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jueves, 12 de enero de 2012

Poco de arriba, bastante de los lados


Hay actividades que unen a las personas....  y no, no me estoy refiriendo a una unión física, marital o copulativa.  Hablo de hacer algo a la misma vez, de compartir un momento que puede ser lúdico o simplemente necesario.  En este último caso, soy de los que piensan que se puede convertir lo más intrascendente en inolvidable, a poco que uno se esfuerce.  De cada nimiedad se puede extraer una gotita de magia, y, para comprobarlo, sólo hay que proponérselo.  Cuando yo era pequeño, mis padres me llevaban a la peluquería más renombrada de Alicante, y yo me quedaba muy quietecito mientras mi madre le indicaba al peluquero por dónde debía atacar.  Con el paso del tiempo, cuando me tocaba ir a pelarme, empecé a ir en compañía de mi padre, que, al fin y al cabo, era más susceptible de ser arreglado, simultáneamente, por el mismo barbero.  Pero un día, coincidí con mi amigo José Luis, y, a partir de ahí, estuvimos un tiempo pelándonos juntos (no la pava, evidentemente).

Cuando me desplacé a vivir a la región de Murcia, aquella buena costumbre quedó también atrás, y, poco a poco y sin casi darme cuenta, acabé cayendo en las redes del buen Antonio, el barbero socialista de Lorca, que, por el mismo precio, te daba un pedazo de corte de pelo y un sabroso mítin.  Aún recuerdo su vehemencia, sus paradas, sus manos armadas de tijeras que gesticulaban en el aire...  Luego, en el tiempo que viví en Alhama, puse mi menguante cuero cabelludo en manos del no menos carismático Sebastián, en cuyo establecimiento no sólo se ponía uno al día del devenir político o de los cotilleos de la localidad, sino que se podía disfrutar de sus impensados conocimientos artísticos, y es que cada cual invierte como quiere el fruto de su trabajo, y el lo hacía en pinturas de afamados artistas murcianos.

Hace 3 años retorné a Lorca (como retorna la cigüeña al campanario, que diría Machado), y, cuando fui a buscar al viejo Antonio, en su viejo local ya no estaba él, sino su hijo.  También yo empecé a ir con mi propio retoño, y es curioso cómo cada uno manifestamos nuestra idiosincrasia, nuestra adscripción a una edad cronológica ineludible.  Yo me aferro a mi estilo clásico (que, dicho sea de paso, me viene cojonudamente a la hora de disimular los estragos de la herencia alopécica que me dejó mi padre), y mi zagal pide que le corten sus pelos de punta y se los engominen enhiestos hacia el cielo.  Lo mejor de todo es que, paradójicamente, ha cambiado la persona física que porta el peine y la tijera, pero el estilo permanece inmutable, señal de que Antonio inculcó sabiamente su arte en la persona de su heredero.  Lo que sí ha variado, y muy notoriamente, ha sido el ambiente que se respira en el establecimiento.  Mientras hace veinte años se hablaba apasionadamente de política, ahora la música es la banda sonora de cada pelada.  Y no cualquier clase de música, sino ésa que no envejece:  la Buena, así con mayúsculas.  Otros días, Tomás (así se llama el joven barbero) se había descolgado con Pink Floyd o Dire Straits, e incluso una vez me dejó boquiabierto con una portentosa versión del "Wanderwall" de Oasis grabada en plan doméstico por un amiguete suyo.  Pero ayer se superó a sí mismo.  Fuimos tres generaciones (mi padre, mi hijo y yo) quienes pudimos deleitarnos no sólo con la música sino también con las imágenes en movimiento de fabulosos conciertos a cargo de Scorpions o Metallica, si bien a mí lo que me dejó cegado (¿o sería porque, cuando me pelo, me quito las gafas para permitir la maniobrabilidad del artesano?) fue una maravillosa interpretación del "Money for nothing" de Dire Straits a cargo de (siéntate para no desmayarte) Mark Knopfler en la voz y la guitarra de acompañamiento, Sting en los coros, Eric Clapton en la guitarra solista y Phil Collins a la batería.  ¡Menudo regalo para los oídos!  Nada más llegar a casa, con el frío entrándome por oquedades craneales que antes no tenía, me subí a la mula para buscar tamaña obra de arte, que, por cierto, pertenece a un concierto benéfico celebrado en 1997 en el Royal Albert Hall londinense y que está editado bajo el epígrafe "Music for Montserrat".  Así da gusto, pardiez.  Te toman el pelo y sales esquilado, pero, a cambio, ensanchas el espíritu con música maravillosa de la que, por cierto, ni mi hijo ni mi padre se quejaron (este último porque, el pobre, no sólo sufre de alopecia... sino también de algo de sordera).

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