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viernes, 10 de febrero de 2012

Penne e milanesa (Prima puntata)

Los italianos son capaces de casarse con ecuatorianas incluso en las condiciones más adversas. De no ser así, no estaría yo ahora mismo escribiendo estas líneas a bordo de un tren rápido que viaja desde Roma hacia Milán por en medio de un paisaje de campos y montañas nevados. Pero sí, el valiente Luca mantiene su palabra dada a la joven Elita Priscilla aun a pesar de la gélida ola de frío siberiano que está congelando Europa. Aprovechando la coyuntura, y haciendo buena la ubicación del pueblo en el que va a residir la pareja, Treviglio, a escasos veinte minutos de Milán capital, realizamos un estudio exhaustivo de las posibilidades a nivel logístico que nos brindaba la asistencia al nupcial evento. Así, planificamos un periplo de seis días que incluía la partida y llegada al aeropuerto de El Altet en Alicante, la obligada estancia en la citada Treviglio y muy jugosos desplazamientos a Milán, Roma, Venecia y Florencia, todo ello a cambio de cuatro días de mis vacaciones y de los 200 euros que ha costado contratar a una cuidadora que estuviera dispuesta a cuidar a mis padres durante 24 horas al día.

Como consecuencia de todo ello, despegamos ayer, con casi media hora de retraso, en un vuelo de RyanAir que aterrizó en una soleada Bergamo alrededor de las 13:10 horas. Sí, el sol ondeaba en el lienzo azul de Bergamo, pero en sus calles todavía se apreciaban montoncitos de nieve solidificada apilados en las inmediaciones de la estación de autobuses. En autobús viajamos hasta el centro de la ciudad, y de ahí a Treviglio en un tren pequeñito y apañado. Lo bueno de Italia es que sus habitantes responden al estereotipo asociado al tipo mediterráneo, pudiendo pasar perfectamente por murcianos, manchegos o sevillanos... hasta que abren la boca y de sus labios salen palabras con sabor a spaghetti. Con todo, la primera comida que probé en la patria de Rómulo, Remo, Julio César, Verdi y Berlusconi fue un hornado con arroz y garbanzos muy típico de Ecuador. Pero enseguida me desquité tomando un capuccino en un bar antes de partir en tren para Milán, donde, por cierto, enseguida me topé con una imagen publicitaria en el Metro, de un Zlatan Ibrahimovic cuya chulería parecía continuar cuestionando los méritos del "filósofer" Guardiola. El frío y la noche comenzaban a hacer de las suyas, pero nada pudo impedir que nos retratásemos ante la Catedral y la explanada del Castello, y que, precisamente en la Gelateria Castello, probásemos unos riquísimos conos de helado de cioccolato. A las 23:20 y después de cenar un plato de penne (no penséis mal, que sólo fueron unos macarrones), el tren nocturno inició su incómodo traqueteo en dirección a Roma. En un viejo compartimento fuimos ubicadas seis personas, y el diseño del decorado ferroviario me recordó poderosamente al del Expreso de Hogwarts de las películas de Harry Potter, por lo que todavía tuvimos que dar las gracias de que, además de la cutrería y el frío, no nos abordara algún Dementor. Pero todas las incomodidades del Universo se olvidan cuando sales de una boca del Metro romano y divisas, imponente y majestuoso, el maravilloso Coliseo. En sus faldas, un par de simpáticos centuriones que parecen escapados de "Ben Hur" (por no decir del Viernes Santo lorquino) se te acercan y, solícitos, se fotografían contigo.... sólo para exigirte diez euros por el numerito. El frío es mas intenso a cada minuto que pasa, y el cielo se convierte en una escala de grises. Un desayuno rápido, y, cuando apenas son las diez de la mañana, aparecemos en la bellísima Piazza Venezia, donde los carabinieri izan solemnes la bandera tricolor. ¿Qué podríamos ver a continuación, en tan inhóspita mattinata? Decidimos abrazar el populismo más descarado y nos dejamos caer en la Fontana Di Trevi, espectacular e hipersolicitada, y de ahí nos dirigimos, en taxi, a ese pequeño Estado que un señor con báculo y tiara dirige dentro del Estado italiano. Nada más llegar al Vaticano, te abordan incontables pseudo-guías turísticos que te ofrecen un tour de dos horas que incluye un recorrido somero por la Capilla Sixtina, todo ello a cambio de noventa euros. Pero empezó a llover, y nos pareció que lo más sensato era retroceder hasta la Estazione de Roma-Termini, donde, al cabo de una "colitis" que duró una hora, obtuvimos los (carísimos) pasajes para el Freccia Rossa (algo así como el AVE español) desde el que estoy narrando esta primera parte de mi periplo italiano mientras me aproximo nuevamente a Milán, donde mañana, llueva, nieve o se hunda el mundo, tendrá lugar la boda que me ha traído aquí......

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