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jueves, 31 de diciembre de 2015

Cine actualidad/ "PALMERAS EN LA NIEVE"

Memorias de Guinea

“Tenía una plantación en Africa, al pie del pico de Santa Isabel…”  A nadie le hubiera extrañado que ésas fuesen las primeras palabras que recitase la voz en off con la que se abre “Palmeras en la nieve”, un honorable intento de la cinematografía española por aproximarse al drama épico cuyo paradigma es la inolvidable “Memorias de Africa” del desaparecido Sydney Pollack.  Pero lo cierto es que nuestra historia no transcurre en Kenya, sino en la vieja colonia de Fernando Poo, ubicada en el corazón de Guinea Ecuatorial…

A principios de la década de los cincuenta del pasado siglo, el joven Kilian, acompañado por su hermano Jacobo, emprende viaje hacia Guinea, donde su padre lleva algunos años a cargo de una plantación de cacao.  En una hermosa y sensual Fernando Poo en la que empiezan a soplar vientos de cambio, Kilian estrechará lazos con los españoles allí residentes y, en su intento por implicarse también con sus trabajadores autóctonos, descubrirá las mieles y los peligros inherentes a los amores prohibidos…

Publicada en el año 2012, la novela “Palmeras en la nieve” de la escritora, filóloga y alcaldesa oscense Luz Gabás obtuvo desde el principio muy buenas críticas y, lo que es aún más importante, un importante éxito de ventas.  Su nostálgica descripción del Africa colonial, el modo en que narraba el principio del fin del colonialismo español y, sobre todo, la romántica y desgarradora historia de amor que vivían sus protagonistas, la convirtió en pieza codiciada para una futura adaptación al cine o la rtelevisión.

Producida por Atresmedia (no en vano artífice de una serie con la que guarda no pocas concomitancias, “El tiempo entre costuras”), “Palmeras en la nueve” ha sido realizada por Fernando González Molina, director de taquillazos como “Fuga de cerebros”,  “Tres metros sobre el cielo” o la secuela de ésta, “Tengo ganas de ti”.  González Molina ha acertado de pleno a la hora de rodearse de un equipo técnico de primer nivel, con Xavi Giménez (fotografía), Antón Laguna (diseño de producción) y Lucas Vidal (música) a la cabeza.  También ha sido encomiable la monumental dirección de casting, tanto a la hora de designar a los (muy entonados) actores secundarios como en cuanto a la coordinación de los figurantes nativos.  Sin embargo, es justo en el apartado interpretativo donde “Palmeras en la nieve” empieza a distanciarse de la excelente película que podría haber llegado a ser.  Porque, como ya he dicho alguna vez, cualquier producción con Mario Casas a la cabeza tiene un problema añadido.  Y es que Casas, muy apuesto él, posée una dicción catastrófica que, al menos a mí, me resulta poco menos que imposible de entender.  Por Dios, es que deberían subtitular cada uno de sus parlamentos, en aras de la excelsa labor de tantos y tantos dialoguistas damnificados por lo atropellado de su pronunciación.  En una película siempre son de agradecer los buenos actores de reparto que apoyan y arropan la actuación del protagonista, pero cuando todos y cada uno de ellos se “comen” a éste, es que alguien está haciendo algo mal…

Con una puesta en escena exquisita y una cinematografía que se recrea en la belleza y la fotogenia (aunque, en mi humilde opinión, sobran ciertos desnudos gratuitos), “Palmeras en la nieve" se engrandece con la aportación de enormes intérpretes como Emilio Gutiérrez Caba, Adriana Ugarte, Daniel Grao o Macarena García (¡qué inagotable es la cantera de “Amar en tiempos revueltos”!), con especial mención a esos dos grandes descubrimientos que son Alain Hernández y, sobre todo, Berta Vázquez, una auténtica fuerza de la Naturaleza que se apodera de la pantalla cada vez que aparece.

He oído los primeros rumores acerca de que “Palmeras en la nieve” podría llegar a convertirse en una miniserie que emitiría Antena 3, ya que al parecer se llegó a rodar muchísimo metraje que no se incorporó en el montaje final.  Si es así, me alegraré sobremanera, porque presiento que algunas subtramas tendrán un mayor y mejor desarrollo y porque mi difunto tío Pepe, de profesión guardia civil, estuvo destinado durante largos años en aquella hermosa y cálida Fernando Poo con la que de repente muchos queremos soñar.

Luis Campoy

Lo mejor:  la fotografía, la música…  Berta Vázquez
Lo peor:  la lamentable dicción de Mario Casas
El cruce:  “Memorias de Africa” + “El paciente inglés” + “Australia”

Calificación:  7 (sobre 10)

martes, 29 de diciembre de 2015

2015: 20 PELÍCULAS QUE ME HICIERON AMAR (un poco más) EL CINE.

Dentro de 2 días y de forma irreversible, diremos adiós a un año que, como todos los años, nos ha dejado una estimable cosecha cinematográfica.  Yo he tenido la oportunidad de ver en una pantalla de cine exactamente 106 (ciento seis) películas, incluyendo las que ha proyectado nuestro bienamado Cine Club Paradiso de Lorca, y, en este momento de hacer tantos balances, he pensado dedicar uno de ellos a glosar los films que más me han hecho gozar sentado en la butaca.  Quiero reiterar que sólo incluyo las películas vistas en una pantalla de cine, y que no se trata de un listado de esos tan pretenciosos, en los que los críticos más sesudos se atreven a dogmatizar palabras sagradas.  No, yo hoy me siento un simple aficionado, y lo que voy a hacer es abrir mi alma cinéfila, eligiendo aquellos títulos que más me han complacido, y que, sin duda, son los que más me apetece volver a recuperar, esta vez en formato doméstico.  Obviamente, detectaréis ausencias significativas, y quizás también os sorprenda el orden en que he ubicado todas estas cintas.  Sólo puedo decir que así soy, y no puedo ni quiero ser de otra manera…

  1.   WHIPLASH.  La historia del joven batería dispuesto a subir al cielo de su profesión aun a costa de sacrificar la salud mental y casi la física, ha sido la que más he disfrutado.  Inmenso J.K. Simmons, esforzado Miles Teller y fabulosos la dirección, el sonido y la música.
  2.  NIGHTCRAWLER.  Impresionante.  Con sólo esa palabra, se define lo que fue para mí la cinta de Dan Gilroy, con un sorprendente Jake Gyllenhaal.
  3. MARTE (The Martian).  Ridley Scott en plena forma a los 77 años, Matt Damon en estado de gracia y una historia sobre supervivencia y humanidad narrada con un agradecido sentido del humor.
  4. BIRDMAN.  Para mí, justa ganadora del Oscar a la mejor película, un prodigio de narrativa cinematográfica que además supone la resurrección de un magnífico Michael Keaton.
  5. EL PUENTE DE LOS ESPÍAS.  El Steven Spielberg más solemne, con una puesta en escena clásica y elegante y, de nuevo, un humor inteligente y desdramatizador.
  6. STAR WARS Episodio VII:  El Despertar de la Fuerza.  Aunque me ha gustado menos de lo que me esperaba, no deja de ser una refrescante ración de aventuras galácticas que nos devuelven (demasiado evidentemente) los mejores momentos de la saga.
  7. LA CUMBRE ESCARLATA.  El universo de “Rebeca” y “Suspense” recreado por Guillermo del Toro con un virtuosismo estético que me dejó boquiabierto.
  8.  JURASSIC WORLD.  Vuelta de tuerca a la famosa dinotopía de Spielberg y Michael Crichton, con el hándicap del deja-vu pero con vibrantes efectos especiales.
  9. DESCIFRANDO ENIGMA (The Imitation Game).  Un Benedict Cumberbatch apoteósico en un thriller dramático sobre la guerra, el espionaje y la tolerancia.
  10. EL AÑO MÁS VIOLENTO.  J.C. Chandor se gradúa con honores con este peliculón de estética setentera que tiene en Oscar Isaac a su protagonista ideal.
  11. MAD MAX:  Furia en la carretera.  Esto es puro cine de acción, vibrante y espectacular, y lo demás son tonterías.
  12. KINGSMAN, Servicio Secreto.  Un regalo del cielo, una gozada para los fans de los comics más rompedores e irreverentes.
  13. LOS VENGADORES:  La Era de Ultrón.  Al igual que en lo referente a “Star Wars”, me esperaba algo más de ella, pero el desfile de superhéroes marvelianos es irresistible.
  14. LOREAK (Flores).  Cine vasco intimista y de gran calidad, con un excepcional trabajo de unos actores cuyo doblaje al español, desgraciadamente, no les favorece
  15. PRIDE.  Deliciosa comedia británica en la mejor tradición de la Ealing, aunque con un tono más rupturista.  Otra lección de tolerancia.
  16. EVEREST.  Muy denostada por algunos, me encantó la realización de esta película, que transmite los desafíos, el sacrificio y el espíritu de superación que honran al ser humano.
  17. SICARIO.  Formidable thriller de acción sin concesiones, duro y cruel cuando debe serlo, y siempre excelentemente filmado
  18. UN DÍA PERFECTO.  Otra película de producción española aunque con reparto internacional (con Benicio del Toro y Tim Robbins a la cabeza), que asimismo goza de un perfecto equilibrio entre comedia y drama
  19.  SPECTRE.  El portentoso arranque (15 minutos magistrales) logra redimir los pecados de una última entrega de James Bond tan autorreferencial como previsible
  20. EL DESTINO DE JÚPITER.  Parece que soy el único bicho raro a este lado de la galaxia al que le gustó este entretenido film de los Hermanos Wachowski, una space opera que mezcla sin pudor mil referencias y logra conjuntarlas en un pastiche encantador


Bueno, hasta aquí mi lista, tan personal e intransferible como había advertido.  Como expliqué al comienzo, no son las mejores películas, sino simplemente las que mejor me lo han hecho pasar.  El año que viene, si los Hermanos Lumiére lo quieren, habrá más dosis de evasión y entretenimiento.  Hasta entonces…  HAPPY NEW YEAR!!

lunes, 28 de diciembre de 2015

Cine actualidad/ “EL DESAFÍO (The Walk)”

El hombre sobre el alambre

El 6 de Agosto de 1974, Philippe Petit, un visionario funambulista francés, recorrió sobre un alambre los 42 metros que separaban las dos torres gemelas del World Trade Center, el famoso icono neoyorquino que el odio ciego del terrorismo destruyó un aciago 11 de Septiembre de hace ya catorce años.  Después de que un afamado documental titulado “Man On Wire” reflejase aquel episodio y obtuviese un Oscar por ello, llega ahora la película de ficción que ha rodado el muy imprevisible Robert Zemeckis…

Desde niño, Philippe Petit sueña con desafiar a la gravedad y tender su cable de acrobacias entre dos puntos de soporte que empiezan por ser pequeños y accesibles pero que, paulatinamente, se van haciendo más y más arriesgados.  Cuando, en 1973, el mastodóntico “Centro Mundial del Comercio” se hallaba en la fase final de su construcción, Petit decide que ése ha de ser su mayor y más ambicioso objetivo, sin que la altitud (420 metros de nada) y las férreas medidas de seguridad constituyan un inconveniente…  sino un poderoso aliciente más.

Como dije al principio, la acción principal que narra “El desafío” (estúpido título español para el original “The Walk”, “El paseo”) fue un suceso histórico de amplia repercusión mundial y que, además, contó con un exhaustivo documental que cautivó a la Academia de Hollywood.  Pero una cosa es un reportaje más o menos ameno, y otra cosa bien distinta la creación de una película cuya pretensión es entretener.  Para ello, Zemeckis opta por reservar la hazaña para el climax, dedicando la introducción a narrar la infancia y juventud del tal Petit, y el nudo de la trama a explicar cómo fueron los preparativos de la función.

Para mí, los problemas de “El desafío” comienzan justo al principio:  a partir de la primera aparición del protagonista, Joseph Gordon-Levitt, se apoderó de mí una sensación de irrealidad, que enseguida se tradujo en incredulidad y desconfianza.  Porque, desde mi punto de vista, el maquillador a cargo de la caracterización del actor se ha cubierto de…  gloria.  Esas imposibles lentillas azules y ese pelucón pajizo son de lo peor que he visto en muchos años, y ante un personaje que rezuma impostación y falsedad, cuesta muchísimo empatizar.  Por si fuera poco, Zemeckis echa mano de un arsenal de tópicos que van desde el mundo circense de “Big Fish” al ambiente surrealista de “Amelie”, y todo ello coronado por el hándicap adicional de que los personajes, franceses ellos, hablan entre sí en un absurdo castellano con acento francés (inglés con acento francés en el original).

Por fortuna, en el momento en que Petit y sus colaboradores llegan por fin a Nueva York, el film remonta algo el vuelo, y los preparativos para el “golpe” por fin suscitan nuestro interés.  Eso sí, el hecho de que todos conozcamos cómo acabó todo, imposibilita la existencia de un suspense real, que Zemeckis trata de compensar con el consabido repertorio de vicisitudes que los intrépidos héroes acabarán resolviendo in extremis.  Aquí es donde el film podría haber crecido aún más y donde, sin embargo, acaba por estancarse:  los papeles secundarios son tan secundarios y los actores que los encarnan tienen tan poco carisma, que lo más fácil es desentenderse un poco y aguardar el ansiado final.

Porque, efectivamente, es en el archifamoso desenlace donde “El desafío” logra su objetivo:  hacer que el espectador realice el “paseo” en compañía de Philippe Petit, sintiendo algo parecido a lo que él debió sentir.  En esos veinte minutos, Robert Zemeckis echa mano de todo su arsenal de viejo zorro, y la sabia combinación de picados, contrapicados, travellings e imágenes generadas por ordenador consigue que a muchos se nos encoja el estómago (por no decir otra cosa) mientras vemos cómo el amigo Petit no sólo logra su propósito sino que se recrea desafiante (nunca mejor dicho) en su ejecución.  El abanico de sensaciones (vértigo, ansiedad, desasosiego, incluso pánico) te atrapa y te zarandea y te deja hecho un guiñapo:  ¡chapeau ahí por Zemeckis!

Una experiencia tan realista como la que brindan los últimos minutos de “El desafío” compensa las dudas sembradas al principio, porque precisamente en éso consiste la magia del cine:  utilizar la imagen, la narrativa, la música y la tecnología para hacer que nos teletransportemos a un mundo de ficción en el que lo que sucede a unos desconocidos que ni siquiera existen nos parezca que nos está pasando a nosotros mismos.

Luis Campoy

Lo mejor:  la escena cumbre en las Torres gemelas;  la frescura de Charlotte Le Bon
Lo peor.  la caracterización de Joseph Gordon-Levitt, el nulo atractivo de los personajes secundarios
El cruce:  “Man On Wire” + “Doce del patíbulo” + “King Kong” (1976)

Calificación:  7 (sobre 10)

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Cine actualidad/ "WHIPLASH"

El precio del triunfo

El otro día, durante la cena de Navidad de nuestro grupo de cine de WhatsApp, la elegimos como la mejor película vista en cine en 2015.  Sin embargo y paradójicamente, todavía no había hablado de ella en este blog, de modo que rápidamente procedo a subsanar tan garrafal error.  Porque, ciertamente, “Whiplash” se merece un comentario…

Andrew Neiman es un joven músico que quiere triunfar a toda costa tocando la batería.  Su sueño es emular a grandes del instrumento como Buddy Rich o “Papa” Jo Jones, pero para ello necesita pulir su estilo en el conservatorio.  Sin embargo, el profesor encargado de adiestrarle tiene una idea muy peculiar acerca de la enseñanza:  la música con sangre entra, y, si quiere lograr la fama, va a tener que pagarla…  con sudor y lágrimas.

Damien Chazelle es un joven realizador estadounidense, que, antes que cineasta, fue batería de jazz.  Su compleja experiencia personal junto a uno de sus profesores fue lo que le llevó a redactar el guión de su segunda película (la primera había sido la desconocida “Guy and Madelaine on Park Bench”, de 2009).  El guión de “Whiplash” estuvo dando vueltas por diversos despachos hasta que Chazelle logró encontrar financiación;  además, como no quería correr el riesgo de malograr un texto tan claramente autobiográfico, antes de realizar el film tal cual lo conocemos, primero rodó un cortometraje, premiado en el festival de Sundance de 2013.

“Whiplash”, la película, se inscribe en el subgénero de biopics que tienen a músicos o cantantes como protagonistas.  Afortunadamente, en este caso las dosis de realismo son mucho más elevadas, al ser el propio guionista y realizador el sujeto cuya vida se nos está narrando.  Ese verismo, esa sinceridad, se perciben durante casi todo el metraje, y digo “casi” porque me temo que en algunos momentos la verosimilitud se excerba un poquitín.  Esas escenas en las que Andrew sangra sobre la batería se me antojan algo exageradas (y las declaraciones de varios músicos así lo atestiguan), pero se lo perdonamos a Chazelle porque no constituyen sino una mistificación derivada de su ardua experiencia, una “licencia creativa” que funciona sin fisuras.  Porque es precisamente la teoría del esfuerzo y la entrega que predica el exigente profesor Fletcher (inconmensurable J. K. Simmons) lo que eleva a “Whiplash” a cotas raramente vistas.  Damien Chazelle es capaz de transmitirnos la ilusión que mueve a su joven alter ego, contagiarnos su espartana dedicación a su instrumento, y luego hacernos partícipes de una espiral de sacrificio, obsesión, ahínco, tenacidad y tesón que nos creemos tan ciegamente que, incluso acabada la película, durante horas todavía seguimos sintiendo la misma tensión que impulsa al protagonista.

Con dos complejas piezas como motor musical de la función (la propia “Whiplash”, de Hank Levy, y “Caravan” de Juan Tizol y Duke Ellington), el film te engancha desde el mismísimo inicio, en el que presenciamos la feroz competencia de Andrew consigo mismo, y enseguida la perversa influencia que sobre él ejerce el maquiavélico profesor Fletcher.  Este último, que ejerce al mismo tiempo funciones de mentor y de enemigo, tiene en J. K. Simmons (el inolvidable J. Jonah Jameson de la trilogía de Spiderman de Sam Raimi) al intérprete ideal:  su mirada de acero, sus gestos paroxísticos y precisos y su giro final, capaz de abandonar la venganza en pos de la ansiada perfección, le depararon a Simmons un justísimo oscar.  Miles Teller, visto en la saga “Insurgente” y en la horrible revisitación de “Los 4 Fantásticos”, encarna con soltura y convicción al sufrido Andrew.  Y un revivido Paul Reiser (aún recuerdo sus carismáticas intervenciones en “Superdetective en Hollywood” o “Aliens, el regreso”) da vida al conformista padre de Andrew.

Fusión excelente de la música, la autoayuda y el cine, “Whiplash” (cuya traducción podría ser “latigazo”) cuenta con una fotografía espléndida y, sobre todo, con un montaje virtuoso que logra captar cada segundo de la peripecia de un joven que, con tal de alcanzar la cúspide del arte, vendió su alma al demonio del más implacable perfeccionismo.

Luis Campoy

Lo mejor:  la música, el montaje, el sonido…  el extraordinario J. K. Simmons
Lo peor:  nada
El cruce:  “Fama + “Cisne negro” + “En la cuerda floja”

Calificación:  9 (sobre 10)

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cine actualidad/ “Star Wars, Episodio VII: EL DESPERTAR DE LA FUERZA”

(ATENCIÓN: ESTE ARTÍCULO CONTIENE TODOS LOS SPOILERS HABIDOS Y POR HABER.  ESTÁIS AVISADOS).

Desmesurada euforia galáctica

Y llegó el gran día.  El diecisiete de diciembre de dos mil quince, una hora antes del momento fijado para el gran estreno (00:00 de la noche), yo ya estaba ante las puertas del cine.  Yo…  y un montón de frikis galácticos más.  Treinta y dos años después de “El retorno del Jedi” y diez años después de “La venganza de los Sith”, la saga galáctica creada por George Lucas, una de las franquicias cinematográficas más populares de todos los tiempos, iba a tener continuación...

Me sentía excitado por conocer a los nuevos personajes, y sobre todo, ansioso por reencontrar a los queridos actores ya veteranos (ansioso pero también temeroso, ya que, como reseñé en un artículo anterior, los rumores apuntaban a que uno o varios de ellos perecerían en “El despertar de la fuerza”).  Cuando, tras una apabullante oleada de publicidad y trailers, apareció por fin en la pantalla el logotipo de Lucasfilm Ltd., toda la muchedumbre empezamos a aplaudir como los críos que, en el fondo de nuestros corazones, continuábamos siendo.  Y, al comenzar los acordes de la fanfarria de John Williams, confieso que me sentí transportado al paroxismo.

Pero…  ay…  ¡qué efímera es la felicidad completa…!  En los títulos de crédito (los míticos e insustituibles títulos de crédito marca de la casa) se nos dice que “la ahora General Organa ha enviado a su mejor piloto para hacerse con los planos de la localización de Luke Skywalker”, y, nada más comenzar la acción, descubrimos que dicho piloto no es sino Poe Dameron (Oscar Isaac), que posée un androide llamado BB-8 y se ha desplazado hasta el planeta Jakku para entrevistarse con un anciano llamado Lor San Tekka (Max Von Sydow), que al parecer es quien conoce el paradero de Skywalker.  En principio, escuché lo que hablaban y pensé:  “No, no puede ser, estos diálogos deben estar mal traducidos”;  lo que decían, tan simple y tan infantil, me dejó momentáneamente tocado, pero decidí, cómo no, olvidarme y disfrutar la película.  Enseguida, aparecen las huestes de la Primera Orden (es decir, el mismo viejo Imperio Galáctico pero con un nombre nuevo) y Dameron (recordémoslo:  el mejor piloto de la galaxia) se sube a su caza…  pero es absolutamente incapaz de hacerlo despegar.  Tras una breve e insulsa escaramuza, es capturado por los primerordianos, y entonces aparece el nuevo gran villano de la franquicia, Kylo Ren (Adam Driver).  De Kylo sabemos (porque hemos visto su aspecto en mil fotos y en decenas de trailers) que es el obvio sucesor de Darth Vader:  vestido de negro, con una máscara amedrentadora, una capa y una espada láser de luz roja;  y, oh, inmensa originalidad, su primera aparición se produce caminando rodeado de soldados de asalto, con la voz distorsionada por la máscara, y luciendo su malvada personalidad sin ton ni son:  “¿Qué hacemos con los aldeanos?”  “¡Matadlos!” (es obvio que las minas de Kessel ya no necesitan mano de obra esclava, ¿no?).  Kylo Ren mantiene con Lor San Tekka otro cara a cara igual de insignificante que el primero (lo que se dicen es tan insulso que enseguida se olvida), y entonces ¡zas! el veteranísimo Max Von Sydow (recordémoslo:  actor fetiche de Ingmar Bergman, el Emperador Ming de “Flash Gordon” o el Rey Osric de “Conan el Bárbaro”) termina su participación en la película sin haber hecho nada importante y sin haber dicho nada que merezca la pena escuchar.  Esta misma secuencia sirve para que conozcamos a otros dos nuevos personajes:  la Capitana Phasma (Gwendoline Christie), una mujerona de casi dos metros de altura, de la que sólo sabemos que es mujer porque tiene la voz algo atiplada y en la coraza parece lucir la remota forma de un par de pechos;  y, sobre todo, Finn, un soldado al que le han comido la cabeza para que sea una máquina de matar desprejuiciada, pero que se rebela ante la evidente perversidad de los malos de la peli.  Kylo Ren interroga a Dameron (Mmm… el villano vestido de negro interrogando a uno de los buenos…  No sé, como si me sonara de algo…) hasta conseguir sacarle que los planos que le dio Tekka no los escondió en una campana extractora Teka, sino en el vientre metálico de BB-8 (espera, unos planos dentro de un androide…  ¿dónde he visto yo ésto antes…?).  Pero Finn, que está deseando redimirse y hacer algo bueno (lo que sea) por alguien (quien sea), ayuda a escapar a Dameron y ambos roban un tie fighter, con el que acaban estrellándose en las dunas de Jakku.  Es en este mismo planeta donde también vive la gran esperanza blanca de la nueva trilogía, Rey (Daisy Ridley), no un rey sino toda una reina de bondad, valor y ternura, condenada a vivir huérfana en un mundo desértico y polvoriento, capaz de entender los pitidos cibernéticos de un androide pero desconocedora de que posée unos poderes fabulosos (¿Cómorrr…?  ¿Todo ésto no me suena también…?).  Rey y Finn se hacen amigos del alma en un pis-pas, y adoptan a un BB-8 entristecido porque parece que a Poe Dameron (literalmente) se lo ha tragado la tierra.  Tratando de escapar de las fuerzas imperiales (perdón, de la Primera Orden), se introducen en una nave a la que definen como “montón de chatarra” (¡Sííííííí, lo habéis adivinado, es el Halcón Milenario!) y, sorprendentemente, vuelan como si llevaran años pilotándola, sólo para ser capturados por un par de contrabandistas, que son…  ¡oh, casualidad!... ¡Han Solo y su felpudo amigo Chewbacca!.  Que sí, que me ericé de pies a cabeza cuando ví a Harrison Ford y me derretí de placer cuando le ví actuar, pero…  ¿de verdad puede creerse alguien que, en la inmensidad de una galaxia, la nave espacial más molona va a ser interceptada a las primeras de cambio precisamente por sus más carismáticos tripulantes, que hace años que la dieron por perdida…?.  Nos habíamos olvidado de Kylo Ren, pero al muchacho le vemos acompañado de un estirado militar llamado General Hux (Domhnall Gleeson, cuya técnica interpretativa consiste en meterse por el culo el palo de la escoba para parecer lo más rígido posible), platicando con el holograma de un tío muy grande y muy feo que parece ser el sucesor del Emperador Palpatine:  el Líder Supremo Snoke (fíjate, con apenas un par de pinceladas ya sabemos que es malo, que es líder y que, como es supremo, ningún otro liderucho de pacotilla le hace sombra;  estos guionistas son hábiles de cojones).  A Snoke (¿On The Water?) le da vida Andy Serkis, así que no es de extrañar que ande a la búsqueda de un tesoro (no un anillo, sino la ubicación de Luke Skywalker) y que esté al loro en cuanto a poderes místicos (al parecer, controla la Fuerza que te cagas), de modo que, cuando Snoke se queda a solas con Kylo (estos Sith… qué originales…  siempre maestro y discípulo por ahí juntitos), le cuenta que el droide que buscan está ahora en posesión de Han Solo…  ¡su padre!.  Tamaña revelación, que debería haber sido de lo más dramática y venir acompañada de una música trascendental, se nos presenta como si lo que se nos estuviera diciendo es que le duele horriblemente el juanete de su holográfico dedo del pie, así que nos quedamos más bien helados.  La acción se traslada al castillo en el que tiene su cubil una tal Maz Kanata (voz y gestos de Lupita Nyong’o), quien parece el resultado de un romance interracial entre Yoda y una hembra de E.T.  En el escondite de Kanata se acumulan cientos de criaturas a cual más monstruosa, incluyendo a los miembros de la orquesta (¿copia de la cantina de Mos Eisley…?  No, hombre, no seáis mal pensados…).  Finn les pide a un par de piratas espaciales malencarados que le lleven con ellos, y cuando Rey le pregunta por qué diantres quiere largarse de un garito tan sofisticado, se inicia entre ambos un diálogo para besugos que culmina con una hermosa frase de Finn:  “Tú me miraste como nadie nunca me había mirado” (y Rey piensa para sus adentros:  “Pero ¿qué dices, pringao?  Si cuando te conocí, ni siquiera te miré y lo único que hice fue liarme a darte de hostias con mi vara”).  Rey abre un baúl y en su interior encuentra nada menos que la espada láser de Luke Skywalker, y, al tocarla, le vienen a la mente decenas de imágenes oníricas que ni Dios sabe lo que significan, pero que en pantalla quedan muy chulas.  En ese preciso instante, la Primera Orden aterriza ante ellos y, después de una grimosa pelea con Rey, Kylo Ren se lleva a esta última con fines poco claros.  También las tropas de la Alianz…  perdón, de la Resistencia se dejan caer por el mismo planeta, de repente muy popular en la galaxia.  Al frente de éstas, vemos a la Princesa Leia, que ahora se hace llamar General Organa:  en el rostro de Leia se pueden leer los inmensos sufrimientos que ha tenido que afrontar, durante las interminables jornadas de tortura ante Darth Plastic, un histérico cirujano loco que la ha sometido a innombrables experimentos (y es que la deplorable cirugía que se ha hecho Carrie Fisher tiene que haber sido forzosamente en contra de su voluntad).  Han y Leia se reencuentran y reviven su amor intercambiándose unas cuantas sandeces sonrojantes, pero nuestros amigos los guionistas nos hacen el favor de llevarnos a otro escenario:  el General Hux (doblado al español por el pregonero del pueblo de al lado), arenga a sus tropas con un discurso firmado por el jefe de prensa de Hitler, y, como colofón, la estación espacial Starkiller, el último juguete cósmico de la Primera Orden, emite un rayo desintegrador que reduce a cenizas a la capital Coruscant y, junto a ella, a toda la República.  Como tales villanías no se pueden consentir, el alto mando de la Resistencia decide organizar una misión (¿imposible?) liderada por Finn, Han, Chewbacca y Poe Dameron, que al final no estaba muerto y, recordémoslo, tiene fama de ser el mejor piloto de la galaxia.  Antes de partir, Leia le pide a Solo que no vuelva solo, sino que se traiga a casa a su hijo pródigo, o sea, Kylo Ren, el cual está interrogando a Rey pero no logra sonsacarle una mierda.  Han, Finn (Huckleberry no, el otro) y el resto de los rescatadores llegan al planetoide que alberga la Starkiller y en el que hace un frío de la muerte.  En un decorado que sin duda ha diseñado el mismo equipo de interioristas de “El Imperio contraataca”, Han Solo se encuentra con su querido retoño, y le convence para que se quite la máscara.  El resultado es sobrecogedor:  Kylo se las da de guaperas, con una melenita en plan Jon Nieve y tal, pero tiene un pedazo de nariz que tira pa’trás.  A pesar de éso, Han le pide que vuelva a casa por Navidad, pero el muy hijoputa (es un decir, porque Leia es una santa) enciende su espada láser cruciforme y se la clava (la espada) a su progenitor, que muere tratando aparentemente de acariciar al parricida, aunque todos sabemos que lo que quería en realidad era meterle el dedo a Ren en su inmensa napia.  Por si esto fuera poco, Kylo también intenta eliminar a Finn y Rey, pero éstos, con sólo tocar la espada de luz de Luke Skywalker, reciben una descarga de conocimiento instantáneo que les permite luchar como consumados esgrimistas Jedi sin haber entrenado ni nada.  Finn y Kylo resultan heridos, y Rey se lleva a Finn a bordo del Halcón Milenario (a Ren, que le den), mientras que Poe y sus colegas pilotos torpedean la Starkiller, que era tan poderosa que unos cuantos proyectiles la convierten en fosfatina (esto creo que nos suena a todos también).  Cuando parece que todo se ha acabado y ya va a sonar la musiquita del final, Rey se monta de nuevo en el Halcón Milenario y Chewbacca la lleva a un sitio muy lejano que se parece sospechosamente a una isla irlandesa.  En lo alto de un monte hay una especie de monasterio, y Rey se tiene que pegar la jartá de subir seiscientos peldaños de nada.  Una vez arriba, resulta que hay un fulano que está de espaldas y lleva una capucha, y cuando el tipo se da la vuelta y se descubre, descubrimos que se trata de Luke Skywalker (aunque lo cierto es que también podría ser cualquier otro, pues Mark Hamill está tan viejo y tan barbudo que nunca se sabe...).  Rey, que ya sabemos que es muy buena persona, ha venido simplemente a traerle a Luke su querida espada láser, y, mientras el último Jedi vivo se piensa si cogerla o no, la cámara se pone a dar más vueltas que una peonza, hasta que el operador ya está tan mareado que tiene que irse a vomitar, y entonces sí se acaba la peli y suena esa música que antes no había sonado….

No sé por qué me ha dado por narrar el argumento de “El despertar de la Fuerza” de un modo tan irónico y socarrón, porque lo cierto es que la película me gustó.  Juro que me gustó.  Sin embargo, sus indiscutibles aciertos no consiguieron hacerme obviar sus evidentes y muy molestos errores:  un guión endeble y lleno de tópicos de principio a fin, unos diálogos de traca y, especialmente, una sensación de “deja vu” que no puede ser imaginaria.  Cuando anoche, tras compartir nuestras opiniones, un amigo me dijo que lo que pasaba era que “yo no había visto la película con los ojos de un fan” y que simplemente “se trata de una opereta especial” a la que no hay que buscarle las cosquillas, supongo que decidí rebelarme.  Porque yo soy tan fan como cualquiera, porque yo, como todo el mundo, fui a ver “El despertar de la Fuerza” con el firme propósito de divertirme y no con la pretensión de descubrir una joya cinematográfica…  Entonces, ¿qué significa ese concepto (comúnmente generalizado) de “producto para fans”?  ¿Qué los fans son un hatajo de gilipollas hipnotizados y sin mente?  ¿Que, cuando uno es ferviente devoto de una cosa, hay que ponerse de rodillas y adorarla sacrosantamente sin poder reconocer sus fallos?  Yo digo que no, y estoy convencido de que no.  Precisamente es cuando amas algo, cuando más necesario es que seas sincero y crítico, con el fin de que puedan perfeccionarse las imperfecciones y subsanarse las anomalías.  Así es como se progresa.  Así es como se aprende.  Y, aunque yo ni quiero ni puedo enseñarle nada al señor J.J. Abrams, sí me doy cuenta de que, en su aún corta carrera como director de cine, este caballero sólo ha filmado cinco películas (“Misión Imposible III”, dos entregas de “Star Trek”, “Super 8” y la presente “El despertar de la Fuerza”), y, de ellas, cuatro son secuelas y la quinta es una especie de remake encubierto de “Los Goonies”.  Es decir, el hombre es muy hábil con la cámara y el montaje, pero la originalidad y la innovación no son precisamente lo suyo.  Es más, resulta evidente que las auténticas motivaciones de los guionistas no consisten en pergeñar un relato coherente y bien hilvanado, sino en construir un monstruo de Lucastein (aunque Lucas ya no sea el productor) a base de piezas tomadas de aquí y de allá, que contente a los fans (siempre los fans) con una infalibilidad del 99,9 % y que, de paso, les permita vender toneladas de merchandising.  A mí todo éso me parece muy bien, pero me pasé la mayor parte del metraje inquieto e irritado ante el aluvión de imágenes y conceptos copiados y reciclados, algo que me parece impropio de una superproducción de estas características.  Lo mismo me sucedió en “Spectre”, la última de James Bond, y que adolece de idéntico defecto:  confiar a la nostalgia lo que la creatividad no sabe lograr.

En mi (humilde y no solicitada) opinión, el inicio de esta nueva trilogía debería haberse sustentado en personajes e historias completamente nuevas, que tuvieran a la Fuerza y al Bien y el Mal como únicos nexos de unión.  Remover el pasado puede tener éxito (la millonada que Disney piensa sacar de todo este tinglado va a contabilizarse en cifras de muchos dígitos), pero de cara al futuro, ¿qué aporta?.  Pongo como ejemplo al incomparable Harrison Ford:  en el instante en que su mítico Han Solo aparece en pantalla, la película crece exponencialmente, pero su carisma es un arma de doble filo:  cuando él no está, el film decae ostensible e irremisiblemente.

En relación a lo que aducía sobre los fallos de guión, creo que son tanto o más graves que la falta de originalidad.  A los indescriptibles diálogos que jalonan negativamente la trama (en serio, queridos fans, volved a ver la película, una vez superado el orgasmo inicial, y recreáos en escuchar las frases que se intercambian los personajes), hay que sumar las increíbles incongruencias narrativas.  Lo de que el Halcón Milenario, ahora tripulado por Rey y Finn, de entre todos los miles de millones de posibles captores, vaya a parar precisamente a las manos de Han Solo y Chewbacca, es una estupidez tan enorme que ningún argumento puede justificarla.  Que Finn y Rey sean capaces de manejar una espada láser con la misma soltura que Kylo Ren, que es un aprendiz de Sith y, por lo tanto, lleva años entrenando, es una bobada monumental.  En cuanto a lo de la estación espacial Starkiller, una nueva Estrella de la Muerte aparentemente más mortífera que las anteriores, hasta me resulta indignante:  ¿siete películas de “Star Wars”, y en tres de ellas el desenlace consiste en que los pilotos rebeldes, a bordo de sus X-Wings, deben introducirse en una estrecha trinchera desde la que disparar sus torpedos?  Vamos, hombre, ¿se ha acabado toda la imaginación en la galaxia?  Y además está lo de los personajes desperdiciados.  Que el desmesurado protagonismo que adquiere Han Solo opaque a los otros veteranos (Leia, C3PO, R2-D2, el mismo Luke) es comprensible, pero ¿y los nuevos (co-)protagonistas?  ¿Qué es lo que hace realmente Oscar Isaac/Poe Dameron?  De él sólo sabemos que se dice que es un gran piloto (el mejor), pero su peso específico en la acción es nulo.  ¿Y la Capitana Phasma?  Tanto aparecer en carteles y afiches, y resulta que su relevancia es cero.  Por no volver a incidir en lo de Max Von Sydow, cuyo absurdo papel fue lo que me hizo despertar de mi ensoñación ojiplática.  Penoso el trabajo en el guión de J.J. Abrams y el excelso Lawrence Kasdan (co-guionista veterano de “El Imperio contraataca” y “El retorno del Jedi”), quienes se limitan a estropear el libreto original de Michael Arndt;  evidentemente, todo lo supeditan a las próximas secuelas, ignorando el célebre refrán que reza “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.  Capítulo aparte se merece la banda sonora de John Williams.  Cuando arranca su fanfarria, no puede haber mayor explosión de gozo en una sala de cine, pero el Maestro, que ya tiene 83 años, se limita a reiterar los famosísimos motivos compuestos hace casi cuarenta años, y los temas nuevos o no existen o se quedan en simples apuntes que no sabe desarrollar.  Me chocó especialmente el abuso machacón del “Tema de la Fuerza”, que, de tanto oírlo, pierde su sentido dramático.

En la parte positiva, hay que reconocer que “El despertar de la Fuerza” está bien planificada y rodada (contando, además, con escenarios reales y una sensación de fisicidad palpable, algo de lo que carecía la última trilogía que nos ofreció George Lucas, convencido de que, con un buen ordenador a mano, ya no habría que preocuparse de nada más), que su acabado visual es ciertamente apabullante y que, como decía antes, no sólo sabe explotar la nostalgia con éxito, sino que consigue que volvamos a sentirnos como niños que quieren ser pilotos y liberar al mundo de la tiranía.  Esto es un acierto difícil de lograr, y como tal, hay que reconocérselo.

Luis Campoy

Lo mejor:  Daisy Ridley, la gran revelación;  la innegable habilidad para desplegar un horizonte de fantasía
Lo peor:  los infumables diálogos;  el molesto y continuado copia-pega
El cruce:  “La guerra de las galaxias” + “El Imperio contraataca” + “El retorno del Jedi”

Calificación:  7 (sobre 10)

martes, 15 de diciembre de 2015

¡Que la Fuerza nos acompañe!

Conforme se acerca la fecha mágica del viernes, día dieciocho de diciembre de 2015 (y siempre y cuando consiga mantenerme alejado de inoportunos e indeseados spoilers provenientes de los afortunados que anoche pudieron presenciar la premiere mundial en Los Angeles), mi nerviosismo de friki galáctico cincuentón crece y crece en incesante aumento.  Al fin y al cabo, hace ya 32 años que Han Solo, Luke Skywalker y la Princesa Leia nos dijeron adiós al final de “El Retorno del Jedi”, y la verdad es que nunca esperé que alguna vez regresaran.  El propio creador de la saga, George Lucas, siempre sostuvo que se sentía demasiado viejo como para rodar la trilogía que continuaría a la original, porque lo que más le interesaba era contar el origen de los personajes protagonistas, con especial relevancia para el superlativo villano Darth Vader.

La segunda trilogía estrenada (la que transcurre cronológicamente en primer lugar) debutó en los cines en 1999, y se despidió en 2005, dejando a los fans un sabor de boca agridulce.  Desde luego, no consiguió hacerle sombra a la tripleta original, por más que, en mi opinión, el Episodio III (“La Venganza de los Sith”) lograse rayar, en algunos pasajes, a mayor altura que el VI (el ya citado “El Retorno del Jedi”).  De las seis películas conservo entrañables recuerdos que me las hacen aún más memorables:  la rueda de un coche pisoteándome el pie mientras aguardaba en una larguísima cola para ver “La Guerra de las Galaxias” (actual Episodio IV) ante el Cine Chapí de Alicante;  acudir a ver “El Imperio Contraataca” provisto de la revista oficial del film, en la que no dudaban en destriparte la paternidad más secreta de todo el universo;  un viernes de instituto, “fumarme” todas las clases de la tarde para ser el primero ante la taquilla del Cine Navas en el que se iba a proyectar “El Retorno del Jedi”;  mucho después, llevar a mi hijo, con sólo diez mesecitos, al desaparecido cine Don Diego de Lorca, para que “la Amenaza Fantasma” (Episodio I) fuese la primera película que viese en su vida;  un apresurado viaje a Murcia para ver “El Ataque de los Clones” durante una inacabable jornada de compras;  y, finalmente, mi padre perdiéndose entre la muchedumbre que abarrotaba la sala a la que acudimos a ver (¡qué tiempos aquéllos!) “La Venganza de los Sith”).

Yo, y casi todos los “warsies” (fans de “Star Wars”) dábamos por hecho que la única forma de continuar compartiendo la Fuerza sería viendo las viejas películas una y otra vez, mirando series de televisión como “The Clone Wars”, jugando a los videojuegos oficiales de Lucasfilm, leyendo las novelas y comics que conforman el “universo expandido” o, los más afortunados, asistiendo a alguna de las múltiples convenciones que se celebran a lo largo del mundo.  Sin embargo, de repente un día se produjo un anuncio impactante:  Walt Disney Pictures había comprado a George Lucas todas sus creaciones, y lo primero que se proyectaba realizar era una nueva trilogía galáctica.


Yo estaba seguro de que todos y cada uno de los personajes de la trilogía clásica quedarían obviados en las nuevas películas, pero cuál fue mi sorpresa cuando se anunció que casi todos los intérpretes originales (Harrison Ford, Mark Hamill, Carrie Fisher, Peter Mayhew, Anthony Daniels y Kenny Baker) se habían comprometido con el director asignado al proyecto, J.J. Abrams para repetir sus papeles.  Eso sí, los veteranos servirían poco menos que de apoyo a las nuevas estrellas Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac y Domhnall Gleeson, quienes ostentarán el mayor peso específico en la historia.  Y a la chita callando, o sin querer queriendo, incluso uno que no quería saber nada del argumento de la película que ha generado más expectación en la Historia del Cine, ha acabado por leer aquí y allá lo que pueden no ser más que aviesos rumores, o bien auténticos spoilers producto de alguna filtración.  Lo cierto es que, desde que se divulgó el primer tráiler hace ¡un año!, he tenido tiempo de convencerme de mis propias convicciones y de sacar mis propias conclusiones, las cuales se harán realidad (o no) en poco más de cuarenta y ocho horas, cuando verifique si es cierto que Rey (Ridley) y Kylo Ren (Driver) son hermanos e hijos de Luke Skywalker;  si es verdad que Finn (Boyega) tuvo como padre a Lando Calrissian;  y si, como me temo y no desearía, Han y Chewie pasan a mejor vida luchando heroicamente contra la Primera Orden, la malvada prolongación del defenestrado Imperio Galáctico.  Todo ésto que digo son meras elucubraciones que espero que no sean ciertas, porque soy simplemente un fan talludito que está deseando que la Fuerza vuelva a transportarle a una galaxia muy, muy lejana en la que vuelve a escucharse la maravillosa fanfarria de John Williams mientras una gigantesca nave pasa majestuosa ante la vista de un espectador que vuelve a sentirse un niño que se permite creer en la magia… del cine.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Cine actualidad/ "EL PUENTE DE LOS ESPÍAS"

Qué fría es la guerra fría…

Diríase que hemos regresado a la década de los 70…  concretamente a 1977.  Aquel año, George Lucas presentaba su gloriosa “La Guerra de las Galaxias”, en tanto que su colega Steven Spielberg estrenaba la injustamente olvidada “Encuentros en la tercera fase”.  Treinta y ocho años después, Lucas vuelve a la carga con el séptimo episodio de la saga “Star Wars” (si bien es cierto que no lo dirige ni produce, al haber vendido los derechos de su criatura a la todopoderosa Disney), mientras que Spielberg nos trae su penúltimo film, “El puente de los espías”.

Estados Unidos, 1957.  En plena Guerra Fría, un espía soviético encubierto es detenido y su defensa encomendada, por pura corrección política, a un abogado especializado en seguros, cuya existencia, no obstante, se verá bruscamente alterada, al considerar sus conciudadanos que está protegiendo a un enemigo de América.  Cuando un piloto norteamericano es derribado tras el Telón de Acero, la posibilidad de realizar un intercambio se antojará la opción más conveniente para ambas partes…

Ya he comentado alguna vez el trato injusto que han venido recibiendo los últimos estrenos de Steven Spielberg, quien, no lo olvidemos, es no sólo el realizador/productor  más exitoso de Hollywood, sino además uno de los mejores director en activo.  A los 68 años, Spielberg se merece un respeto que casi nunca se le confiere, y sus películas no sólo no gozan de la promoción necesaria, sino que su nombre aparece en caracteres tan diminutos en los carteles, que hay que utilizar una lupa para apreciarlo.  El caso es que el genio de Cincinatti sigue en activo (este año ha rodado no una sino dos películas), y la comunidad cinematográfica estadounidense continúa pugnando por trabajar con él.  Para “El puente de los espías”, el creador de “E.T.” se ha basado en un guión original de Matt Charman que posteriormente han revisado los famosos Hermanos Coen.  No es la primera vez que don Steven nos narra sucesos reales (recordemos “Salvar al soldado Ryan”, “La Lista de Schindler”, “Munich” o la reciente “Lincoln”), pero su forma de concebir el cine hace que hasta a una historia intimista le aplique su toque espectacular e inconfundible.

Nuevamente con dirección de fotografía del polaco Janusz Kaminski, el aspecto visual de “El puente de los espías” se merece todos mis loas y parabienes.  El modo en que retrata la luminosidad natural (a veces hasta extremos tan arriesgados como bellos) parece remitir a un estilo de cine que ya no se lleva, a una época en la que todo era más puro y auténtico.  El vestuario y la dirección artística no le andan a la zaga, y la banda sonora de Thomas Newman (que sustituye al habitual John Williams, ocupado con la nueva entrega de “Star Wars”) es un digno acompañamiento sonoro.  En la parte actoral, Spielberg y Tom Hanks repiten juntos una vez más, y Hanks se convierte en el heredero directo del James Stewart de “Caballero sin espada”, el garante de la honestidad y la dignidad frente al miedo y la intolerancia.  El poco conocido Mark Rylance realiza un papelón encarnando al espía soviético, conciso en los gestos y en las palabras pero preciso en las miradas que le definen.

Amo el cine de Steven Spielberg y me encantaría poder decir que esta película es la culminación de su arte, una obra maestra inigualable.  Mas afirmarlo sería una exageración.  “El puente de los espías” es una buena película, inteligente y emotiva, narrada con un punto de grandilocuencia y que se beneficia de un encomiable sentido del humor que aparece en los momentos más insospechados.  Con todo, no pretende ser la mirada definitiva sobre la Guerra fría ni sobre el subgénero de espionaje, y yo diría que adolece de cierta frialdad, de una asepsia desapasionada que acaba contagiando al espectador.

Luis Campoy

Lo mejor: la sensacional fotografía de Janusz Kaminski
Lo peor:  la (innecesaria) escena del accidente aéreo, risible y ridícula
El cruce:  “Topaz” + “Operación UNCLE”

Calificación:  8 (sobre 10)