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martes, 26 de abril de 2016

Cine actualidad/ "EL LIBRO DE LA SELVA"

Asombrosa selva pixelada

Recuerdo vagamente el día en que mis padres me llevaron a ver “El libro de la selva” de Disney, allá por 1968, en mi Alicante natal.  Tendría yo unos 4 ó 5 años por aquel entonces, y lo que me cautivó fue sobre todo la ambientación en aquella hermosa jungla bidimensional, que al principio era tan húmeda y sinuosa que me hizo experimentar una vaga sensación de temor… 

De un tiempo a esta parte, los jerifaltes de Walt Disney Productions, no conformes con sus películas de dibujos animados (ahora digitales… signo de los tiempos), con sus producciones propias para toda la familia y con la explotación de los catálogos de Marvel y Lucasfilms, han comenzado a trasladar a imagen real su propio acervo animado.  Títulos como “Alicia en el País de las Maravillas” (Tim Burton), ”Maléfica” (Robert Stromberg) y la estupenda “La Cenicienta” (Kenneth Branagh) no hacen sino confirmar una tendencia que no tiene visos de extinguirse y que nos acaba de proporcionar una de las sorpresas (agradables) del año.

Por si alguien no lo sabe, recordaremos que “El Libro de la selva” (basada en "El libro de las tierras vírgenes" de Rudyard Kipling) narra la historia de Mowgli, un niño que, perdido en la jungla de la India, es criado por una familia de lobos, hasta que la amenaza de un malvado tigre le obliga a emprender una huída hacia adelante en la que le acompañarán una pantera algo gruñona (Bagheera) y un carismático y entrañable oso (Baloo).  Junto a estos estupendos amigos, Mowgli conocerá a una sensual serpiente (Kaa), al coronel de la patrulla de elefantes (Hathi) y al líder de los simios antropomórficos (Rey Louie), empeñado en que el “cachorro humano” le revele el secreto de cómo los hombres son capaces de encender fuego…

Este nuevo “Libro de la Selva” rodado en (aparente) imagen real ha corrido a cargo de Jon Favreau, actor reciclado en director y que ha realizado películas como “Zathura”, “Iron Man 1 & 2” o “Chef”, en algunas de las cuales también ejercía funciones interpretativas (sin ir más lejos, era el orondo guardaespaldas de Tony Stark en las dos primeras películas del hombre de Hierro).  La sorpresa a la que me refería anteriormente tiene que ver con el inesperado nivel de magia y fascinación que Favreau ha logrado en su ambiciosa apuesta.  Ambiciosa, porque el 95 % de los paisajes y personajes que vemos en pantalla han sido generados por ordenador, por decisión expresa de Favreau (sólo Mowgli, encarnado por el niño Neel Sethi es real y tangible).  Normalmente soy muy crítico con el uso abusivo de la tecnología, pero hay que reconocer que en este caso hay que descubrirse ante una naturaleza infográfica que a todas luces parece maravillosamente real.

La poesía, la fascinación, la aventura, la amistad y el terror transitan por “El Libro de la Selva” de principio a fin, respaldados por nombres como el del director de fotografía Bill Pope o el compositor John Debney, quien, además de componer una excelente banda sonora, ha tenido el acierto de recuperar las dos canciones de la película de dibujos animados que todos recordamos:  “Busca lo más vital” y “Quiero ser como tú”.  En el terreno vocal, yo ví la película en versión doblada, de modo que no pude disfrutar de la aportación de Bill Murray, Ben Kingsley, Scarlett Johansson, Christopher Walken o Idris Elba, aunque hay que reconocer que Antonio Villar, Mario Gas, Inma Gallego, Juan Atonio Gálvez y Héctor Garay cumplen con creces su cometido.

Experiencia audiovisual de primer orden (aún más disfrutable en 3D), “El Libro de la Selva” proporciona uno de los momentos más agradables que pueden vivirse últimamente en una sala de cine, sobre todo si uno va acompañado de su familia.

Luis Campoy

Lo mejor:  la selva digital, que roza la perfección
Lo peor:  nada
El cruce:  “El Libro de la Selva” (dibujos animados) + “Greystoke”

Calificación:  8,5 (sobre 10)

lunes, 25 de abril de 2016

Cine actualidad/ "TORO"

Policíaco a la andaluza

Nos guste o no, “Ocho apellidos vascos” supuso un antes y un después en el hasta entonces maltrecho panorama de la cinematografía española.  Desde el muchimillonario éxito de la comedia de Emilio Martínez Lázaro, es más que patente un incremento del interés del público en las producciones patrias, las cuales ya no sólo se limitan a abordar comedias costumbristas o melodramas encuadrados en nuestra trilladísima Guerra Civil.  Apuestas por el cine de género tan afortunadas como “La isla mínima”, “El Niño” o la reciente “Cien años de perdón” deben mucho al film protagonizado por Dani Rovira, que parece que ha animado a las televisiones a lanzarse con más vehemencia a la producción de películas que luego, anunciadas a bombo y platillo en la correspondiente cadena de turno, son estrenadas en olor de multitudes y, con suerte, logran atraer a no pocos televidentes zombificados, además de a los auténticos cinéfilos ansiosos de descubrir a los nuevos Almodóvar, Saura o Garci.

Toro es un joven delincuente que, tras cinco años en la prisión de Málaga, está a punto de cumplir su condena y tiene el firme propósito de redimirse.  Pero el penúltimo chanchullo de su hermano, López, y la asfixiante presión en torno a ellos del patriarca mafioso Romano, le harán comprender que cada uno tiene un destino del que no puede escapar, y el suyo está escrito con sangre…

Tras su celebrado debut con “EVA”, “Toro” constituye el segundo largometraje del director barcelonés Kike Maíllo, que, contra pronóstico, ha cambiado las localizaciones catalanas por unos reconocibles paisajes malagueños.  De hecho, Andalucía y su idiosincrasia particular (ese flamenco y esa Semana Santa siempre subyacente) aportan un sustrato que contemporiza y define una trama que, sin tales aditamentos, podría haberse desarrollado en cualquier otro lugar del mundo.  El tema de la pervivencia del pasado y la irrefrenable recaída hacia la violencia ha servido de base a innumerables thrillers recientes como “Drive”, “Tokarev” o “The Equalizer”, y Maíllo se los ha visto todos y no duda en homenajear sus turbulentas imágenes al son de las marchas semanasanteras arregladas por Joe Crepúsculo.

A pesar de unos errores muy evidentes (a la consabida pésima dicción de Mario Casas se aúna un trabajo de maquillaje y peluquería digno de todo tipo de chistes y burlas) y de las obvias y nada disimuladas referencias a los títulos citados en el párrafo anterior, “Toro” se beneficia de una puesta en escena realmente notable, y de las excelentes interpretaciones de Luis Tosar y un José Sacristán sencillamente impresionante.  Incluso Mario Casas, una vez asumidas sus taras verbales, realiza una interpretación aceptable, sobre todo en lo puramente físico.  Destacar también la presencia de secundarios a tener en cuenta como Claudia Canal, José Manuel Poga, Ingrid García Jonsson o el televisivo Alberto López.

En definitiva, una estimable propuesta que se ve con agrado y que nos demuestra que, cuando queremos, también sabemos realizar thrillers opresivos y violentos que no tienen nada que envidiar a los de otras nacionalidades.

Luis Campoy

Lo mejor:  José Sacristán, la fotografía, el montaje
Lo peor:  la dicción de Mario Casas (bueno, esto ya no es novedad), los horripilantes postizos capilares (¡esas patillas pintadas…!)
El cruce:  “Drive” + “Tokarev” + “The Equalizer”

Calificación:  7 (sobre 10)

lunes, 11 de abril de 2016

Cine actualidad/ “OBJETIVO: LONDRES”

Acción por encima de todo

Hace tres años, se estrenó entre nosotros un film norteamericano llamado “Olympus Has Fallen” que, como suele suceder, nos llegó bajo un título bastante diferente.  “Objetivo: La Casa Blanca” parecía más bien una crónica de las elecciones a la presidencia del Real Madrid, pero en realidad se trataba de la enésima revisitación de la memorable “Jungla de Cristal” willisiana, sólo que trasladando su escenario a la residencia del Presidente de los Estados Unidos.  El caso es que el film, dirigido por el efectivo y efectista Antoine Fuqua, gozó de un apreciable triunfo en taquilla y, como suele suceder en estos casos, los dólares recaudados impulsaron a sus productores a poner en marcha la inevitable secuela.

Durante el funeral de estado del Primer Ministro de Gran Bretaña, muerto en extrañas circunstancias, los dirigentes mundiales reunidos en la capital británica son objeto de un espectacular atentado terrorista que pretende descabezar a toda la sociedad occidental.  Tan sólo el Presidente de los Estados Unidos de América, custodiado por su heroico jefe de seguridad, logrará sobrevivir y plantar cara a los pérfidos atacantes…

Si “Objetivo: La Casa Blanca” me sorprendió muy gratamente fue porque plasmaba una acción trepidante y una violencia indisimulada desde una situación límite desarrollada espectacularmente por su realizador, autor también de “Día de entrenamiento” o “The Equalizer”.  Pero en “Objetivo:  Londres”, Fuqua ya no está al mando, y en su lugar se incorpora el irano-sueco Babak Najafi, quien, a costa de asegurar un nivel medio de entretenimiento, deja de lado cualquier mínimo atisbo de verosimilitud.  Najafi se limita a repetir el mismo esquema del film precedente, minimizando los elementos dramáticos y potenciando el tono de violento actioner.  El papel de Gerard Butler podrían haberlo desempeñado perfectamente tipos duros como Lee Marvin, Jean-Claude Van Damme o un Arnold Schwarzenegger en horas bajas, pues sus actitudes y las tópicas frasecitas pretendidamente graciosas nos recuerdan sin pudor aquel cine ochentero que nos sabe a palomitas y Coca Cola embellecidas en nuestra memoria.

Evidentemente, resulta casi imposible aburrirse durante la proyección de un film como “Objetivo:  Londres”.  Carece de todo tipo de pretensiones, no pretende ser trascendente (¿alguien dijo “Batman v Superman”?) y sólo quiere distraer a costa de explosiones y tiroteos aceptablemente filmados.  Tampoco es mal bagaje.  Y, si nos conformamos con ésto, el precio de la entrada habrá valido la pena.  Cualquier otro tipo de análisis cinematográfico (el guión es una mera concatenación de secuencias de acción hilvanadas por un hilo argumental irrisorio), interpretativo (todos los actores, desde Aaron Eckhart hasta Morgan Freeman, se limitan a gesticular un poco para poder cobrar el cheque), político (los estadounidenses son los únicos capaces de tomar el control de la situación, incluso hallándose en suelo británico) o sociológico (los terroristas, malísimos ellos, son de origen musulmán y su objetivo es putear lo más posible a los perros infieles de Occidente) sería totalmente baldío y estéril.

Luis Campoy

Lo mejor:  el ritmo trepidante, las escenas de acción
Lo peor:  el guión, los diálogos, la caracterización de personajes, la carencia de verosimilitud
El cruce:  “Jungla de cristal” + “The Purge:  Anarchy” + “1997:  rescate en Nueva York”

Calificación:  6 (sobre 10)

lunes, 4 de abril de 2016

Cine actualidad/ "BROOKLYN"

Idílica emigración

Fue una de las candidatas sorpresa a los últimos Oscar, una “tapada” a la que finalmente el Tío Oscar no destapó.  En su momento no pude verla en pantalla grande, pero he tenido la suerte de que el único (multi) cine de mi ciudad la acaba de traer, así que, como suele decirse, más vale recibirla tarde que no haberla visto nunca…

A principios de los años 50 del siglo pasado, una joven irlandesa llamada Ellis Lacey decide partir en busca del sueño americano, al igual que muchos compatriotas que pensaron que Norteamérica podría proporcionarles la libertad y la prosperidad que Irlanda no les otorgaba.  Recién llegada a Brooklyn, Nueva York, intenta abrirse camino en un entorno desconocido, en el que descubrirá el dolor de la nostalgia y el aliento del amor…

Basándose en una novela de Colm Toibin, el conocido novelista Nick Hornby (autor de “Un gran chico” o “Alta fidelidad”) ha escrito el guión de una película que ha llevado al cine John Crowley, irlandés de pura cepa y deseoso de narrar una bella historia sobre la emigración de sus compatriotas.  Para protagonizar la cinta, su primera elección fue Rooney Mara, pero (afortunadamente) la actriz de “Carol” tuvo un problema de agenda y el papel recayó finalmente en la joven Saoirse Ronan (“Expiación”, “Hanna”), de 22 años, que, para más INRI, tenía auténticos ancestros irlandeses.

Desde el primer fotograma, disfruté “Brooklyn” con una sensación que mezclaba el gozo con la incredulidad.  Porque ¿quién era ese tal John Crowley para brindar un espectáculo de tal preciosismo estético, de tal profundidad sentimental?  La conjunción de todos los elementos que conforman la cinematografía (historia, guión, fotografía, música, decoración, vestuario, interpretación) se aúnan durante no pocos minutos para crear un clima que te envuelve en la oscuridad de la sala, que te transporta primero a la verde Irlanda y a continuación a la imponente Nueva York.  Pequeños detalles como la claridad del sonido y, sobre todo, el exquisito mimo en la composición de la paleta de colores, me enamoraron.  Eso sin contar la maravillosa interpretación de Saoirse Ronan, de esas tan magníficas e inolvidables que marcan una carrera.

A pesar de alguna leve concesión a una no demasiado molesta sensiblería, “Brooklyn” es de esas películas que yo hubiera querido disfrutar con mi madre, amante del cine romántico de calidad, y que, dado que eso ya no puede ser, estoy recomendando a aquéllas personas cuya sensibilidad estoy convencido de que les permitiría gozarla.  Sus comentadas cualidades estéticas, el “buenismo” que destila (es lo que los anglosajones denominan una “feelin’ good movie”) y, sobre todo, las acertadas composiciones de Saoirse Ronan, Emory Cohen (el novio italiano), Domhnall Gleeson (el pretendiente irlandés), Julie Walters (la dueña de la pensión) y Jim Broadbent (el simpático cura) aseguran un buen entretenimiento cinéfilo, una gozada para espíritus predispuestos.

Luis Campoy

Lo mejor:  Saoirse Ronan, el color, la fotografía, la música
Lo peor:  alguna pequeña laguna argumental durante su segunda hora
El cruce:  “El Padrino II” + “La hija de Ryan” + “Una cuestión de tiempo”

Calificación:  8,5 (sobre 10)