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jueves, 28 de junio de 2012

Otra final


Dicen que fue la emisión más vista de la historia de la TV.  No, no me refiero al último capítulo de “Hispania” ni a la final de “El Número Uno”.  La tanda de penalties del Portugal-España de anoche batió todos los records y congregó a más de 18 millones de nerviosos espectadores delante de sus pantallas.  Y bueno, el partido en sí tuvo de todo:  tensión, nervios, un poco de aburrimiento en algunas fases, mucha precipitación, una prórroga de treinta minutos que dejó en mantillas a los noventa minutos previos…  y nueve lanzamientos de penalty que pasarán a los anales de nuestra historia deportiva.

¿Por qué se le ocurriría a Del Bosque sacar de inicio a Negredo, en detrimento de Cesc (que, a la postre, fue quien volvió a resolver la situación en el ultimísimo momento) o de Torres (ese Niño que falla el 99 % de las oportunidades de que dispone) o incluso de Llorente, que precisamente fue quien revolucionó el encuentro contra Portugal en el Mundial)?  Obviamente, el Marqués pensó que se trataba del delantero centro en mejor forma, pero enseguida se vio que su apreciación no podía ser más errónea.  De hecho, en los primeros noventa minutos, los únicos que destacaron fueron los cuatro defensores (Alba, Ramos, piqué y Arbeloa), ya que sus compañeros más adelantados estuvieron acertadamente opacados por los hombres de Paulo Bento.  Xavi, especialmente (y lo digo no sin pena), sufrió un cortocircuito tras otro y no dio pie con bola.  Los cambios, que, dada la trascendencia del choque, deberían haberse llevado a cabo nada más empezar la segunda parte, se hicieron esperar un poco, pero, afortunadamente, surtieron efecto.  Cesc, Navas y Pedro (a quien los comentaristas de Tele 5 se obstinan en apodar “Pedrito”) revolucionaron La Roja , en especial el delantero canario del Barça.  La inevitable prórroga constituyó un punto y aparte, aunque estéril.  Ni las galopadas de Alba y Arbeloa por sus bandas respectivas ni los intentos de Xavi e Iniesta por chutar con peligro ante Rui Patricio obtuvieron recompensa.

Yo fui de los que no pudieron resistir los penalties sentado.  Tuve que levantarme y darme paseos itinerantes mientras Alonso fallaba y Casillas lograba sacarnos las castañas del fuego.  El acierto de Iniesta y Piqué dio paso a un silencio sepulcral cuando Sergio Ramos (quien fue considerado para protagonizar la secuela de “Tres metros sobre el cielo” la noche en que lanzó aquel balonazo a la estratosfera) se vistió de Panenka (aquel famoso futbolista checo que se erigió en ejemplo de cómo engañar al guardameta rival) y anotó un golazo de rabia y venganza.  Sólo quedaban por tirar Cesc y Cristiano, por ese orden.  Ronaldo, que durante todo el tiempo se había conformado con hacer un par de bicicletas, desperdiciar un par de ocasiones clarísimas y dar pasitos hacia atrás para tomar impulso al ir a sacar sus famosas faltas, acabó quedándose con las ganas.  Fábregas, con más suerte que habilidad, metió la bola allende las mallas y aquel quinto lanzamiento desató la histeria colectiva en Ucrania y, sobre todo, en España.  Lo habíamos conseguido:  de nuevo estaríamos en otra Final.  Hoy sabremos si nuestro rival será la Alemania de Löw (la favorita) o de nuevo la conservadora Italia de Prandelli, pero el hecho mismo de poder llegar de nuevo a tan ansiada final ya supone un hito con tan pocos precedentes que los guignoles franceses van a tener que hacer horas extras para exorcizar su envidia.

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