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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Cine actualidad/ "WHIPLASH"

El precio del triunfo

El otro día, durante la cena de Navidad de nuestro grupo de cine de WhatsApp, la elegimos como la mejor película vista en cine en 2015.  Sin embargo y paradójicamente, todavía no había hablado de ella en este blog, de modo que rápidamente procedo a subsanar tan garrafal error.  Porque, ciertamente, “Whiplash” se merece un comentario…

Andrew Neiman es un joven músico que quiere triunfar a toda costa tocando la batería.  Su sueño es emular a grandes del instrumento como Buddy Rich o “Papa” Jo Jones, pero para ello necesita pulir su estilo en el conservatorio.  Sin embargo, el profesor encargado de adiestrarle tiene una idea muy peculiar acerca de la enseñanza:  la música con sangre entra, y, si quiere lograr la fama, va a tener que pagarla…  con sudor y lágrimas.

Damien Chazelle es un joven realizador estadounidense, que, antes que cineasta, fue batería de jazz.  Su compleja experiencia personal junto a uno de sus profesores fue lo que le llevó a redactar el guión de su segunda película (la primera había sido la desconocida “Guy and Madelaine on Park Bench”, de 2009).  El guión de “Whiplash” estuvo dando vueltas por diversos despachos hasta que Chazelle logró encontrar financiación;  además, como no quería correr el riesgo de malograr un texto tan claramente autobiográfico, antes de realizar el film tal cual lo conocemos, primero rodó un cortometraje, premiado en el festival de Sundance de 2013.

“Whiplash”, la película, se inscribe en el subgénero de biopics que tienen a músicos o cantantes como protagonistas.  Afortunadamente, en este caso las dosis de realismo son mucho más elevadas, al ser el propio guionista y realizador el sujeto cuya vida se nos está narrando.  Ese verismo, esa sinceridad, se perciben durante casi todo el metraje, y digo “casi” porque me temo que en algunos momentos la verosimilitud se excerba un poquitín.  Esas escenas en las que Andrew sangra sobre la batería se me antojan algo exageradas (y las declaraciones de varios músicos así lo atestiguan), pero se lo perdonamos a Chazelle porque no constituyen sino una mistificación derivada de su ardua experiencia, una “licencia creativa” que funciona sin fisuras.  Porque es precisamente la teoría del esfuerzo y la entrega que predica el exigente profesor Fletcher (inconmensurable J. K. Simmons) lo que eleva a “Whiplash” a cotas raramente vistas.  Damien Chazelle es capaz de transmitirnos la ilusión que mueve a su joven alter ego, contagiarnos su espartana dedicación a su instrumento, y luego hacernos partícipes de una espiral de sacrificio, obsesión, ahínco, tenacidad y tesón que nos creemos tan ciegamente que, incluso acabada la película, durante horas todavía seguimos sintiendo la misma tensión que impulsa al protagonista.

Con dos complejas piezas como motor musical de la función (la propia “Whiplash”, de Hank Levy, y “Caravan” de Juan Tizol y Duke Ellington), el film te engancha desde el mismísimo inicio, en el que presenciamos la feroz competencia de Andrew consigo mismo, y enseguida la perversa influencia que sobre él ejerce el maquiavélico profesor Fletcher.  Este último, que ejerce al mismo tiempo funciones de mentor y de enemigo, tiene en J. K. Simmons (el inolvidable J. Jonah Jameson de la trilogía de Spiderman de Sam Raimi) al intérprete ideal:  su mirada de acero, sus gestos paroxísticos y precisos y su giro final, capaz de abandonar la venganza en pos de la ansiada perfección, le depararon a Simmons un justísimo oscar.  Miles Teller, visto en la saga “Insurgente” y en la horrible revisitación de “Los 4 Fantásticos”, encarna con soltura y convicción al sufrido Andrew.  Y un revivido Paul Reiser (aún recuerdo sus carismáticas intervenciones en “Superdetective en Hollywood” o “Aliens, el regreso”) da vida al conformista padre de Andrew.

Fusión excelente de la música, la autoayuda y el cine, “Whiplash” (cuya traducción podría ser “latigazo”) cuenta con una fotografía espléndida y, sobre todo, con un montaje virtuoso que logra captar cada segundo de la peripecia de un joven que, con tal de alcanzar la cúspide del arte, vendió su alma al demonio del más implacable perfeccionismo.

Luis Campoy

Lo mejor:  la música, el montaje, el sonido…  el extraordinario J. K. Simmons
Lo peor:  nada
El cruce:  “Fama + “Cisne negro” + “En la cuerda floja”

Calificación:  9 (sobre 10)

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