus admiradores, y es que en no pocos momentos uno tiene la sensación de hallarse ante una delicia disfrazada de celuloide, una gozada en la que abundan los momentos memorables ante los que dan ganas de aplaudir.  Sin embargo, también me aburrí en otros instantes, algunos giros de guión me parecieron muy forzados y muchos diálogos los noté excesivamente simples, algo imperdonable en un guionista tan ilustre como Black.

Un muy entonado Ryan Gosling (demostrando su versatilidad al componer un personaje diametralmente opuesto al desarrollado en “Drive” o “Sólo Dios perdona”) y un siempre excelente y rotundo Russell Crowe (sobre todo rotundo, ¿para qué vamos a negarlo?) protagonizan “Dos buenos tipos”, acompañados de una Kim Basinger radiante en su madurez y de dos jóvenes actrices que harán carrera:  la sofisticada Margaret Qualley y la nueva Lolita de Hollywood, Angourie Rice, todo un descubrimiento que a no mucho tardar seguirá los pasos de la espectacular Chloe Grace Moretz.

Luis Campoy

Lo mejor:  la fotografía, la ambientación, el sentido del humor
Lo peor:  no será saboreada por todos los paladares, y de ahí su preocupante fracaso en taquilla
El cruce:  “El último boy scout” + “Bullitt” + “Garganta profunda”

Calificación:  7,5 (sobre 10)

lunes, 6 de junio de 2016

Cine actualidad/ "WARCRAFT, El origen"


Cinejuego digital

Prefiero leer o ver películas a jugar.  Esta es una aseveración irrefutable.  No tengo videoconsola (las de mis hijos sólo las utilizan ellos), y el ordenador lo uso para escribir o realizar otras tareas que considero más gratificantes e imperecederas.  Sirva todo lo expuesto para aclarar que soy un neófito total en lo que se refiere a videojuegos, industria pujante que mueve muchos miles de millones de euros al año.  Eso sí, de tanto oírlos nombrar, conozco el nombre de tres o cuatro de los entretenimientos electrónicos más populares, y entre ellos está el que sirve de base a la película que hoy comentamos:  “Warcraft”.

Los orcos del planeta Draenor, huyendo de la desolación que está corroyendo a su mundo, llegan al reino humano de Azaroth a través de un portal interdimensional.  Los guerreros no están dispuestos a dejarse invadir así como así, de modo que una cruenta batalla está a punto de estallar….

La compañía Blizzard Entertainment lanzó al mercado en 1994 la primera entrega de su  producto estrella “Warcraft”, un juego de estrategia y fantasía épica que enseguida cautivó a millones de personas de todo el mundo.  Su sentido de la aventura, su argumento, que mezclaba “Dragones y mazmorras” con “El Señor de los Anillos”, y su abigarrada mezcla de razas (humanos y orcos a la greña) lo catapultaron desde el principio a una fama que no ha hecho más que crecer y expandirse.  El salto al cine no podía tardar en producirse…

Al igual que muchos otros famosos videojuegos (“Mortal Kombat”, “Prince of Persia”, “Tomb Rider”, “Resident Evil”, “Super Mario Bros.” o la aún por estrenar “Assasins Creed”), “Warcraft” ha sido trasladada a la pantalla de cine…  y, al igual que en todos los casos anteriormente citados, los resultados son, por decirlo de un modo suave, más bien irregulares.  Obviamente, se ha tratado de complacer a los fans, a ésos que se pasan horas y horas pegados a la pantalla del ordenador y la consola, y la estética de infografía apabullante preside la función de principio a fin.  Tal vez pretendiendo una fidelidad irreprochable, el espectáculo que ha orquestado el prometedor Duncan Jones (director de “Moon” y “Código Fuente”… e hijo del recientemente fallecido David Bowie) depara al público un despliegue demoledor de efectos visuales generados por ordenador, la mayoría de ellos muy meritorios.  Eso sí, como en demasiados otros casos, la locura cibernética no sólo puede causar admiración, sino también un temprano hartazgo.  Los magos del microchip se obstinan en crear realidades y personajes de la nada, cuando lo más cercano y creíble sería simplemente transformar o adecuar los existentes, que resultarían así mucho más realistas.  Yo prefiero ver un ejército de doscientos soldados de carne y hueso que una horda de doscientos mil digitales, al igual que me complace más un entorno tangible que uno recreado a partir de una pantalla verde.  Pero claro, yo no soy un fanático del videojuego, así que no soy el destinatario natural de este producto.

Otro “pequeño” defecto es la infantilización de la historia que finalmente ha llegado a la pantalla, que pasa por ser una especie de precuela del grueso de lo narrado en los videojuegos existentes, lo cual presagia la pretensión de que este film inicie toda una franquicia cinematográfica.  Los orcos y los hombres están condenados a entenderse, siempre y cuando logren desenmascarar y neutralizar a las ovejas negras de cada bando, aun a costa del sacrificio de líderes venerables de ambas facciones.  También resulta chirriante la elección del reparto (a pesar de que el desorbitado presupuesto hubiera permitido atinar más en este sentido), de modo que a los orcos los interpretan actores de doblaje cuyo físico ha sido sustituído (¿cómo no?) por una monstruosa combinación de pixels, y a los personajes humanos unos visiblemente inadecuados Dominic Cooper como el Rey Llane, Ben Foster como el Guardián Medivh y el insoportable Ben Schnetzer como Khadgar.  Eso sí, el cuerpazo de Paula Patton deslumbra en su papel de la medio orca Garona, y el televisivo Travis Fimmell (el “Ragnar Lodbrok” de la serie “Vikingos”) se luce como el heroico Anduin Lothar.

Puede que los fans la disfruten y babéen de placer mientras la ven….  pero a mí, como simple espectador ocasional, “Warcraft” me ha parecido un espectáculo deslumbrante pero agotador en el que todo se confía a la magia tan aséptica de los efectos visuales.

Luis Campoy

Lo mejor:  los efectos visuales, la música de Ramin (“Juego de Tronos”) Djawadi
Lo peor:  los efectos visuales, cuya omnipresencia resulta agotadora
El cruce:  “El Señor de los Anillos” + “Excalibur” + “Willow”

Calificación:  6 (sobre 10)