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lunes, 30 de marzo de 2015

Cine actualidad/ "CENICIENTA"

Cuento en imagen real

“La Cenicienta” es un cuento infantil de origen ancestral que fue pasando de generación en generación hasta que un tal Charles Perrault lo configuró de forma definitiva en 1697.  Con todo, no dejaron de producirse nuevas variaciones (una a cargo de los no menos famosos hermanos Grimm), siendo la definitiva la que el mago Walt Disney produjo en 1950 para la pantalla grande, que es la que todos (sin excepción) hemos visto alguna vez a lo largo de nuestras vidas.  Cincuenta y cinco años después, y en pleno proceso de “carnalización” de sus fantasías animadas, la productora de Mickey Mouse se ha decidido a llevar a cabo una nueva versión…  no del cuento original, sino de la celebrada interpretación disneyana.

El argumento del cuento es de sobras conocido:  en un reino de leyenda, una joven que ha perdido a sus padres se ve obligada a vivir con la segunda esposa de su padre (su madrastra) y las hijas de ésta, que la tienen reducida al rango de criada.  Es entonces cuando el Príncipe heredero organiza un baile en el que espera conocer a la que será su esposa, por lo que invita a todas las doncellas casaderas de la zona, a todas sin excepción…  aunque sus envidiosas y crueles hermanastras no están dispuestas a correr el riesgo de que Cenicienta les birle la posibilidad de atrapar tan principesca pieza…

Como dije en el primer párrafo (y es muy importante que ésto quede pero bien claro), el propósito de esta “Cenicienta” (2015) de la que hablamos era única y exclusivamente realizar una versión en imagen real de su famosísima adaptación animada.  No se ha pretendido revisarla ni actualizarla, ni adecuarla a los nuevos tiempos:  simplemente otorgar protagonismo a actores humanos que actúen allá donde existían preciosos dibujos bidimensionales.  Todos los palos que los críticos están dedicando a este film orquestado por el antaño muy fiable Kenneth Branagh tienen que ver con el hecho de que se ha perdido una fantástica oportunidad de modernizar la fábula, confiriendo una ideología feminista a Cenicienta o realizando paralelismos sociopolíticos muy poco sutiles.  Desde luego que esa podría haber sido la intención de la productora, pero no me parece censurable ni reprochable que simplemente se haya optado por contar lo mismo sólo que utilizando a personas.

Por lo demás y, una vez explicado lo anterior, hay que quitarse el sombrero ante el primoroso acabado del film, con un diseño de producción excepcional, un vestuario magnífico, una fotografía hermosísima y una música de ensueño.  En cuanto al reparto, hay un poco de todo:  un acierto indiscutible (Cate Blanchett, la madrastra, que se erige en la máxima estrella de la función), un par de elecciones que ni fu ni fa (Richard “Juego de Tronos” Madden como el Príncipe y Helena Bonham-Carter como el Hada Madrina) y un probable error de casting (Lily James como Cenicienta, cuyo carácter y sensibilidad cuadran con el espíritu de la heroína, si bien su físico resulta un poco … chirriante, salvo que uno sea un devoto de la Jessica Lange más setentera, de la que la James parece una especie de clon).  Kenneth Branagh, que, proveniente del teatro británico, levantó miles de expectativas con sus primeras películas (“Los amigos de Peter”, “Mucho ruido y pocas nueces”) pero últimamente parecía haber perdido totalmente el norte (“Thor” no parecía sino teatro filmado y “Jack Ryan:  Juego de sombras” no se sabía si daba risa o pena), consigue cuajar un trabajo modélico en el que todo o casi todo encaja, en el que no falta ni sobra nada,  para mí, eso es un éxito…  y una delicia.

Luis Campoy

Lo mejor:  todos los aspectos de la puesta en escena (fotografía, música, vestuario, decoración…)
Lo peor:  a mi entender, nada
El cruce:  “La Cenicienta” (1950) + “Maléfica”

Calificación:  8 (sobre 10)

martes, 24 de marzo de 2015

Cine actualidad/ "CHAPPIE"


Aprendiendo a ser humano

La robótica está de moda…  al menos en el cine.  Simultáneamente al estreno de “Ex-Machina” y muy poco antes de la llegada de “Los Vengadores:  La Era de Ultrón”, una nueva película protagonizada por un robot llega a nuestras pantallas.  En este caso, la estrella de la función es un autómata antropomorfo, de profesión policía y de vocación:  su humanidad…

Estamos en Johannesburgo, capital de Sudáfrica, en “un futuro cercano”.  Los elevados índices de criminalidad y violencia han obligado al Gobierno a adquirir masivamente robots policía que, en principio, son eficaces en la lucha contra el delito.  Sin embargo, una de las unidades se trastorna y su creador es obligado a dotarla de la facultad de aprender desde cero, con las capacidades cognitivas de un niño ansioso por desarrollarse a todos los niveles…

Lo primero que hay que decir de “Chappie” (nombre del simpático robot protagonista) es que se trata de la nueva película de Neil Blonkamp, el prometedor director de “Distrito 9”…  que a continuación la pifió con la irregular “Elysium”.  Lo de Blonkamp es algo que se nota a primera vista, no sólo porque sus propuestas están adscritas al género fantástico, sino porque todas ellas transcurren en su país natal, Sudáfrica…  lo que, de seguir así, acabará por resultar tan cansino como ya empieza a apuntar, dado que se trata de una producción de holgado presupuesto destinada a un mundo global en el que tanto localismo es poco comprensible.  Pero volvamos a “Chappie”, un film en el que las referencias cinéfilas se hacen tan obvias  que uno no sabe si estamos ante un simpático homenaje…  o ante una bochornosa sucesión de plagios.

Porque hasta un niño de pecho sería capaz de discernir que “Chappie” no es sino el cruce mal disimulado entre “Cortocircuito” (o, más concretamente, “Cortocircuito 2”) y “RoboCop” (la versión genuina de Paul Verhoeven), con unas gotitas ambientales de la referida “Distrito 9”.  Es decir, el simpático “Número 5” del film de John Badham tiene ahora apariencia humana (como el cyborg que encarnó Peter Weller), y su creador sigue siendo un joven científico impetuoso (Dev Patel tras las huellas de Steve Guttenberg) que se enfrenta a un ejecutivo sin escrúpulos (Hugh Jackman emulando a Ronny Cox), que está deseando que el robot bueno fracase para desempolvar su horripilante engendro mecánico del que nadie se fía (MOOSE remedando a ED 209).  El diseño de este último armatoste es muchísimo más que una coincidencia, de modo que el propio realizador estaría admitiendo el “homenaje”, lo cual no le exime de una sensación de plagio que a ratos resulta muy molesta.

Sólo si logramos borrar nuestra memoria cinéfila durante un par de horas, lograremos disfrutar de una película que, si no se le pide mucho, se hace agradable y hasta entretenida.  El personaje de Chappie ha sido recreado digitalmente a partir de la interpretación gestual de Sharlto Copley (el actor fetiche de Neil Blonkamp, desde que lo descubriese en “Distrito 9”), mientras que los personajes humanos se lucen bastante menos:  Dev Patel chirría como genio de la informática, Hugh Jackman causa más risa que odio y, una vez más, parece que Sigourney Weaver pasaba por los estudios y la invitaron a entrar y ejecutar un papelito intrascendente (algo preocupante si tenemos en cuenta que el próximo proyecto de Neil Blonkamp puede ser…  “Alien 5”, de nuevo con Weaver/Ripley como estrella).  Más están dando que hablar el dúo de raperos “Die Antwoord”, Ninja y Yo-Landi Visser, a los que Blonkamp convierte aquí en delincuentes callejeros y cuya presencia en el set de rodaje se dijo que fue poco menos que un infierno para el resto de intérpretes y técnicos.

Aparte de las obvias referencias, en “Chappie” hallamos una idea original (¿hasta qué punto la inteligencia artificial es maleable como la inteligencia humana’) un tanto desvirtuada por el desarrollo del guión, pero indiscutiblemente narrada con el poderío tecnológico de los mejores efectos especiales.

Luis Campoy

Lo mejor:  los efectos especiales
Lo peor:  la molesta sensación de deja-vu, de la que cuesta muchísimo evadirse
El cruce:  “Cortocircuito” + “RoboCop” + “Distrito 9”

Calificación:  6,5 (sobre 10)

lunes, 23 de marzo de 2015

El día que murió la música

“No recuerdo si lloré
cuando leí acerca de esa novia enviudada,
pero algo me tocó aquí adentro
el día que murió la música”

Los versos arriba citados pertenecen a la canción “American Pie”, compuesta por Don McLean en 1971, y en la que rememoraba un trágico suceso que conmovió a la industria del rock’n’roll a finales de los años 50 del siglo pasado.  Como muchos otros, McLean pensaba que a veces el caprichoso destino trunca las carreras más prometedoras, y que los que se quedan tal vez nunca llegarán a las cotas que los fallecidos hubieran podido alcanzar…

A mediados de 1955 y cuando contaba apenas 19 años de edad, un joven músico llamado Charles Hardin Holley estaba llamado a convertirse en la alternativa más sólida a Elvis Presley.  Con el seudónimo de Buddy Holly, el muchacho estaba abriéndose camino y las compañías discográficas empezaban a rifárselo, al tiempo que él abandonaba diversos dúos y tríos para liderar su propia formación, “Buddy Holly y los Crickets”.  Los éxitos se sucedían, y sus singles “That’ll Be The Day” y, posteriormente, “Peggy Sue”, ascendieron a las primeras posiciones de las listas de ventas.


Paralelamente, un chico de ascendencia mexicana llamado Ricardo Esteban Valenzuela Reyes, conocido artísticamente como Ritchie Valens, saboreaba las primeras mieles de la gloria con sus sencillos “Donna” y sobre todo “La Bamba”, un huracán proveniente del país de sus ancestros que Valens interpretaba a ritmo de rock.  Ritchie (de dieciséis años) había conseguido lo impensable hermanar la música popular chicana con el rock and roll, y lograr que todo tipo de públicos disfrutaran de ella.



El tercer vértice de nuestro triángulo era Jiles Perry Richardson, un disc jockey y cantante de Texas quien, bajo el sobrenombre de The Big Bopper, se hizo muy popular con el tema “Chantilly Lace”, que en 1958 fue la tercera canción más escuchada en las radios de Estados Unidos.



El caso es que, tras una temporada de sequía artística y de ausencia de éxitos, Buddy Holly se separó de su banda The Crickets y, a requerimiento de su compañía discográfica, se avino a participar en una tournee por 24 ciudades del Medio Oeste norteamericano.  La gira, conocida como “Winter Dance Party” (“Fiesta del Baile de Invierno”), se iba a celebrar durante apenas tres semanas, lo que obligaría a los participantes a machacarse en agotadoras jornadas en autobús.  Como podréis adivinar, los otros miembros del tour fueron Ritchie Valens y The Big Bopper, además de varios músicos como Waylon Jennings (futura estrella del country) y la banda juvenil Dion And The Belmonts.  Durante la gira, que estaba teniendo una formidable acogida por parte del público, se produjo una multitudinaria actuación en el Surf Ballroom de Clear Lake, Iowa.  Aquella noche aciaga, el frío alcanzaba niveles nunca vistos, y los músicos, que tenían que viajar toda la noche para actuar al día siguiente en Moorhead, Minnesota, se encontraron con la desagradable sorpresa de que el viejo autobús en que debían desplazarse tenía averiado el sistema de calefacción.  Ante la perspectiva de pasar una noche de mil demonios por entre gélidas carreteras nevadas, a Buddy Holly se le ocurrió la magnífica idea de alquilar una avioneta con la que viajar en primera clase.  Pero su presupuesto no daba para muchos lujos, y sólo pudo conseguir una en la que tendrían cabida tres pasajeros y el piloto.  Holly ocuparía una de las tres plazas, Valens ganó su sitio jugándoselo a cara o cruz y, finalmente, The Big Bopper, aquejado de una fuerte gripe, le pidió a Waylon Jennings que le cediera el asiento que inicialmente le correspondía.  A punto de subirse al avión, Buddy Holly le soltó a Jennings lo que pretendía ser una broma inocente.  “Ojalá os congeléis en el autobús”, a lo que Waylon le replicó, no menos ingenuamente:  “Ojalá vuestro avión se estrelle”.  La bromita le perseguiría hasta el último de sus días…

La avioneta, una Beechcraft Bonanza, tenía como piloto a un tal Roger Peterson, demasiado joven e inexperto para volar en medio de la nevada nocturna.  Cuando, al día siguiente, el aeropuerto de destino, Fargo (Dakota del Norte), informó de que la aeronave de los músicos todavía no había aterrizado, cundió el pánico y las sospechas se confirmaron horas después.  Los restos del aparato se hallaron en mitad de un campo de maíz situado a apenas ocho kilómetros de Clear Lake, y solamente el cuerpo sin vida del piloto permanecía en el interior.  Los cadáveres de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper se hallaban esparcidos  tras haber salido despedidos del aparato.  Según la Junta de Aeronáutica Civil, el mal tiempo, la ventisca y la ausencia de luna, unidas a la falta de preparación del aviador, fueron la causa del accidente, si bien luego se supo que un revólver perteneciente a Buddy Holly fue hallado en las proximidades del lugar, lo que durante muchos años dio pábulo a la difusión de rumores nunca confirmados.


Lo único cierto es que aquella fría madrugada del 3 de Febrero de 1959, tres estrellas del firmamento musical se apagaron para siempre, cuando apenas estaban comenzando a brillar.  Quizás Don McLean exageró un poco, quizás no, pero para la Historia ha quedado la leyenda de que aquel día de invierno, la Música murió.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Ballet/ “EL LAGO DE LOS CISNES”

Cuando el gran compositor ruso Piotr Ilytch Tchaikovsky recibió el encargo de componer la música para el ballet “El lago de los cisnes”, tenía 35 años.  Y aunque hoy en día cueste creerlo, el más grande de todos, fue también su primer ballet.  Con todo, la obra no tuvo unos inicios fáciles:  dos años invertidos en su composición, severas discrepancias entre el compositor y el coreógrafo, y una gélida acogida por parte del público y la crítica.  Tuvieron que pasar 20 años para que la más famosa de las piezas de baile clásico empezase a forjarse su posición de privilegio en el exigente Olimpo de la danza…

Basándose en un cuento alemán titulado “El velo robado”, “El lago de los cisnes” cuenta la historia del joven príncipe Sigfrido, quien, con motivo de su vigésimo primer cumpleaños, recibe de su madre, la Reina, una bofetada de realidad:  la soberana le recuerda que ya es mayorcito y que va siendo hora de que se busque una esposa.  Tratando de demorar la llegada de la madurez, el príncipe y su camarilla se dirigen al lago, con el propósito de cazar algún bello cisne.  Pero en realidad, el cazador resulta cazado:  entre las hermosas aves, destaca una que parece ser, al mismo tiempo, cisne y mujer.  Sigfrido se enamora perdidamente de la bella Odette, ignorante de que es prisionera de un hechizo urdido por el pérfido brujo Von Rothbart.  Sigfrido y Odette se enamoran a primera vista y, como suele suceder en estos casos, se prometen amor eterno a las primeras de cambio.  Sin embargo, el pobre príncipe se queda anonadado cuando, al baile que se celebra en su honor, acude Von Rothbart disfrazado, acompañado de una bella joven que parece ser el reverso tenebroso de Odette:  se trata de Odile, la mismísima hija de Von Rothbart, que en su vestuario y en su comportamiento parece haber cambiando el blanco impoluto de Odette por una negrura de lo más premonitoria…

Mi último (y primero, debo confesar) acercamiento a “El lago de los cisnes” tuvo lugar anoche, en los cines Acec Almenara de Lorca.  Se trató de una representación en directo celebrada en la Royal Opera House de Londres y que fue retransmitida a más de 1000 cines de todo el mundo.  La calidad de la propuesta y la espectacularidad de su puesta en escena venían acompañadas de una duración que me dejó petrificado (3 horas), y de un precio tan inesperado como prohibitivo:  16 euros.  La anfitriona del evento era la célebre bailarina Darcey Bussell, de 45 años, cuya misión era realizar todo tipo de comentarios y entrevistas a gente como Anthony Dowell (productor), Ross McGibbon (director de escena) o Boris Gruzin (director de orquesta).  El elenco lo encabezaban la rusa Natalia Osipova en el doble papel de Odette/Odile, el canadiense Matthew Golding como Sigfrido y el británico Gary Avis en la piel del maléfico Von Rothbart.

Desde mi faceta de absoluto neófito, debo decir que mi impresión fue que iniciarse en el mundo del ballet con “El lago de los cisnes”…  es un calamitoso error.  Como he dicho anteriormente, un espectáculo en cuatro actos que alcanza una duración de tres horas exige una concentración y una complicidad que descubrí, con todo mi pesar, que yo no poseía.  Vamos, como si pretendemos que la primera película que vea un niño sea “El acorazado Potemkin”, o como si nos empeñamos en que el primer acercamiento a la lectura por parte de un iletrado sea “Tiempo de silencio” de José Luis Martín Santos.  Todo en la vida requierE de un proceso y conlleva la culminación de unos logros graduales, y a mí la obra magna de Tchaikovsky se me hizo eterna e indigesta.  Tened en cuenta que no hay diálogo, ni siquiera canciones, y que todo se narra únicamente en base a la música y a las coreografías.


Eso sí, supe apreciar como cualquiera la maravillosa composición de Natalia Osipova, tanto en el “Acto blanco” (el segundo, en el que encarna a Odette) como en el “Acto negro” (el tercero, cuando da vida a Odile);  viendo a esta sílfide soviética, uno comprende de golpe todos los sacrificios que conlleva ser una prima donna de la danza, y por qué todas las jóvenes bailarinas del mundo entero sueñan con asumir algún día este doble y fantástico papel.  Una que en su día lo logró fue la presentadora Darcey Bushell, cuya soltura y saber estar también me cautivaron, así como su perfecta pronunciación de la lengua de William Shakespeare.

martes, 10 de marzo de 2015

Cine actualidad/ “PERDIENDO EL NORTE”

Españoles por el mundo

2014 fue un año espectacular para el cine español.  Dos comedias (“Ocho apellidos vascos” y “Torrente 5”) y dos thrillers policíacos (“La isla mínima” y “El Niño”) no sólo reventaron las taquillas como hacía tiempo que no se recordaba, sino que también convencieron a la crítica y arrasaron en todas las entregas de premios.  No es de extrañar que, un año más tarde, se continúe intentando rentabilizar el filón, al manos en lo que al género cómico se refiere...

Dos jóvenes universitarios españoles, desesperados al no poder encontrar trabajo ni oportunidades en España, deciden emigrar a la poderosa Alemania de Angela Merkel…  sólo para comprobar que, en realidad, el “sueño alemán” se diferencia bien poco de la “pesadilla española”…

Al guionista y director Nacho García Velilla se le recuerda sobre todo por ser uno de los creadores de series como “Médico de familia”, “7 vidas” y su spin-off “Aida”, aunque también tiene en su haber películas para cine del estilo de “Que se mueran los feos”, “No lo llames amor, llámalo X” y la que es mi favorita de su filmografía, “Fuera de carta”.  Una de sus costumbres es la de rodearse (ya sea como protagonistas o como secundarios) de un elenco de actores fijos, con quienes ha probado fortuna tanto en televisión como en cine:  Javier Cámara, Carmen Machi, Julián López, Mariano Peña o Kira Miró suelen aparecer en casi todas sus producciones, configurando una especie de gran familia a la que da gusto reencontrar de vez en cuando.  En el título que hoy nos ocupa, “Perdiendo el Norte”, aparecen de nuevo Cámara, Machi y López, y se les unen nuevos rostros como los de Yon González, Blanca Suárez, Miki Esparbé o el veterano José Sacristán.

Precisamente José Sacristán ya fue en los años 70 (concretamente en 1971) el coprotagonista, junto al omnipresente Alfredo Landa, de la olvidable comedieta “¡Vente a Alemania, Pepe!”, en la que se narraba una historia no del todo diferente, prueba de que la Historia se repite en ciclos sucesivos.  En el fondo, los universitarios de hoy en día se hallan en una tesitura demasiado similar a la que vivieron sus abuelos, a pesar de que el amigo Rajoy no para de proclamar a diestro y siniestro el final de la malhadada crisis.  Pero volvamos a lo estrictamente cinematográfico, y, en ese sentido y sin precipitarnos a lanzar las campanas al vuelo, hay que admitir que nos hallamos ante una digna sucesora de la “cosecha del 14”, una producción muy cuidada en la que, indisimuladamente, se han metido a embute varios de los rasgos definitorios de “Ocho apellidos vascos”:  pareja atractiva, secundarios de lujo, revelaciones robaescenas, una chica que corre y, sobre todo, la explotación sistemática de los tópicos de nuestra idiosincrasia.  Así, podríamos decir que funcionan la mayoría de los chistes, que los actores de reparto se comen a los protagonistas y que en ningún momento te da tiempo a aburrirte, pero también se debe destacar la prestancia y buena dicción de Yon González (a ver si aprende Mario Casas), la vis cómica de Julián López y la frescura del para mí desconocido Miki Esparbé, así como la enésima demostración de la majestuosidad de ese monstruo de voz vibrante llamado José Sacristán.  Por otro lado, se hubiera agradecido un guión sin menos situaciones tan trilladas, actrices igual de guapas (o no) pero que supieran interpretar mejor…  y, aunque parezca un contrasentido, menos familiaridad con los actores de siempre, que a veces da la sensación de que, por muy buenos que sean, no hay más secundarios que Carmen Machi y Javier Cámara, que están hasta en la sopa y a menudo dan ganas de variar…

Luis Campoy

Lo mejor:  los secundarios, con Julián López y Miki Esparbé a la cabeza
Lo peor:  la sensación de ya visto, la falta de originalidad
El cruce:  “Ocho apellidos vascos” + “¡Vente a Alemania, Pepe” + “Que se mueran los feos”

Calificación:  7 (sobre 10)

lunes, 9 de marzo de 2015

La tarde horrorosa, desastrosa, espantosa

Hay días en que uno no debería levantarse de la cama.  Hay tardes que uno debería pasarlas sumido en una inacabable siesta, tapadito hasta las orejas…


Los dramáticos sucesos que os voy a referir acaecieron ya hace dos semanas, así que no quisiera que el proverbial paso del tiempo contribuyera a desgastar mi única neurona y precipitara un dulce olvido todavía innecesario y mal venido…  Aquella tarde aciaga, había ido de compras con mi padre y lo primero era aprovisionarse de unidades económicas de curso legal, por lo que detuve el coche frente al cajero automático y le dije a mi progenitor:  “Ve sacando dinero, mientras yo aparco”.  Ni corto ni perezoso, el fabricante de mis genes y su bastón se aproximaron al altar económico y, sin dudarlo ni un momento, la metió en la ranura (la libreta de ahorro, quiero decir).  Mientras duraba la operación, un señor que parecía el primo bajito de Don Limpio (calvo, fornido y con un jersey ajustado que le marcaba el paquete… de músculos) se situó a pocos pasos de distancia, guardando cola escrupulosamente.  Yo, una vez aparcado el vehículo, acudí donde mi viejo y le ayudé a finalizar la extracción monetaria y, cuando don Luis Sr. terminó, se apartó y fui yo quien la metí (¿recordáis? la tarjeta) en la apretada boca metálica.  Aún no había terminado de teclear la contraseña cuando una voz airada dijo a mis espaldas:  “Eh, que te has colado”.  Giré la cabeza, y ví al caballero de detrás visiblemente enfadado.  “No, perdona, es que ese señor era mi padre”, le expliqué.  “Sí, pero yo estaba primero”, replicó Don Limpio.  “Pero es que es mi padre y se ha adelantado mientras yo aparcaba el coche”, recalqué.  “A mí eso me da igual.  Yo he llegado antes que tú”, insistió el cachas.  “A ver, ¿entonces qué tengo que hacer?  ¿Dejar que mi padre se vaya solo andando mientras espero a que termines tú?”.  “Eso no es problema mío”, afirmó mi interlocutor.  Comprendí que la discusión no tenía futuro, de modo que terminé de sacar dinero lo antes posible, con una angelical música de fondo:  “Hay que tener cara dura…  Mira que colarse de esa manera…  Yo que llego antes, y el tío se me cuela en mis narices…”…  y así hasta ciento.  Cuando me iba, todavía se escuchaba la cantinela, y aún tuve que sentirme afortunado de que Don Limpio no me hubiese tomado como sparring para ejercitar sus acerados bíceps…



Pero aún no había concluido aquella devastadora tarde.  Recién llegados al Mencabrona, perdón, Mercadona (no sé en qué estaría pensando), saqué del coche mi colección de bolsas de tela reutilizables (una grande abierta, y otras cuatro plegadas en su interior) y, mientras mi padre sacaba un carro y se iba a regodearse en la fruta y la verdura, yo empecé a amontonar en los brazos, una tras otra, bandejas de pollo troceado, filetes de lomo y costillejas de cerdo.  Llegué a donde estaba el carro aún vacío y conteniendo únicamente las bolsas, y ahí que dejé el suministro carnívoro…  cuando de repente, se aproximó una señora con flequillo y me espetó:  “Oiga, que ese carro es mío”.  Efectivamente, detrás de mi padre (que a su vez estaba detrás de reunir un kilo de las habas más tentadoras) se hallaba nuestro carro, también vacío pero del que colgaba su enhiesto bastón.  “Disculpe”, le dije a la dama, y eché mano del fajo de bolsas (una grande abierta, y varias plegadas en su interior), justo cuando ella gritaba:  “¡Eh, que las bolsas también son mías!”.  El tiempo se detuvo:  miré a mi padre, mi padre me miró…  y la señora habló nuevamente:  “Que son mías, que ésas las he traído yo de mi casa”.  Cabizbajo pero comprendiendo que era su palabra contra la mía, farfullé algo que ni yo mismo entendí, y deposité las bandejas de carne en el carrito donde estaba el bastón.  Terminamos de hacer la compra malhumorados y abatidos, sintiéndonos poco menos que chuleados, y ya cuando nos encaminábamos a realizar la procesión del Santo Pago, nos tropezamos de nuevo con la susodicha.  Mi padre estalló:  “Usted dice que son suyas, pero yo sé que esas bolsas son las nuestras”, le dijo sin pensar.  “Pero oiga, caballero, ¿me está llamando a mí ladrona?  ¿Por unas bolsas?”, le contestó doña Flequillo, tomateándose sus mejillas.  “¿Cuántas bolsas dice que traía usted?”  “Pu-pues cinco, creo…  una grande y cu-cuatro pequeñas dentro”, dijo el otro Luis.  “Pues mire las que tengo yo”, alardeó ella, y mostró su preciado tesoro:  una bolsa desplegada y DOS bolsas pequeñas plegadas dentro de ella.  “¿Lo ve?  Sólo dos, ¡no cuatro! A mí nadie me llama ladrona.  ¡Nadie!”.  Con la vergüenza abalanzándose sobre nosotros, y varios curiosos mirándonos inquisitorialmente, nos fuimos a hacer cola en la caja más retirada de donde había tenido lugar el fatídico encuentro…  y cuál no sería mi sorpresa cuando, al lado de la cajera, descubrí un manojo de bolsas reutilizables, concretamente una grande desplegada y otras tres o cuatro plegadas en su interior.  “Disculpe, ¿esas bolsas…?” le pregunté a la empleada.  “Las han encontrado dentro de un carro vacío, en la entrada, y me las han traído para que no se perdieran”.  “Glup”, farfullé yo, tragando saliva y asumiendo lo que tocaba a continuación.  Dejé a mi padre en la cola, y recorrí el establecimiento hasta que dí con la ofendida, a la que abordé un tanto tembloroso.  “Esto…  Por favor, disculpe…  Acaban de aparecer las bolsas que buscábamos…  Esto…  Lo siento…  De verdad…”  “¿Lo siente?”, repitió Flequi.  “Ya les dije que yo no soy ninguna ladrona.  Y cuando he visto a su padre, he estado a punto de decirle que, si no tenía bien la cabeza para salir de casa, mejor que se quedase en ella.  Pero, por educación, me he callado.  ¡A mí nadie me llama ladrona!”, repitió furibunda, mientras se alejaba.  La miré contonearse, empequeñeciéndose en la distancia, y sólo se me ocurrió que lo mejor sería adelantar las manecillas del reloj para que aquella tarde horrorosa, desastrosa, espantosa acabase de una maldita vez…

miércoles, 4 de marzo de 2015

Cine actualidad/ "KINGSMAN, Servicio Secreto"

Diversión y acción

No todos los comics Marvel son tan políticamente correctos como “Spiderman” o “Los 4 Fantásticos”.  Paralelamente, existen diversas colecciones sólo para adultos caracterizadas por la violencia, el sexo más explícito y el lenguaje prolífico en palabras soeces.  A este subgénero pertenecen obras como “Kick-Ass” y “The Secret Service”, ambas con guión de Mark Millar y ambas adaptadas posteriormente al cine por el inglés Matthew Vaughn.

“The Secret Service” narra la historia de un muchacho un tanto díscolo, que es reclutado por una organización secreta de espionaje, con el fin de desmantelar los planes de un histriónico villano megalomaníaco…

A la hora de realizar su traslación al cine, no pocos cambios sufrió el tebeo original, empezando por el mismo título (que se convirtió simplemente en “Kingsman”, nombre de la secreta agencia), y siguiendo por la totalidad de los nombres de los personajes;  esta parece ser otra característica del paso al cine las obras de Mark Millar, ya que algo muy similar ocurrió con “Wanted”, que dirigiera Timur Bekmambetov.  Sin embargo, la falta de fidelidad a la fuente original no se me antoja un fallo imperdonable, máxime cuando admito no haber leído el comic primigenio, y no por ello he dejado de disfrutar la película subsiguiente.

Porque “disfrutar” es la palabra que mejor define a lo que uno (yo, al menos) sintió durante la inmensa mayoría del generoso metraje de “Kingsman”.  Quizás influyó mi condición de irredento aficionado al Noveno Arte, o quizás me divirtió la sucesión de parodias de los films de James Bond, pero lo cierto es que durante casi todo el tiempo me sentí sorprendido, entretenido y fascinado.  El tono empleado por Matthew Vaughn (el mismo que ya me había encantado en la citada “Kick-Ass”) me resultó irresistible, con esa sana y hábil mezcolanza de humor y violencia (violencia exagerada e hiperbolizada, en la más pura tradición del gran guiñol).  ¿Y qué decir del excelente reparto?  Michael Caine no está especialmente destacado, pero su sola presencia llena la pantalla;  Mark Strong (que ya fue el villano de “Kick-Ass”) crea un personaje simplemente encantador;  Samuel L. Jackson da miedo y risa encarnado al tremebundo Valentine, un perverso Bill Gates disléxico;  el joven Taron Egerton es un afortunado hallazgo al que se la augura un brillante porvenir;  pero quien acapara todos mis elogios es un espectacular Colin Firth, un perfecto gentleman capaz de exterminar él solito a un centenar de iracundos enemigos (la fabulosa escena de la iglesia así lo atestigua).  Genial Firth, que entiende a la perfección su personaje y le extrae mil y un matices dignos de aplauso.

En resumen:  no es precisamente la película que le recomendaría a mi madre, pero si sois capaces de divertiros con un film de trepidante acción y saludables dosis de acción, pienso que “Kingsman” se merece una oportunidad.

Luis Campoy

Lo mejor:  Colin Firth, las secuencias de acción, el sentido del humor
Lo peor:  quizás se podían haber obviado algunas escenas de relleno
El cruce:  James Bond + “Kick-Ass” + “Wanted”

Calificación:  8,5 (sobre 10)

martes, 3 de marzo de 2015

Cine actualidad/ "EL FRANCOTIRADOR"

Apunta, dispara y…  ¿Oscar?

Aunque nadie parece recordarlo, ·”El francotirador” ya fue una película, española de 1978, en la que se pretendía imitar a la británica “Chacal”, sólo que cambiando a Edward Fox por Paul Naschy y a DeGaulle…  por Franco (de ahí, supongo, el divertido título de “El Franco-tirador”).

Centrándonos en el film que hoy nos ocupa, se trata del nuevo trabajo como director del octogenario Clint Eastwood (84 años), que llegó a los cines yanquis con el propósito de resarcirse del fracaso de taquilla que supuso su anterior “Jersey Boys”.  Si el objetivo de “El francotirador” era meramente crematístico, hay que decir que se ha cumplido con creces.  Con millones y millones de creces…

“El francotirador” narra la historia real de Chris Kyle, un militar estadounidense especializado en tareas de protección y defensa que, realizando su función durante el conflicto bélico de Irak, logró la insólita cifra de 160 víctimas enemigas.  Considerado una leyenda por sus compañeros de armas, llegó un momento en que se sentía más a salvo en las polvorientas calles iraquíes que en el seno de su familia dolida y traumatizada…  (Por cierto, Kyle fue asesinado por otro veterano de guerra y el juicio por el crimen se celebró justo mientras la película enfrentaba la recta final de su camino al Oscar).

Decía antes que “El francotirador” se había erigido en un taquillazo inesperado, en un triunfo económico sin paliativos.  ¿Pero cuáles son las razones de su éxito?  Ya en los primeros minutos de metraje se exhiben sin pudor las bazas con las que Eastwood nos va a martillear durante todo el largometraje:  exaltación de la patria, preeminencia de la Biblia, defensa a ultranza de la familia y glorificación de las armas de fuego.  Si decimos que se trata de la mayor “americanada” vista en muchos, muchos años, creo que nos vamos a entender perfectamente.

Ahora bien, ¿puede incluso una “americanada” erigirse en una gran película?  Yo afirmo que sí.  A la hora de valorar un film, hay que distinguir entre el sustrato y la flor, entre el fondo y la forma.  Incluso en un panfleto insoportablemente manipulador no es imposible hallar una buena historia, unos buenos diálogos, unas buenas interpretaciones…  pero me temo que no es el caso de “El francotirador”.  El guión de Jason Hall, que adapta la autobiografía de Chris Kyle, adolece de todos los tópicos habidos y por haber y, lejos de disimularlos, pretende alardear de ellos.  La chulería del protagonista es fácilmente perdonable gracias a su admirable patriotismo;  sus malas actitudes familiares son paliadas por su generosidad para con sus camaradas,  el valor a prueba de balas que exhibe en mil batallas contrasta con sus dificultades para reintegrarse a la vida civil…  Lo dicho, tópica hasta decir “basta”.

Pero no es sólo eso.  La incuestionable eficiencia de las escenas bélicas (rodadas por el director de segunda unidad) tiene su contrapartida en una serie de secuencias supuestamente dramáticas en las que parece que Eastwood estaba sesteando tras las cámaras (vamos, más “Invictus” que “Gran Torino”).  Llama la atención (y así ha quedado reflejado en todas las redes sociales) la absurda utilización de un muñeco que “interpreta” a la hija recién nacida de Chris Kyle, tan estático y antinatural que el espectador puede morirse de la risa, arruinando un importante momento dramático.  Pero es que tampoco Bradley Cooper, nominado al Oscar por este papel, demuestra muchos más méritos que los de su incuestionable apostura, un tanto sacrificada para aproximarse a los volúmenes del auténtico Kyle.  Los Oscars no son ni tienen por qué ser justos, y en este caso parece evidente que la glorificación de la patria y su repercusión taquillera han sido convenientemente avaladas por los señores de la Academia.  Ellos sabrán…

Luis Campoy

Lo mejor:  las secuencias bélicas, simplemente magníficas
Lo peor:  la utilización panfletaria de todos los tópicos estadounidenses, las ñoñas escenas familiares
El cruce:  “Black Hawk Derribado” + “Oficial y caballero”

Calificación:  5,5 (sobre 10)