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lunes, 23 de marzo de 2015

El día que murió la música

“No recuerdo si lloré
cuando leí acerca de esa novia enviudada,
pero algo me tocó aquí adentro
el día que murió la música”

Los versos arriba citados pertenecen a la canción “American Pie”, compuesta por Don McLean en 1971, y en la que rememoraba un trágico suceso que conmovió a la industria del rock’n’roll a finales de los años 50 del siglo pasado.  Como muchos otros, McLean pensaba que a veces el caprichoso destino trunca las carreras más prometedoras, y que los que se quedan tal vez nunca llegarán a las cotas que los fallecidos hubieran podido alcanzar…

A mediados de 1955 y cuando contaba apenas 19 años de edad, un joven músico llamado Charles Hardin Holley estaba llamado a convertirse en la alternativa más sólida a Elvis Presley.  Con el seudónimo de Buddy Holly, el muchacho estaba abriéndose camino y las compañías discográficas empezaban a rifárselo, al tiempo que él abandonaba diversos dúos y tríos para liderar su propia formación, “Buddy Holly y los Crickets”.  Los éxitos se sucedían, y sus singles “That’ll Be The Day” y, posteriormente, “Peggy Sue”, ascendieron a las primeras posiciones de las listas de ventas.


Paralelamente, un chico de ascendencia mexicana llamado Ricardo Esteban Valenzuela Reyes, conocido artísticamente como Ritchie Valens, saboreaba las primeras mieles de la gloria con sus sencillos “Donna” y sobre todo “La Bamba”, un huracán proveniente del país de sus ancestros que Valens interpretaba a ritmo de rock.  Ritchie (de dieciséis años) había conseguido lo impensable hermanar la música popular chicana con el rock and roll, y lograr que todo tipo de públicos disfrutaran de ella.



El tercer vértice de nuestro triángulo era Jiles Perry Richardson, un disc jockey y cantante de Texas quien, bajo el sobrenombre de The Big Bopper, se hizo muy popular con el tema “Chantilly Lace”, que en 1958 fue la tercera canción más escuchada en las radios de Estados Unidos.



El caso es que, tras una temporada de sequía artística y de ausencia de éxitos, Buddy Holly se separó de su banda The Crickets y, a requerimiento de su compañía discográfica, se avino a participar en una tournee por 24 ciudades del Medio Oeste norteamericano.  La gira, conocida como “Winter Dance Party” (“Fiesta del Baile de Invierno”), se iba a celebrar durante apenas tres semanas, lo que obligaría a los participantes a machacarse en agotadoras jornadas en autobús.  Como podréis adivinar, los otros miembros del tour fueron Ritchie Valens y The Big Bopper, además de varios músicos como Waylon Jennings (futura estrella del country) y la banda juvenil Dion And The Belmonts.  Durante la gira, que estaba teniendo una formidable acogida por parte del público, se produjo una multitudinaria actuación en el Surf Ballroom de Clear Lake, Iowa.  Aquella noche aciaga, el frío alcanzaba niveles nunca vistos, y los músicos, que tenían que viajar toda la noche para actuar al día siguiente en Moorhead, Minnesota, se encontraron con la desagradable sorpresa de que el viejo autobús en que debían desplazarse tenía averiado el sistema de calefacción.  Ante la perspectiva de pasar una noche de mil demonios por entre gélidas carreteras nevadas, a Buddy Holly se le ocurrió la magnífica idea de alquilar una avioneta con la que viajar en primera clase.  Pero su presupuesto no daba para muchos lujos, y sólo pudo conseguir una en la que tendrían cabida tres pasajeros y el piloto.  Holly ocuparía una de las tres plazas, Valens ganó su sitio jugándoselo a cara o cruz y, finalmente, The Big Bopper, aquejado de una fuerte gripe, le pidió a Waylon Jennings que le cediera el asiento que inicialmente le correspondía.  A punto de subirse al avión, Buddy Holly le soltó a Jennings lo que pretendía ser una broma inocente.  “Ojalá os congeléis en el autobús”, a lo que Waylon le replicó, no menos ingenuamente:  “Ojalá vuestro avión se estrelle”.  La bromita le perseguiría hasta el último de sus días…

La avioneta, una Beechcraft Bonanza, tenía como piloto a un tal Roger Peterson, demasiado joven e inexperto para volar en medio de la nevada nocturna.  Cuando, al día siguiente, el aeropuerto de destino, Fargo (Dakota del Norte), informó de que la aeronave de los músicos todavía no había aterrizado, cundió el pánico y las sospechas se confirmaron horas después.  Los restos del aparato se hallaron en mitad de un campo de maíz situado a apenas ocho kilómetros de Clear Lake, y solamente el cuerpo sin vida del piloto permanecía en el interior.  Los cadáveres de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper se hallaban esparcidos  tras haber salido despedidos del aparato.  Según la Junta de Aeronáutica Civil, el mal tiempo, la ventisca y la ausencia de luna, unidas a la falta de preparación del aviador, fueron la causa del accidente, si bien luego se supo que un revólver perteneciente a Buddy Holly fue hallado en las proximidades del lugar, lo que durante muchos años dio pábulo a la difusión de rumores nunca confirmados.


Lo único cierto es que aquella fría madrugada del 3 de Febrero de 1959, tres estrellas del firmamento musical se apagaron para siempre, cuando apenas estaban comenzando a brillar.  Quizás Don McLean exageró un poco, quizás no, pero para la Historia ha quedado la leyenda de que aquel día de invierno, la Música murió.

1 comentario :

Alí Reyes dijo...

¡Dios mío! ¡Cómo le quedarìa la conciencia!

La padadoja es que murieron antes de comenzar LA DÉCADA PRODIGIOSA ¿Qué hubiese pasado si no hubiesen muerto?