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miércoles, 11 de julio de 2012

De buena tinta


¿Qué es lo más caro de una impresora?  ¿El plástico?  ¿El metal?  ¿La goma?  No...  Lo más caro es, indudablemente, la tinta.  Las grandes corporaciones que fabrican dichos aparatejos (Epson, Hewlett Packard, Canon, Brother, etc.) fabrican como churros variopintos cacharros que no sólo imprimen sino que también escanean, fotocopian e incluso faxean,  todo ello por un precio proporcionalmente tirado por los suelos del país de las gangas.  Pagar por un equipo multifunción no más de 40 euros es posible, pero...  ¡ay, amigo!, cuando el cartucho de muestra que viene en la caja, se gasta a las primeras de cambio y toca reponerlo, es entonces cuando constatamos lo que realmente vale el peine.  Así pues, matemáticamente podemos deducir que la impresora queda amortizada en cuanto toca sustituir tres o cuatro veces los cartuchos, por lo que, salvo que se le haya tomado un cariño platónico, lo más rentable es enterrar a nuestra amiga en el cementerio informático más próximo y, a otra sora, impresora…

En noviembre y coincidiendo con la inauguración del MediaMarkt de Lorca (una de las pocas cosas que han mejorado la ciudad tras el terremoto...  al menos para los amantes de la tecnología, que no para los dueños de los pequeños comercios del ramo), me cansé de comprarle carísimos cartuchos a mi "vieja" impresora HP, y, de paso, decidí lanzarme de lleno al complejo mundo de la impresión vía wifi.  Elegí un coqueto equipo multifunción de Epson que escanea majestuosamente e imprime aceptablemente, pero que, cosas de la vida, sólo se conecta a distancia si el cable que lo une al ordenador es más largo que la nariz de Rajoy.  Naturalmente, el gran inconveniente del invento no es tanto la escasa conectividad como el desorbitado consumo de tinta, y el costo acongojante de los cartuchos.  El otro día, en lugar de comprar otro de esos "packs" de coloridos consumibles que están predestinados a solucionar el "síndrome Guardiola" del depósito (está vacío y necesita llenarse), se me cruzaron los conductores eléctricos de la corteza cerebral y lo que hice fue, ya que estaba en el paradisíaco MediaMarkt, echar mano de una impresora supuestamente maravelhosa que, además, era la única de su especie que venía con un cartucho y un paquete de hojas de regalo.  Los consabidos turnos rotatorios que rigen mi alternancia dictaban que esta vez tocaba volver a HP, de modo que desinstalé la Epson y, cuidadosamente, desembalé la muy linda "Photosmart 5514"...  que, una vez instalada, escaneaba a regañadientes, huía de la red wifi como yo del merengue y, al imprimir, dejaba un leve pero molesto arañazo en las fotos que saqué a modo de prueba.  Inocentemente, volví a embalarla y me presenté en el MediaMarkt con la ingenua certeza de que iban a reembolsarme el dinero (cosa que ya me había sucedido un par de veces anteriormente con otros productos).  Pero esta vez los chicos de rojo me dijeron que, reo del gravísimo delito de haber desvirgado los cartuchos de prueba, no se me podía reintegrar la pasta invertida.  Finalmente, y aludiendo a que las impresiones salían con un arañazo suplementario, me autorizaron a llevarme otra impresora idéntica a la anterior, éso sí, pasando los cartuchos vírgenes de la caja nueva a la vieja.  De nuevo en la abigarrada sección de Informática, me encontré con la triste sorpresa de que no había en stock ningún otro producto de las mismas características que el que yo pretendía devolver (ya sabéis, se había agotado la promoción que incluía un cartucho adicional y una caja de papel fotográfico de regalo), así que no me quedó otro remedio que escoger otra impresora de la misma marca…  pero que utilizase el mismo tipo de cartuchos.  La broma me salió por 40 euros más, y a la “HP PS 6510” que acababa de adquirir, le extrajeron sus tintas originales y se las metieron a la caja en la que dormía el cacharro repudiado, y a éste le despojaron de los consumibles parcialmente consumidos.  Me fui a casa, desinstalé la impresora que había instalado hacía menos de 24 horas, y, cuando coloqué los cartuchos ya usados en el compartimento vacío, en la deslumbrante y basculante pantalla LED me apareció un insistente mensaje que rezaba:  “Utilice los cartuchos de instalación originales”.  Los quité y los volví a poner y los saqué y volví a meterlos tropecientas veces, hasta que se me hincharon los…  cartuchos, y me fui nuevamente al MediaMarkt.  Me sentía vejado e indignado:  había comprado un producto que no me había dejado satisfecho, se habían negado a reintegrarme el dinero, me habían prácticamente obligado a llevarme un equipo más caro, y ahora resultaba que, con un par de cartuchos, me quedaba sin poder siquiera averiguar si el nuevo cachivache era mejor que el otro.  El empleado del mostrador dudó, hizo un par de llamadas y, al final, fue a donde tenían la impresora devuelta, sacó los cartuchos nuevos originariamente correspondientes a la recién comprada, y me los dio casi sin mediar palabra.  Resumiendo:  al final me habían cambiado una impresora por otra, y en la caja de la vieja se habían quedado los cartuchos usados.  Eso sí, en la operación habían salido ganando cuarenta euros.  Desde luego, el que acuñó el famoso lema de MediaMarkt (“Yo no soy tonto”) sabía muy bien lo que se hacía….

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