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sábado, 31 de diciembre de 2011

El arte de compartir lo que se ama


"Les Miserables:  Highlights"
(CD LCF11074)

Muchas veces, una interpretación exagerada del amor y la generosidad nos lleva a cometer las mayores locuras. Cuando nos gusta algo, cuando nos gusta verdadera y profundamente, podemos sin darnos cuenta devenir en una especie de fascismo sentimental que obliga a quienes nos rodea a compartir nuestras aficiones, sin tener la menor opción de negarse o resistirse. Claro que, como digo, ¿puede ser realmente censurable un, digamos, licito intento de compartir nuestras pasiones con aquéllos a quienes queremos....?


Desde que descubrí el musical “Les Miserables" hace ya bastantes años, no he podido o no he querido guardarme para mi una obra que, desde mi punto de vista, ostenta tanta calidad y tanta belleza. Eso quiere decir que mis familiares y amigos han venido siendo beneficiarios o víctimas, perjudicados o agraciados, según se mire, por las sucesivas y reiteradas audiciones de la magna obra de Claude-Michel Schönberg (partitura) y Alain Boublil (libreto) basada en la novela de Víctor Hugo. Las veces que he escuchado el disco o visionado el concierto conmemorativo del décimo aniversario del estreno londinense serían incontables, por no hablar de los viajes en coche en los que nos han acompañado el redimido Jean Valjean y el inflexible inspector Javert. Pero claro, no basta con “obligar" a mis allegados a oír un puñado de canciones.... hay que conseguir que las amen también, que las reconozcan, que aprendan a valorar el espectáculo en su justa medida. ¿Y cómo conseguirlo? Con tesón, con paciencia, con perseverancia, y brindándoles lo más dulce del pastel, de lo bueno..... lo mejor. Poco a poco, en mi mente fue gestándose la idea de realizar una recopilación, una selección de los temas más bellos y más significativos de un musical que, representado, dura dos horas y media y contiene mas de cuarenta canciones. Lo cierto es que la mera criba hubiera podido realizarse de modo más o menos rápido y sencillo, pero, ya puestos, decidí que merecía la pena desarrollar la idea de un modo lo más atractivo e instructivo posible. “Les Miserables" se lo merece.

Tal y como escribí en un largo y laborioso articulo publicado hace un año en este mismo blog, existen cinco versiones de “Les Miserables" que todo buen aficionado debería conocer. Para empezar, el disco conceptual francés publicado en 1980 y que fue el que originó el fenómeno posterior; en segundo lugar, la grabación del estreno en Londres de 1985, así como el correspondiente a la representación norteamericana en Broadway (1987). También es preciso conocer el triple disco que contiene la Versión Sinfónica de 1988, el único que contiene todas y cada una de las canciones que engloba la función teatral. Finalmente, yo recomiendo a todo el mundo la grabación del maravilloso concierto (1995) que celebraba el décimo aniversario de la subida de telón en la capital británica.

Así pues, lo primero que determiné que había que hacer era cribar las canciones más bellas que pudieran caber en un disco convencional de 80 minutos, y, acto seguido, decidir cuál era la mejor versión de cada una. En el caso del "Prólogo", la tarea era especialmente fácil, pues ni el álbum francés ni el británico contienen ese número.  Como quiera que el del concierto viene precedido de aplausos y el de la versión sinfónica es un pelín menos brioso de lo que a mí me gustaría, elegiría el de Broadway, recortándolo, eso sí, para empalmarlo con el primer tema cantado del concierto, que no sólo posée los mejores grupos corales sino que, muy adecuadamente, recibe por algo el merecido apodo de “Dreamcast Concert” (concierto del reparto soñado).  Porque una cosa que tuve clara desde el principio era que los solos (es decir, las “arias” según la terminología operística) de mi recopilación debían estar cantados por quienes para mí constituyen sus mejores intérpretes.  Así, Colm Wilkinson (Londres, Broadway y Dreamcast Concert) debía ser Valjean, Philip Quast (version sinfónica y Dreamcast Concert) sería Javert, Michael Ball (Londres, versión sinfónica y Dreamcast Concert) tenía que ser Marius, Patti LuPone (Londres) sería la Fantine ideal y Lea Salonga (DreamCast Concert) recrearía mi canción favorita, el “On My Own” de la desdichada Eponine.  Pero en seguida comenzaron a surgir los problemas….

Cuando “adquirí” mi colección de grabaciones de “Les Miserables” no pude permitirme el lujo de hacerlo “legalmente”, de modo que la calidad de alguna de ellas no era todo lo perfecta que me hubiera gustado, y ni siquiera pude recuperar la totalidad del álbum de Broadway, ya que lo tenía grabado en uno de esos discos de 100 minutos que tan de moda estuvieron años atrás pero que no son reconocidos por muchos lectores de hoy en día.  Así pues, tuve que volver a descargarme la mayoría de estas ediciones, e incluso “estrené” mi cuenta de iTunes para adquirir una copia legitimada del DreamCast Concert.  Una vez en el ordenador todas las cinco versiones que enumeré anteriormente, ya podía llevar a cabo la selección en sí misma, tarea que me llevó todo un fin de semana y aún tendría que retocar más adelante.  Como dejé claro hace unos párrafos, quería no sólo que apareciesen las canciones más hermosas, sino también que la audición fuese cronológica y todo lo comprensible que los 80 minutos del disco permitían.  Haciendo gala de mis rudimentarios conocimientos de edición musical, realicé una versión de “Lovely Ladies” (el tema en que Fantine, una vez despedida de la fábrica de Valjean, se ve obligada a trabajar como prostituta) de apenas 1:31 minutos, cuando la original de Londres dura 4:31;  edité lo mejor que pude “Little People” (la pegadiza canción infantil del pequeño Gavroche) y “On My Own” (que no me canso de decir que es mi tema preferido) y logré una versión de “Red and Black” (el tema insignia de los estudiantes revolucionarios) por primera vez desligada del resto del número conocido como “ABC Café”.  Lamentablemente, ni siquiera de ese modo me cabían todas las canciones que hubiese querido, y me dolió particularmente tener que prescindir de “Javert’s Suicide” (que, al fin y al cabo, no es sino una repetición del “Soliloquio” inicial de Valjean sólo que desde el punto de vista del Inspector).

Culminada la parte estrictamente musical, la tarea no había hecho más que empezar.  Ya dije antes que no me bastaba con acariciar los oídos de mis potenciales oyentes, sino que también quería que tuviesen toda la información posible sobre el argumento de la obra y, por qué no, seducirles también con el aspecto visual de la presentación.  La redacción de los textos explicativos de lo que va sucediendo en cada canción me ocupó otro fin de semana, y al final lo que hice fue narrar la totalidad del argumento de la función, incluyendo lo que acontece en las canciones que se me quedaron en la mesa de edición.  Ahora había que trasladar las palabras al papel…  pero no a un papel cualquiera.  Me decidí por el papel fotográfico de 140 gramos por el brillo que potencia los colores, y, cómo no, por su grosor y resistencia, ya que era obvio que iba a tener que “fabricar” un cuadernillo en el que las hojas irían impresas a doble cara.  Decidir cuál sería la portada de mi selección fue relativamente sencillo:  no podía ser o no quería que fuese ni la original francesa, ni la de Londres o Broadway, porque, en tal caso, ya no sería “mi” obra, mi creación.  Seleccioné un poster y lo retoqué para darle el formato de 120 x 120 mm que exige cualquier carpetilla de CD, y para la contraportada pensé que lo mejor sería buscar fotos de los artífices del musical.  Víctor Hugo (insigne novelista), Claude-Michel Schönberg (compositor), Alain Boublil (letrista), Cameron Mackintosh (productor) y Herbert Kretzmer (autor de las letras en inglés) figuran regios y solemnes, orlados por algunas instantáneas de los números más famosos y reconocibles del evento.  Por lo que respecta a los retratos de los cantantes destacados (Colm Wilkinson, Philip Quast, Patti LuPone, Michael Ball, Lea Salonga, Leo Burmester - que seleccioné como intérprete del mesonero Thenardier en “Master of the House”- y Anthony Warlow – voz de Enjolras, el líder revolucionario, en “Red and Black” y “Do You Hear the People Sing?” -), aparecerían en la trasera del estuche, bajo el listado de canciones.  Por cierto que construir tal listado tampoco fue cosa fácil, ya que no quise escribir sin más el nombre de cada canción, sino que junto a éste especifiqué la procedencia del tema (Broadway Cast, London Cast, etc.) y se me ocurrió redondearlo escribiendo el nombre de los cantantes respectivos.  Claro que ¿cómo diablos se llama el intérprete del Obispo en el DreamCast Concert?  ¿Quién interpreta al capataz de la fábrica en “At the End of the Day” según la versión sinfónica?  ¿Cómo se llamaban los niños que hicieron de Cosette en Londres y de Gavroche en la versión sinfónica?  Me dejé los ojos hurgando en las entrañas de internet, aunque creo que al final mereció la pena.  Pero volvamos a la carpetilla en la que debían figurar los textos que tanto me costó escribir.  Pasarlos de Microsoft Word a CorelDRAW (el programa de maquetación que llevo utilizando más de quince años, a falta de lanzarme a por el PhotoShop) sabía que no iba a ser muy complicado, pero una cosa es ver las letras en la pantalla, y otra muy distinta transportarlas al papel.  Las carpetillas de los CDs se imprimen en láminas de papel de 120 mm de alto por 240 mm de ancho, que luego se doblan por la mitad, y claro está, han de ser impresas por delante y por detrás.  Llevar mi narración de “Les Miserables” al papel me iba a ocupar exactamente 5 hojas, y tuve que ajustar el texto procurando que el tamaño de la letra resultase legible (seleccioné Calibri de 9 puntos).  Pero claro, no puedes imprimir las 14 caras interiores de una tirada ni en orden consecutivo.  La lámina de papel que lleva por el lado brillante la portada y la contraportada también tiene que llevar, por el dorso opaco, la página 1 (a la izquierda) y la 14 (a la derecha) de la narración.  La siguiente hoja, debe llevar por fuera las páginas 2 y 13, y por dentro, la 3 y la 12…  y así sucesivamente, teniendo en cuenta que en algunas de las páginas también incluí alguna foto y éstas debían quedar en el lado brillante del papel.  En un alarde de narcisismo, ubiqué por todos lados mi particular “copyright”, para que quedara constancia del autor y el año de ejecución y constara fehacientemente que se trataba de una obra…  única.

Una vez impresas las 5 hojas por las dos caras, las recorté con mimo, las doblé meticulosamente y, una vez rechazada la idea inicial de graparlas, las pegué cuidadosamente.  El resultado:  un horror.  Por mucho que me había esmerado, la impresión no había sido perfecta y los bordes de las hojas interiores sobresalían de la portada.  Traté de recortarlo, pero, al hacerlo, se perdieron algunos márgenes de dentro.  Volví, pues, a imprimir las 5 hojas, teniendo cuidado de reducir ligeramente las dimensiones de las caras interiores y aumentar levemente los márgenes.  Cuando ya lo tenía todo recortado, doblado y pegado, un hilito de pagamento cayó sobre la portada, y, al retirarlo, se llevó detrás una tirita de color.  Evidentemente, me creí en la obligación de volver a imprimir todas las hojas, logrando, esta vez, lo más parecido a lo que yo soñaba.  Claro que, al ir a meter la carpetilla por el interior de las guías de la cajetilla de plástico, descubrí con horror que a) era demasiado voluminosa y b) al forzarla, la portada y la contraportada resultaron arañadas.  ¿Qué hacía entonces?  ¿Resignarme a tener mi “obra maestra” dañada y, encima, no atreverme a sacarla para no incrementar los arañazos…?  Obviamente no, así que se me ocurrió realizar una doble carpetilla:  una, la que se quedaría permanente ligada al estuche de plástico, y otra, que iría en el interior, suelta y fácilmente extraíble y manipulable…  pero claro, más estrecha de lo previsto.  Volví a retocar las medidas en Corel y de nuevo la imprimí (y ya casi perdí la cuenta de las veces que había tenido que hacerlo), logrando un resultado que al fin me satisfizo.

Sólo quedaba un pequeño detalle, y era el CD propiamente dicho.  Después de tanto trabajo, ¿iba a conformarme con escribir con rotulador y a mano el nombre de la obra?  Estaba claro que no, así que eché mano de un paquete de etiquetas adhesivas para CD’s que adquirí bastantes años atrás, y no paré de probar y probar hasta que logré que sobre el disco quedase impresa y perfectamente encajada la misma imagen de la portada.  El trabajo había finalizado…  y ya podía sentirme mínimamente orgulloso.

Ahora, ya puedo abordar a mis inocentes víctimas con arte y alevosía, para tratar de que, sin más excusas, se entreguen a la causa de “Les Miserables” como yo me he entregado.  Bromas aparte, por fin he conseguido tener en la palma de la mano y accesible para cualquiera, no sólo la música, sino también la explicación pormenorizada del argumento y las fotos de la representación del mismo, así como el rostro de sus artífices.  Para mí, ésto no tiene precio.

Por cierto que, si todo marcha según lo previsto, en febrero dará comienzo el rodaje de la versión cinematográfica de “Les Miserables”, que ha sido asignada al oscarizado Tom Hooper (“El discurso del Rey”) y que, según la casi infalible IMDB, protagonizarán Hugh Jackman (Valjean), Russell Crowe (Javert), Anne Hathaway (Fantine), Sacha Baron Cohen (Mr. Thenardier), Helena Bonham Carter (Mme. Thenardier) y Eddie Redmayne (Marius), con vistas a su estreno el día 28 de Diciembre de ese mismo 2012.  Lo malo es que, leyendo esa fecha malsonante, sólo se me ocurre pensar una cosa:  ¿será una inocentada…?