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viernes, 1 de junio de 2012

Manchado

Mi madre tuvo un antojo cuando estaba embarazada. Así me explicaba, cuando yo era pequeño, la mancha de nacimiento que había aparecido en mi barriguita. Con el paso de los años, me surgió alguna que otra más. De hecho, más de una vez he pensado en escribirle a María Dolores de Cospedal pidiéndole que me nombre hijo adoptivo de la Comunidad que preside, o, como mínimo, Quijote de honor, don Quijote de las manchas. La última que me apareció, más o menos espontáneamente, me preocupó un poco. Como de todas formas tenía previsto acudir al dermatólogo para tratar la caída de la hoja (pilosa), pensé que sería una buena ocasión para disipar mis dudas al respecto. El otro día, y después de estar en lista de espera durante más de dos meses, fui convocado a cierto Hospital de Lorca, alrededor del cual, durante años, se difundió la leyenda negra de que quienes entraban, sobre todo los ancianitos, ya no salían. Yo entré y pude salir (prueba de ello es que estoy aquí escribiendo), pero no puede decirse que mis inquietudes se quedaran atrás.


Era una dermatóloga como de otro mundo, de un nuevo mundo allende los océanos, y, desde el principio, pude darme cuenta de que quizás tuviese amplios conocimientos en su especialidad, pero de tacto y diplomacia entendía más bien poco. Cuando le comenté la pertinaz caída del cabello, fue muy clara y directa: "Eso es irreversible. Si se te tiene que caer, se te va a caer igual, hagas lo que hagas". "Pero ¿ni siquiera hay alguna forma de paliarla o disminuirla?", pregunté. "Bueno, te mandaré una loción y unas vitaminas, pero a la larga no te van a servir de nada". A continuación, le mostré una mancha que tengo en la espalda desde hace más de 10 años, y a la que le sucede como a la incompetencia de nuestros políticos: cada vez es más visible. "¿Te ha salido algo raro en los últimos análisis de sangre?". "¿Eh? Pues no..." "Pues entonces no te preocupes". "Pero ¿me puede mandar algo para quitarla?" "No, qué va, si éso no se te va a quitar, te eches lo que te eches". Finalmente, me decidí a mostrarle la última incorporación a mi colección de manchas, que era la que más me agobiaba, y tras ponerse la buena señora los guantes de látex, la textura de la coloración pareció no gustarle un pelo. "No sé lo que es", admitió, "pero puede que sea algo malo". Joder. ¡Olé tus hue... tu co... olé, olé y olé! Tocado, hundido y desguazado me dejó. Primero, admitía que no tenía ni repajolera idea de qué era aquello a lo que se enfrentaba, pero, éso sí, del placer de asustarme, no se privó. "Bueno, hacemos una cosa. Vigílatela durante unos meses y, si no empeora, te vienes a que te la vuelva a ver allá para octubre. Pero, si se te pone peor, te vienes inmediatamente, que tomaremos una muestra para que te hagan una biopsia".

Pasé una mala noche, imaginándome más calvo que mi padre, rodeado de manchas invasoras y sometiéndome a biopsias por parte de dermatólogos psicópatas. Buscando algo de esperanza, pensé en acudir a Anne Germain, pero acabé yendo a mi médico de familia, que no es Emilio Aragón pero al menos parece humano y comprensivo. Cuando le conté mi visita a la dermatóloga, se echó las manos a la cabeza. "Me están llegando muchas quejas de esa persona", afirmó. Me pidió que le mostrara la maldita mancha y, una vez enguantado, la tocó y la pellizcó y me dijo que, en su opinión, no era "nada malo". "Es más", afirmó, "yo pienso que se te debe quitar sola en un par de semanas. Si en quince días no te ha desaparecido, ven y te mandaré alguna pomada". "Y no te sientas mal”, añadió, “que esa misma señora, a otro paciente, le dijo directamente que tenía cáncer, sin hacerle pruebas ni nada, así que aún deberías estar agradecido".

Ni que decir tiene que salí de la consulta aliviado y gozoso. En realidad no me había resuelto el problema y ni siquiera se había mojado con un diagnóstico real, pero con algo tan sencillo como una prórroga de quince días y un poco de humanidad, mi médico había logrado aliviarme el temor causado por una colega que se merecería una colleja por hacer más de apocalíptica agorera que de simple galena...

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