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viernes, 17 de febrero de 2012

Penne e milanesa (Terza puntata)


Ciao ciao Venezia.....  Después de un avieso atracón de "cornettos" rellenos de "burro" (o séase, croissants con mantequilla) en el buffet del hotel, nos plantamos en la Ferrovía omitiendo el water bus, tan seguros estábamos de que los carteles indicadores serían suficiente si nos decidíamos a ir andando.  Hasta el último momento no teníamos claro si a continuación iríamos a Florencia o a Verona, ya que algún parte metereológico exagerado por el vulgo hablaba de nevadas en la ciudad del Duomo, pero, afortunadamente, optamos por culminar el viaje del mejor modo posible.

Florencia es toda arte, arte y belleza, en todas sus manifestaciones.  Dejamos el equipaje en la consigna de la Estación y acudimos a la Oficina de Turismo, en la que una amable funcionaria, en un castellano aceptabilísmo, nos marcó en un plano los puntos clave del itinerario turístico-cultural, pero advirtiéndonos que deberíamos regresar otro día...  porque las iglesias y museos cerraban, precisamente, los lunes.

Apenas das un par de pasos y Firenze (que es como se llama en la lengua de Garibaldi) te roba el corazón y jamás te lo devuelve.  Además, se trata de una ciudad no demasiado grande, por lo que es fácil y muy recomendable recorrerla a pie, disfrutando la sensación mágica de que traspasas las fronteras del tiempo y vuelves a vivir en pleno Renacimiento.  En cuanto surge ante ti el complejo del Duomo, los ojos se ensanchan y el espíritu se conmueve.  Ojalá hubiera dispuesto de cien horas, o mejor, cien días, para explorar cada rincón de ese paraíso arquitectónico superlativo.  Pero cuando el visitante arriba a la Piazza della Signoria es cuando se acaban los adjetivos, cuando el subidón de sensibilidad casi te hace llorar.  La estatua ecuestre de Cosme I, la fuente de Neptuno, la entrada al Palazzo Vecchio (presidida por la réplica del David de Miguel Angel) y, sobre todo, la Logia dei Lanzi, inundada de esculturas a cuál más épica y hermosa, constituyeron para mí lo mejor de mi tour italiano, y me hicieron desear ser rico, pero muy rico, para comprar una casa en aquella plaza y tener el Edén para siempre en mi balcón.

Todavía babeando (y mira que era incómodo babear, porque, del frío, se congelaba la saliva alrededor de la boca), bajamos hasta el Puente Vecchio, otro de esos lugares míticos y bohemios que te marcan para siempre, y, al volver, cumplí uno de mis sueños:  poder fotografiar con parsimonia la mayoría de las estatuas del exterior de la Galleria Uffizi.  ¡Qué pena, no haber podido acceder, también a su fastuoso interior!.  Pero cualquier mínima frustración que uno pueda sentir se disipa cuando se contempla la basílica de la Santa Croce, otra inesperada obra maestra del gótico florentino.  Para comer, recalamos en un típico restaurante ubicado en el ala oeste de la Piazza della Signoria, con lo cual aquel último almuerzo con sabor a tortellini resultó definitivamente inolvidable.

Sin haber podido seguir la pista de Hannibal Lecter en su paso por Florencia, la Freccia Rosa nos llevó de vuelta a Treviglio, al que llegamos ya oscurecido y con la certeza de que era conveniente no pasar los apuros del viaje de ida y facturar una segunda maleta.  Lo hicimos a través de la página web de RyanAir, pero imprimir la tarjeta de embarque constituyó una nueva odisea, al no haber impresora en la casa y no poder encontrar un establecimiento en el que nos permitieran usar una, ya pasadas las diez de la noche (en Italia, los comercios cierran a las 19:30), hasta que un hotel de las afueras hizo de buen samaritano.  Pero, en realidad, bien pudiéramos perfectamente haber sacado dicho papelajo por la mañana, pues el vuelo en cuestión despegó con exactamente una hora de retraso.  Antes, la consabida vergüenza de tener que andar rebuscando entre nuestra ropa sucia en el control aeroportuario, al haber introducido por despiste un spray en una de las maletas de mano.

Sin más contratiempos, el avión aterrizó en el aeropuerto alicantino de El Altet a las 15:30 horas del Día de San Valentín, y desde allí un taxi y un tren nos devolvieron a la cotidianeidad, algo cansados de tanto kilometraje, pero maravillados por una Italia que, éso sí, se merece ser revisitada en condiciones más propicias, con menos frío y más horas de sol.

1 comentario :

EXPEDIENTEX dijo...

Disfruta de Italia!!!