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martes, 19 de junio de 2012

Amargo biscotto


No hay derecho a hacer sufrir así a todo un país, y menos en esta época tan sórdida…..  Sí, España pasó a cuartos de final de la Eurocopa, y además como primera de grupo, pero casi provoca 47 millones de infartos…

Se había especulado tanto con que el empate de españoles y croatas les favorecía a ambos para clasificarse de la mano, dejando fuera a los aterrorizados italianos, que yo creo que, a pesar de que todo el mundo lo negaba, la idea le pasó a más de uno por la cabeza.  Temían los transalpinos que Croacia y España confeccionaran entre ambas un pedazo de “biscotto” (pasteleo) maloliente, con el fin de apearles traicioneramente de la competición.  Los jugadores azzurros, sus técnicos y la prensa del país, no se cortaron a la hora de proclamar a los cuatro vientos que un comportamiento tan falto de ética deportiva sería indigno de una Campeona del mundo.  Como respuesta, los nuestros (léase Del Bosque, Piqué, Ramos, Torres y compañía) alardearon de que iban a salir a ganar, a golear, sin especular con el resultado.  Los chicos de Bilic hicieron lo mismo.  Pero, nada más comenzar el encuentro, pareció como si los unos y los otros acabasen de firmar un contrato de paz y prosperidad y saliesen a echarse unas carreritas para celebrarlo.  Tan desconocidos y ajenos a sí mismos estuvieron los nuestros, que, casualmente, ni siquiera vestían la famosa zamarra roja.

La primera parte fue lenta, tediosa, soporífera.  Pases horizontales, idas y venidas, alguna que otra bengala cuya humareda impedía respirar a Casillas y mil y un coscorrones contra el muro croata.  De repente, en el otro campo, Italia marcó y, con ese resultado, italianos y españoles pasaban y los croatas se quedaban fuera.  Lo normal hubiera sido que, a partir de ese momento, los chicos de los cuadraditos rojos se lanzaran al galope a luchar a muerte por su clasificación.  Pero no.  Curiosamente, extrañamente, nada cambió.  Tan sorprendente apatía debió ser contagiosa y continuó hipnotizando a los nuestros.  Al ponerse en movimiento el balón en la segunda parte, nuestra esperanza colectiva era que don Vicente les hubiese leído la cartilla a sus muchachos en el vestuario y los bicampeones saliesen como toros bravos enfurecidos y hambrientos.  Pero ¡quiá!, la puesta en escena no varió en absoluto, hasta que ambos seleccionadores decidieron realizar algunos cambios.  Torres, tan fallón como de costumbre (lo de Irlanda fue, obviamente, un espejismo), cedió su puesto a Navas, y Silva se marchó para dejar entrar a Cesc.  No inmediatamente, pero sí se vislumbró una mejoría.  Sin embargo, el mayor peligro lo traían los atacantes croatas, y Casillas se sacó un par de paradas providenciales y magistrales. Fue entonces, en una contra casi a la desesperada (si recibíamos apenas un gol, nos íbamos para casa) cuando Cesc e Iniesta fabricaron una jugada imposible que, de hecho, dejó clavados a los contrarios, convencidos de que se trataba de un fuera de juego, y Jesusito Navas taladró la portería con tanta rabia que de golpe se nos quitó el sopor mezclado con angustia que hasta entonces nos había acongojado.  También los italianos respiraron, sobre todo cuando, un minuto después, acabó el partido del supuesto biscotto.  Jugamos peor que nunca y no nos reconoció ni el padre (Aragonés) que nos parió…  pero pasamos.  Supongo que, tal y como estaba anoche la prima de riesgo, lo único verdaderamente importante es que conservásemos una chispita de ilusión…  al menos hasta el sábado.

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